lunes, noviembre 29, 2010

Noches de reflexión

No me extrañaría que cualquier día amaneciera blanco. No soporto la nieve, ni el frío, y no me gusta el invierno ni la navidad. Cuando venía a casa el termómetro del coche marcaba -5º. Eso me recuerda a las nevadas del año pasado. La nieve sólo me gusta para verla en fotografías, o para verla desde la ventana o, si acaso, para dejar cuatro pares de huellas y sentir cómo cruje bajo nuestros pies. Al pensar en cuatro pares de huellas, me imagino pisando nieve con él, no podía ser de otra forma.
Él… tan dulce y adorable. Los días sin él son más fríos, independientemente de la gelidez exterior.
Aunque su imagen es como si formara parte de mí y, al recordar esos ojos angelicales y perfectos, tiendo a sonreír, inevitablemente. Ansío acariciar ese rostro y enlazar mis dedos en los suyos. Olvidarme de la nieve para encontrar el calor que proporciona todo en él. Escuchar una historia pronunciada por él y quedarme atrapada en esa voz tan sensual.
Al terminar el día me gustaría hablar con él de las horas pasadas, me gustaría decirle lo que le he echado de menos, me gustaría preguntarle qué tal le ha ido a él. Es curioso, porque de un tiempo a esta parte a la hora de tomar una decisión a veces me pregunto qué haría él en mi lugar y eso hace que le eche muchísimo más de menos.
Me pregunto si veré mañana a ese ángel que da luz y color a cada día.

Hoy estoy infinitamente cansada. Me veo tapada hasta la nariz. Por cierto, el Barça… 5-0 (jiji).

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