
¡Cuánta gente pasa a lo largo de nuestra vida, a diario, sin que nos demos cuenta apenas!
De todas esas personas son muy pocas las que dejan una huella, una marca que permanecerá para siempre, aunque se marchen con el tiempo.
Luego están aquellos a los que coges cariño inevitablemente, casi sin querer y con los que hablas casi a diario.
También están los que no te llaman especialmente la atención, sea por lo que sea.
Hace tiempo que aprendí que a las personas hay que tratarlas como si fueran de cristal, a todas y cada una de ellas de una manera diferente, pues cada uno de nosotros somos un mundo, con nuestros defectos y nuestras virtudes, pero un mundo indescriptible para todos aquellos que se nos acercan.
Están aquellos personajes que, en un principio, te brindan su amistad, una amistad que acoges con los brazos abiertos, pues de esa manera habría que estar siempre que nos llega algo nuevo. Lo que más duele es cuando, sin explicaciones, un día te quitan eso que te habían dado. Y entonces te sientes como un trapo viejo, como un klínex, como si fueras un muñeco que se puede coger según el humor de la otra persona. Y duele. Pero no hay mal que por bien no venga: de esta manera se descubre la falsedad que entrañan muchas veces las palabras de la gente.
Hay quienes lo han pasado tan mal en el pasado que te hacen superar pruebas muy duras, tanto que ponen en peligro la relación, que termina tambaleándose hasta que llega al límite y acabas diciendo: ¡Basta!
Y luego hay personas que te sorprenden día a día, aquellas que tras un tiempo sin noticias vienen a saludarte como si fuera ayer el último día que hablaste con ellos. Y entonces te das cuenta que cuando se te cierra una puerta se te abren veinte. Porque esas personas que, a pesar del tiempo y de las circunstancias, se acuerdan de ti son capaces de sacarte la más grande de las sonrisas, aunque por dentro sientas que te hundes hasta el infinito.
Por nuestra vida pasa mucha gente. Sólo nosotros debemos intuir quiénes vienen a quedarse y quiénes van a marchar con el paso del tiempo. Y esa capacidad para descubrirlo tiene trabas, pero también recompensas.
De todas esas personas son muy pocas las que dejan una huella, una marca que permanecerá para siempre, aunque se marchen con el tiempo.
Luego están aquellos a los que coges cariño inevitablemente, casi sin querer y con los que hablas casi a diario.
También están los que no te llaman especialmente la atención, sea por lo que sea.
Hace tiempo que aprendí que a las personas hay que tratarlas como si fueran de cristal, a todas y cada una de ellas de una manera diferente, pues cada uno de nosotros somos un mundo, con nuestros defectos y nuestras virtudes, pero un mundo indescriptible para todos aquellos que se nos acercan.
Están aquellos personajes que, en un principio, te brindan su amistad, una amistad que acoges con los brazos abiertos, pues de esa manera habría que estar siempre que nos llega algo nuevo. Lo que más duele es cuando, sin explicaciones, un día te quitan eso que te habían dado. Y entonces te sientes como un trapo viejo, como un klínex, como si fueras un muñeco que se puede coger según el humor de la otra persona. Y duele. Pero no hay mal que por bien no venga: de esta manera se descubre la falsedad que entrañan muchas veces las palabras de la gente.
Hay quienes lo han pasado tan mal en el pasado que te hacen superar pruebas muy duras, tanto que ponen en peligro la relación, que termina tambaleándose hasta que llega al límite y acabas diciendo: ¡Basta!
Y luego hay personas que te sorprenden día a día, aquellas que tras un tiempo sin noticias vienen a saludarte como si fuera ayer el último día que hablaste con ellos. Y entonces te das cuenta que cuando se te cierra una puerta se te abren veinte. Porque esas personas que, a pesar del tiempo y de las circunstancias, se acuerdan de ti son capaces de sacarte la más grande de las sonrisas, aunque por dentro sientas que te hundes hasta el infinito.
Por nuestra vida pasa mucha gente. Sólo nosotros debemos intuir quiénes vienen a quedarse y quiénes van a marchar con el paso del tiempo. Y esa capacidad para descubrirlo tiene trabas, pero también recompensas.
1 comentario:
Todos tenemos un límite. El peligro viene cuando alguien lo sobrepasa.
Después cualquier escudo es válido, porque no dejas que nadie sobrepase más el límite.
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