Cuando era pequeña leí un cuento de un zapatero remendón que un buen día por la mañana se encontró unos zapatos hechos en su taller. Los vendió y pudo comprar más material para hacer más zapatos. Todas las noches dejaba el material y al día siguiente tenía los zapatos hechos porque unos duendecillos entraban de noche en su taller y le ayudaban a prosperar.
Pues hoy me siento como una duendecilla de ese cuento. Porque no es que me haya traído trabajo a casa, es que me falta documentación.
Lo que menos me apetece es regresar a la oficina a hacer algo que mañana nadie más que yo sabrá quién ha hecho. Y desde luego yo no creo en los duendes. Sé que si voy haré todo el trabajo, mientras en casa sólo iba a hacer una parte y dejar el resto para mañana a primera hora.
Bien sé que a medianoche habré regresado más ligera.

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