
La noche en que conocí a Rober sabía que era gay nada más mirarle. Mis compañeras de piso, que iban con él a clase, me lo negaban y negaban, incluso me decían que le habían visto con una novia. Evidentemente no me lo creí. Yo les contestaba: "Pero ¿habéis visto qué plumazo tiene?"
A medida que fue pasando la noche y a medida que el grupo de gente inicial iba disminuyendo en número, mis copas también iban creciendo.
En cierto momento me acerqué a Rober y le salté: "Tengo que hacerte una pregunta, pero temo que puedas enfadarte porque una desconocida te haga esa pregunta". Él me prometió que no se mosquearía, así que le salté: "¿Eres gay? Porque tienes un ramalazo..."
Mis amigas nunca quisieron ver la evidencia, así que jamás podrían haber imaginado que yo iba más encaminada que ellas respecto a la condición sexual de Rober. Y acerté.
¡Como para fiarnos de opiniones ajenas...!
Rober no se mosqueó esa noche, en cambio la relación casi nula que antes tenía con mis compañeras de clase se estrechó hasta terminar casi todos los fines de semana en nuestra casa, saliendo con nosotras y disfrutando de un grupo de amistades de las que había carecido el primer año, pues muchos le veían como un bicho raro y temían acercarse a él.
Muchas veces después me dijo que lo del ramalazo le hizo mucha gracia, pero de haber sido una persona más seria podría haberse enfadado por ese comentario.
Hoy Rober y yo tenemos una amistad muy estrecha. Es posible que de todas las personas con quien empezó a relacionarse aquella noche sea yo la única que perdure en el tiempo, mientras que las otras, bien por interés o bien por maldad, se vayan quedando en el camino, porque nunca supieron ni sabrán mirar más allá.
A medida que fue pasando la noche y a medida que el grupo de gente inicial iba disminuyendo en número, mis copas también iban creciendo.
En cierto momento me acerqué a Rober y le salté: "Tengo que hacerte una pregunta, pero temo que puedas enfadarte porque una desconocida te haga esa pregunta". Él me prometió que no se mosquearía, así que le salté: "¿Eres gay? Porque tienes un ramalazo..."
Mis amigas nunca quisieron ver la evidencia, así que jamás podrían haber imaginado que yo iba más encaminada que ellas respecto a la condición sexual de Rober. Y acerté.
¡Como para fiarnos de opiniones ajenas...!
Rober no se mosqueó esa noche, en cambio la relación casi nula que antes tenía con mis compañeras de clase se estrechó hasta terminar casi todos los fines de semana en nuestra casa, saliendo con nosotras y disfrutando de un grupo de amistades de las que había carecido el primer año, pues muchos le veían como un bicho raro y temían acercarse a él.
Muchas veces después me dijo que lo del ramalazo le hizo mucha gracia, pero de haber sido una persona más seria podría haberse enfadado por ese comentario.
Hoy Rober y yo tenemos una amistad muy estrecha. Es posible que de todas las personas con quien empezó a relacionarse aquella noche sea yo la única que perdure en el tiempo, mientras que las otras, bien por interés o bien por maldad, se vayan quedando en el camino, porque nunca supieron ni sabrán mirar más allá.
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