Comparo mi profesión con el arte, y no tiene mucho que ver porque el arte invita a la reflexión y en mi profesión el razonamiento, muchas veces, brilla por su ausencia.
Me refiero a que cuando varias personas observan una obra de arte, aunque estén viendo lo mismo en realidad para todos es una pieza de arte diferente, porque cada persona tiene su propia opinión y, por tanto, si se juntan después de verla y describen lo que han visto parecerá que han observado diferentes obras de arte.
En mi día a día tengo que lidiar con opiniones dispares, con locuras y esquizofrenias varias, con veletas que ayer pensaban una cosa y hoy opinan algo radicalmente opuesto, y también con los resabiados que se saben la ley mejor que yo, y como se la saben mejor se sacan artículos de la manga que ni siquiera existen.
Tengo mis momentos de humor, porque los hay, y también me enriquece el día a día, y es que tengo una naturaleza curiosa que no me deja que me quede nunca con dudas. Esta curiosidad se amplía a todos los ámbitos de la vida. Cuando leo un libro, por ejemplo, si me describen un lugar lo voy a buscar, o si aparece algo que no conozco me ilustro sobre ello.
Hay días que llego agotada. Pero tengo la receta mágica para que no me afecte nada, porque en cuanto cruzo la puerta de mi vivienda sólo pienso en que soy feliz, unos días más y otros días menos. Y supongo que soy feliz porque soy consciente de que podría estar peor. Que no me falta una mano o una pierna, que no me encuentro viviendo en Somalia, por citar algo que podría ser peor. Y ser consciente de que al fin y al cabo no necesito más me hace saborear cada instante.
Al final se trata de hacer las cosas con ilusión y la ilusión me brinda momentos felices cada día.
Y todo esto porque he estado en la plaza en honor a los administradores de fincas.
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