Mi primer día en Almería llegué a la hora de la cena y me puse a caminar sin rumbo hasta que llegué cerca del puerto. Pero allí me encontré en la Avenida de Federico García Lorca y me hice una foto en las letras de la ciudad. De unos años a esta parte cualquier ciudad que se precie ha de tener sus propias letras gigantes para inmortalizar las fotos de los turistas, o por si acaso olvidáramos dónde nos encontramos.
En los días de después cruzaría muchas veces este parque, y me acuerdo sobre todo de las palmeras gigantes. Al final se encuentra el puerto y el Cable Inglés. Esta mole de hierro es un antiguo cargadero de mineral de hierro y que explotaban los ingleses, de ahí su nombre. El día que visité el paseo marítimo descubrí que conectaba con la antigua estación de tren.
En cuanto a la antigua estación de tren, que ahora no se utiliza como tal, se encuentra junto a la estación moderna, un cubo de acero y cristal que nada tiene que ver con la impresionante estación modernista que se encuentra al lado.
Me había esmerado en buscar un hotel céntrico en la ciudad que tuviera piscina en la azotea, pero la piscina del AC Almería era tan minúscula que tuve que ir al mar. Y es que si las vistas desde la azotea del hotel eran impresionantes, el espacio era minúsculo, y como allí hace tanto calor... nada mejor que el mar. No está lejos la playa de San Miguel. Allí me senté en un restaurante a la sombra. Lo malo de Almería es que hace mucho calor y yo no quería quemarme. Sentada en mi mesa y con mi eBook vi un africano vendiendo pulseras en la mesa de al lado. La familia, con dos niños pequeños, quería timar al chaval, y el padre -que tendría mi edad- intentaba sacar las pulseras para sus hijos gratis. Luego vino a mi mesa y yo no regateé con él, donde me pidió tres euros le di cinco. Lo que me hizo gracia es que juntaba su brazo al mío y decía: "Café con leche". Y era cierto, él tenía la piel negrísima y yo soy blanquísima.
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