Tantas veces me has mirado a traición, esas pequeñas miradas traidoras (... ya sabes, mirar sin ser visto...) que hacen que aleteen millones de mariposas en el estómago.
Una vez nos cruzamos en una calle de Logroño. Tú venías observándome de lejos y yo aún no te había visto y entonces levanté los ojos y allí estabas tú, clavándome la mirada como si no hubiera un mañana.
Otra vez viniste a jugar al fútbol a mi pueblo y yo evité mirarte, pero una amiga me susurró que desde que saliste del coche no me habías quitado los ojos de encima.
Y aquella Nochevieja donde yo estaba en la pista de la Discoteca Royal, dándolo todo a las ocho de la mañana, sin saber que me observabas muy de cerca hasta que una amiga tuya vino a buscarme para que me acercara a ti…
Cuántas veces me has observado sin que yo me diera cuenta. Y qué hormigueo más dulce…
Y entonces nos mirábamos y nuestras miradas echaban fuego. Nadie podrá borrar la electricidad que había en nuestras miradas cada vez que nos observábamos.
No hacían falta palabras, con los ojos nos lo decíamos todo.
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