miércoles, noviembre 15, 2017

Esa sensación de volar

Sobrevolando la isla Sur, Nueva Zelanda

Hay gente que tiene miedo a volar, pero a mí me encantan los aviones. No sabría decir cuántas veces he volado por Europa, ni me acuerdo de haber volado sobre el océano Atlántico porque me quedé dormida, pero sí me acuerdo de ciudades vistas desde el aire, y también de la Muralla China. Adoro los aviones y es cierto que no me gusta mucho el aterrizaje, pero con el despegue disfruto muchísimo. 
Sobrevolando la isla Sur, Nueva Zelanda

El único viaje en que volar se me hizo eterno, sobre todo por las horas de viaje y porque tenía a mi lado a una pareja que estaba tan acaramelada que no me dejaba salir a pasear al pasillo, fue cuando viajé a Nueva Zelanda. Hasta entonces yo siempre había pedido ventanilla porque disfruto mucho de los paisajes desde el cielo, pero aquella vez me hizo recapacitar sobre la ventanilla en las rutas largas, y en el viaje de regreso pedí un asiento junto al pasillo. Y es que cuando pasas 24 horas en un avión -con una escala técnica en Hong Kong- y llegas a Auckland y descubres que tienes que desatarte las deportivas porque tienes los pies hinchados, piensas: "Esto no me vuelve a pasar". Lo arreglé rápido haciendo una caminata a una isla volcánica que no tenía nada, adonde me recomendaron llevarme un bocadillo y desde cuya cima vi Auckland. Me obligué a cinco horas de caminata porque ya que estaba en Rangitoto tenía que saber lo que se veía desde la cima. 
Alpes Neozelandeses, isla Sur

Pero yo ya no tengo intención de volver a Nueva Zelanda, por lo que aunque recuerdo que me costó horrores subir a la cima, también me acuerdo que pensaba que tenía que dar un paso más y seguir hasta arriba. Supongo que en algo así se basan los sueños, en dar los pasos que sean necesarios para conseguirlos. 
No sólo aquella vez toqué el cielo con las yemas de los dedos. De la isla Norte volé a la isla Sur y nadie nos prohibió usar la cámara de fotos, así que tengo unas magníficas fotos aéreas de cuando sobrevolábamos el norte de la isla Sur. 
En el helicóptero

En Nueva Zelanda también subí a un helicóptero por primera vez. Fue cuando visité el fiordo (Milford Sound), que fueron cinco horas de carretera, pero en el regreso nos dieron la opción de regresar en helicóptero y yo no me lo pensé dos veces. Además, el piloto era muy enrollado y nos paró en un glaciar de los Alpes Neozelandeses.
Glaciar en los Alpes Neozelandeses, isla Sur

La cuestión es que, desde un helicóptero, las sensaciones son muy extrañas, porque tienes los montes al alcance de los dedos, casi parece que los puedes tocar. Y, en esa ocasión, despegamos con un tiempo lluvioso y con unos inmensos nubarrones, para llegar a Queenstown y descubrir, en tan sólo media hora, una tarde soleada.
Llegando a Queenstown, isla Sur, Nueva Zelanda

Lo que tengo clarísimo es que no volveré a hacer un viaje tan largo o tan lejano. Pero es cierto que siento cierta atracción por volar. Es que desde ahí arriba las cosas se ven muy diferentes.

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