Cuando me presentaba a concursos literarios escribía numerosos manuscritos, casi todos eran recopilaciones de cuentos. Todos se encuentran registrados porque no se me ocurriría presentar algo en un certamen literario que sea susceptible de plagio. Sí, tengo el don de escribir -y no quiero ser pedante, pero es cierto que la escritura se me da bien- y cuento con gran imaginación. Los que han leído alguna vez cosas escritas por mí me dicen que escriba libros, pero soy inconstante y, por tanto, incapaz de escribir una novela. Así que durante un tiempo escribía cuentos y relatos (algún concurso gané) y hoy he ido a buscar el manuscrito que envié a Chini, el único que le envié. Tengo bastantes manuscritos pero ahí sabía que encontraría algo.
Y entre los relatos le he encontrado, igual que se encontró él cuando lo leyó, y es que el protagonista de su relato se llama como él. Lo he releído y se me ha puesto la piel de gallina, sólo es un cuento, una historia de amor donde él muere asesinado prematuramente y en el lugar donde es enterrado crece de repente un fresno.
He sentido un estremecimiento ante las semejanzas con la realidad. Porque allí donde reposan sus cenizas se han plantado dos encinas.
No recordaba bien el cuento. Es una historia de amor trágica. Claro que se buscó entre los personajes y se encontró. Y claro que leyó la ternura con que yo lo había escrito.
¿Por qué se lo envié después de llevar años sin escribirle cartas? No sabría decirlo. Sé que estuvimos hablando del manuscrito en las gradas del frontón de mi pueblo y me dijo que le había gustado.
Hay muchos manuscritos más, anteriores y posteriores, pero sólo le envié ése. Porque le había convertido en protagonista de uno de mis cuentos. Lo que duele ser consciente de que partes del cuento se han hecho reales y ahora es una pesadilla.

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