Hace unos años odiaba ir al dentista. Sólo con entrar en la sala de espera el olor a empaste impregnaba todos mis sentidos. Con 13 años me quitaron una muela que me dio mucho la lata por aquella época. Una dentista de apellido italiano que siempre que podía se retiraba a fumar un cigarro me puso mil empastes en la misma muela que se me iban nada más masticar algo. Un día decidió quitármela. Su voz era suave mientras me decía: "Piensa en algo bueno que te haya pasado". Y mientras pensaba en mi colegio y no sentía mi boca anestesiada todo había pasado. En la actualidad la dentista está retirada desde que le detectaron un cáncer, no sé si en la garganta o en los pulmones.
Mi siguiente dentista me traía a la memoria la típica sala de operaciones pues siempre llevaba puesto el batín verde de los cirujanos. Era muy nervioso y fue el primero en hacerme una limpieza de esas que te deja las encías sangrantes.
Seguía odiando las salas de espera a la hora de ir al dentista.
Antes de seguir, debo decir que mis dientes están bien colocados, son blancos y me cuido bastante la boca. Lo único que me fastidia es que hace unos años tenía la malsana costumbre de olvidarme lavármelos antes de dormir. Así que después pagué las consecuencias mediante unas malditas caries que me dieron mucha guerra. Por lo demás, nunca he necesitado aparato ni nada de eso. También creo que no me han salido aún las muelas del juicio y me alegro, porque la gente se queja mucho. O quizás nunca me salgan.
Una noche de madrugada me desperté con un inmenso dolor en una muela, en la parte opuesta de la que me habían quitado. No tenía dentista aquí, pero enseguida me hice con uno. Tras una buena recomendación, me fui a una clínica y pregunté por el Dr. Urbina. Él me quitó la segunda muela, que ni siquiera noté. Él me puso los dos dientes nuevos, diciéndome que tenía la dentadura muy blanca.
Con el Dr. Urbina mi negativa a ir al dentista cambió. Siempre simpático me contaba cosas de su vida, me habló de cuando murió su madre, de cuando estuvo en Cuba con su esposa, de sus hijos, de películas... La visita obligada al dentista cada vez que voy a revisión ha dado un giro de 180º respecto a que ahora no me da miedo ir a que me miren la boca.
El primer día que aparecí en la clínica iba drogada a Espidifén. Tendré que ir a verle. Es mayor pero majísimo. Siempre me da la mano y me pregunta: "Ana, ¿qué tal estamos? ¿qué es de tu vida?". Me encanta y no es para menos.
Tendré que volver antes de que termine esta semana porque desde ayer me duele una muela. Tengo miedo a tener una infección (espero que no) o un flemón (que nunca he tenido). Mi madre me ha dicho hace un rato que tengo mala cara, que vaya a mirarme los dientes. Iré con ganas pero... serán dos citas, estoy segura. En la primera me dirá si tengo algo raro y en la segunda ¡limpieza! Y yo quiero que mis dientes sigan nacarados :( Odio esas limpiezas, pero tendré que ir de todas formas. Anoto que a la última revisión no fui porque estaba en mi casita y el Dr. Urbina me reñirá. Lo bueno es que lo hará con una sonrisa de oreja a oreja. No sé qué tiene pero me encanta este hombre.
Mi siguiente dentista me traía a la memoria la típica sala de operaciones pues siempre llevaba puesto el batín verde de los cirujanos. Era muy nervioso y fue el primero en hacerme una limpieza de esas que te deja las encías sangrantes.
Seguía odiando las salas de espera a la hora de ir al dentista.
Antes de seguir, debo decir que mis dientes están bien colocados, son blancos y me cuido bastante la boca. Lo único que me fastidia es que hace unos años tenía la malsana costumbre de olvidarme lavármelos antes de dormir. Así que después pagué las consecuencias mediante unas malditas caries que me dieron mucha guerra. Por lo demás, nunca he necesitado aparato ni nada de eso. También creo que no me han salido aún las muelas del juicio y me alegro, porque la gente se queja mucho. O quizás nunca me salgan.
Una noche de madrugada me desperté con un inmenso dolor en una muela, en la parte opuesta de la que me habían quitado. No tenía dentista aquí, pero enseguida me hice con uno. Tras una buena recomendación, me fui a una clínica y pregunté por el Dr. Urbina. Él me quitó la segunda muela, que ni siquiera noté. Él me puso los dos dientes nuevos, diciéndome que tenía la dentadura muy blanca.
Con el Dr. Urbina mi negativa a ir al dentista cambió. Siempre simpático me contaba cosas de su vida, me habló de cuando murió su madre, de cuando estuvo en Cuba con su esposa, de sus hijos, de películas... La visita obligada al dentista cada vez que voy a revisión ha dado un giro de 180º respecto a que ahora no me da miedo ir a que me miren la boca.
El primer día que aparecí en la clínica iba drogada a Espidifén. Tendré que ir a verle. Es mayor pero majísimo. Siempre me da la mano y me pregunta: "Ana, ¿qué tal estamos? ¿qué es de tu vida?". Me encanta y no es para menos.
Tendré que volver antes de que termine esta semana porque desde ayer me duele una muela. Tengo miedo a tener una infección (espero que no) o un flemón (que nunca he tenido). Mi madre me ha dicho hace un rato que tengo mala cara, que vaya a mirarme los dientes. Iré con ganas pero... serán dos citas, estoy segura. En la primera me dirá si tengo algo raro y en la segunda ¡limpieza! Y yo quiero que mis dientes sigan nacarados :( Odio esas limpiezas, pero tendré que ir de todas formas. Anoto que a la última revisión no fui porque estaba en mi casita y el Dr. Urbina me reñirá. Lo bueno es que lo hará con una sonrisa de oreja a oreja. No sé qué tiene pero me encanta este hombre.
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