jueves, noviembre 11, 2010

Sin estrellas

El gélido aire casi invernal acariciaba mi rostro aterido por un frío que se adhería a mi piel como escarcha. Mis ojos estaban inmersos en la oscura noche iluminada por una pálida luna que apenas se ve y buscaban a las estrellas. Hoy no había estrellas. Las estrellas que me llevan a él… Pero, ¿para qué quiero buscar estrellas cuando ya tengo una estrella que brilla con luz propia? Porque si pienso en él, veo todas las estrellas del firmamento en la serenidad de sus ojos oscuros.
Tengo una corazonada, creo que esta vez es una corazonada. A veces el límite entre las corazonadas y el deseo latente se desdibuja. La corazonada me dice que mañana le voy a ver, que mañana mis ojos se cruzarán con su límpida mirada que tanto da sin decir mucho.
Igual es un deseo, después de tantos días sin verle. Deseo que mi mano invisible imagina que acaricia ese rostro tan adorado, que mis dedos pasan sutilmente sobre esos labios tan ansiados, que mis labios invisibles cubren su piel de besos y que mi voz, inaudible, le susurra al oído lo guapo que está.
Quiero sentir ese cosquilleo en el corazón cuando me cruzo con él, incluso sentir que me tiembla la voz al saludarle. Quiero sentir todo lo que siento cuando él está presente.
Porque todos esos sentimientos, todos esos pensamientos, todos esos estremecimientos me hacen sentir viva. Él me hace sentir viva.
Aún no le he dicho que me voy a la playa…
Esta noche no hay estrellas, pero ¿quién necesita las estrellas del cielo cuando puedes verlas en las pupilas perfectas de un ángel?

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