Hoy he pensado mucho en Chini. Es inevitable, porque los días festivos tengo mucho tiempo libre. Así que comprar un bingo y jugar en familia durante dos horas ha sido un paréntesis donde no he pensado en nada más que en las bolas que salían del bombo.
Hoy he pensado que ya no habrá más días de la Hispanidad para él y que seguramente lo hubiera pasado con sus sobrinos. Que ya no habrá más Halloween y seguro que si se disfrazaba era por ver la sonrisa de sus sobrinos, como yo hago también (este año me disfrazaría de Joker si no fuera porque estoy pensando en marcharme de fin de semana). Que ya no habrá más navidades para él, y qué terrible para su familia ver el hueco vacío en la mesa. Que ya no cumplirá 45 en marzo del año que viene, no habrá más primaveras ni más veranos para él. Y entonces llegará el fatídico día de San Mateo y habrá pasado un año sin él.
Y recuerdo cuando nos encontrábamos en fiestas de San Mateo en Logroño, incluso que entraba en el Galizia sólo porque sabía que estaría allí, yo con mi camisa de marca entre todos los melenudos riojanos (¡lo que hacemos por amor!), hasta que llegó un día en que yo dejé de ir a las fiestas mateas porque me agobiaba tanta gente, así que cambié la noche por el vermú de día, que también había mucha gente pero lo llevaba mejor.
Y recuerdo cada nochevieja. Nosotros siempre nos disfrazábamos y mi atuendo llegaba incompleto a casa porque Chini siempre terminaba con algo: el maletín médico, la guitarra flamenca y el parche de pirata, entre otros. Terminaba regalándole siempre algo.
Y recuerdo un uno de enero jugando al mus en la ermita de mi pueblo -nos pulieron- pero yo estaba más a la conversación que al juego, porque intentaban sonsacarme con quién me había liado la noche anterior y yo no hacía más que ponerme roja. No porque me molestaran las preguntas sino porque me abochornaba que Chini lo supiera y pensara que no me importaba. Y ellos, erre que erre, y yo pensando en que era un poco como el perro del hortelano.
Y recuerdo un Día de Reyes cuando nos pidieron los trajes de los Reyes Magos y les dije que sí, que en cuanto terminara la noche de Reyes en mi pueblo podían venir a mi casa a primera hora del día siguiente. Nosotros lo celebramos el 5 por la noche y ellos, el 6 por la mañana. Y allí estaba él en la puerta de mi casa.
Y recuerdo cada cumpleaños, cuando empecé a llamarle cada 10 de marzo, porque no podía no llamarle. Y me sabía su número fijo de memoria. Tenía que marcar varias veces porque me temblaban las manos, pero en cuanto cruzábamos dos palabras conseguía relajarme, escuchaba su voz y me calmaba.
Y recuerdo cuando recogíamos las tiendas de campaña de la primera acampada y vinieron varios de ellos a ayudarnos, cuando de repente le vi que me observaba con deseo y tuve un estremecimiento muy placentero.
Y recuerdo cuando estaba convaleciente de una operación de hernia y me convencieron (no costó mucho) para ir al pueblo de al lado a la fiesta de la Peña, y recuerdo su ternura al hablarme, cuando le enseñé el apósito del ombligo y cuando un rato después me trajo un jersey suyo porque tenía frío.
Y recuerdo coger el coche desde Ezcaray y conducir hasta Tormantos, al Mariporrón, porque allí estaría él. A mí me daba igual el concierto, y ni siquiera mi vestimenta era la adecuada para mezclarme con tanto hippy greñudo, pero allí estaba Chini y era lo que importaba.
Y recuerdo cuando preparábamos la carpa de fiestas y allí aparecía él con sus amigos, tarde porque las fiestas coincidían y ellos venían cuando el bar de su pueblo cerraba.
Y allí, en esa misma carpa, decidí que tenía que alejarme de él, que mi amor por él se me estaba yendo de las manos y que no podíamos seguir como el perro y el gato, contigo pero sin ti. Y los meses dieron paso a los años, y ya no supe cómo regresar a él.
No me arrepiento de nada, aunque podíamos haber hecho las cosas de otra manera. Y si tuviéramos otra vida las hubiéramos hecho igual. Contigo pero sin ti.

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