domingo, julio 01, 2007

Mont Saint-Michel

¿Quién no conoce el nombre de este pequeño municipio situado en los confines de Normandía? Un islote rocoso, expuesto a los violentos vientos que vienen del océano, una torre del homenaje que domina cinco leguas a la redonda y que resiste a los asaltos del tiempo, una roca tutelar por gracia del arcángel. ¿Quién no conoce el Monte Saint-Michel?
Sin embargo, sigue siendo una sorpresa redescubrir su silueta a lo lejos, enclavada entre la arena, como una joya en su estuche.

La historia del Monte Saint-Michel comienza con una leyenda estrechamente unida a la del Monte Gargano en las Pouilles (Italia).

A principios del siglo VIII, Aubert, obispo de Avranches, en respuesta de una aparición del arcángel San Miguel recibió la orden de construir un edificio para alabar los méritos del arcángel. Empero el creyente obispo no se atrevió a hacer nada y decidió esperar.
Por segunda vez se le apareció el arcángel, pero Aubert siguió dudando. A la tercera aparición, San Miguel le dio una prueba de su poder, punzándole en el cráneo, donde quedó una marca circular. En la actualidad, el cráneo de Aubert se conserva en la basílica de Avranches.
¿Será una historia verdadera o falsa? Sea lo que sea, el obispo emprendió los trabajos encargados por el arcángel. Mandó construir un pequeño oratorio en forma de cueva donde se podían congregar hasta un centenar de personas.
No queda nada de esta primigenia construcción, excepto una pared que se ve desde una de las salas de la abadía (Notre Dame subterránea).
Durante los dos siglos siguientes los canónigos acogieron a los peregrinos, pero con el paso del tiempo abandonaron esta misión. El duque de Normandía, Ricardo I, decidió reemplazar a los canónigos por monjes benedictinos. Esto ocurrió en el año 966, año de la fundación de la abadía. Los benedictinos eran grandes constructores. Levantaron una iglesia y algunos edificios. Esto atrajo a los peregrinos y la fama de Mont Saint-Michel empezó a recorrer todo el reino.
En época de nieblas, los numerosos peregrinos se perdían en los alrededores y perecían ahogados. Además, las arenas movedizas sepultaban a los imprudentes que se aventuraban en la bahía sin la ayuda de un guía.
Al pie de la abadía se construyó una pequeña ciudad. Las casas, casi todas de madera, acogían a los peregrinos.
En la cima del peñasco, los monjes no perdían el tiempo. Gracias a los numerosos donativos, edificaron una vasta iglesia y varios edificios anexos: un refectorio, un dormitorio común, una sala de trabajo, un promenoir (lugar de descanso), un aumônerie (lugar donde reciben a los pobres y les dan limosna, que consiste en una comida ligera).
Cuando Guillermo el Conquistador, duque de Normandía, decidió invadir Inglaterra, pidió ayuda al abad del monte. Éste puso a disposición del duque cuatro barcos. Tras la victoria, Guillermo, como símbolo de agradecimiento, regaló a la abadía territorios ingleses, gracias a los cuales se enriqueció.
Desde el siglo XII comenzaron a sucederse las desgracias. Primero se hundió el lado norte de la iglesia. Luego se produjo un incendio en la ciudad que se propagó hasta la abadía. Un segundo incendio volvió a asolarla veinte años después. Los monjes sobrevivían como podían.
Entonces llegó Robert de Thorigny, que devolvió a la abadía su pasado esplendor. Fue abad y diplomático y reconcilió al rey de Francia y al duque de Normandía. Como gran erudito, adquirió un número importante de libros, que en aquella época tenían mucho valor, y algunos escritos. Como buen constructor mandó levantar varios edificios que acogerían a numerosos peregrinos. Al morir dejó una abadía poderosa, rica y totalmente revitalizada a nivel espiritual.
A principios del siglo XIII, el duque de Normandía y el rey de Francia entraron en guerra. Los bretones aliados subieron a la abadía y prendieron fuego. El rey de Francia, para indemnizar a los monjes, les dio una suma notoria de dinero, que fue invertido en la construcción del actual edificio. La obra sobre un terreno tan poco propicio resulta una verdadera proeza. El monasterio se ubicó en la cima del monte.
Los abades se sucedieron y todos aportaron algo a la construcción del monte: se construyeron torres y murallas que reemplazaron la antigua empalizada de madera, se edificaron las viviendas para los abades.
Con la Guerra de los Cien Años, la abadía perdió la totalidad de sus rentas. El caballero Del Gesclin protegió el monte durante la guerra y consiguió alejar la amenaza inglesa.
Pierre le Roy, elegido abad en 1386, era consciente del peligro que representaban los ingleses y decidió construir nuevas defensas para la entrada de la abadía. La torre Perrine, la torre de Corbins y Châtelet dotaron a la entrada del monasterio con una defensa infranqueable.
Tras la derrota del rey francés, el nuevo abad, Robert Jolivet, organizó, gracias a los numerosos impuestos, la construcción de las murallas para proteger la ciudad y la abadía. Gran previsor, construyó una cisterna para abastecer de agua dulce a monjes, soldados y habitantes del monte. Cuando Rouen, capital de Normandía, cayó en manos de los ingleses, ocuparon toda la región excepto el monte Saint-Michel. El abad se puso al servicio del rey de Inglaterra y poco después los ingleses asediaron el monte, sin éxito, gracias a la inmensa defensa que había adquirido.
Después de esa pequeña victoria, a pesar de las amenazas que pesaban sobre la región, los peregrinos volvieron a afluir al montes para homenajear al último defensor del reino: el arcángel San Miguel.
En el siglo XV, un incendio asoló una parte de la ciudad y los ingleses aprovecharon para reorganizar a sus tropas y entrar al monte por una grieta abierta en las murallas. Pero el capitán de los Montoises contraatacó de una manera tan atroz que hizo huir a los ingleses. La batalla de Formigny aportó la paz a Normandía.
Luis XI instituyó la Orden de los Caballeros de San Miguel. Este rey piadoso visitó cuatro veces el monte. En su último viaje mandó instalar una jaula de hierro, por lo que el monte Saint-Michel se convirtió en una prisión. A partir del siglo XVI, será el rey el que elija al abad en persona, y muchas veces no era un eclesiástico, sino que se hacía nombrar para aprovecharse de las rentas de la abadía. Los monjes no encontraban motivación espiritual y, a pesar de que los peregrinos seguían siendo numerosos, abandonaron la abadía.
Durante las guerras de religión, los protestantes intentaron invadir la abadía sin éxito alguno. Después, un rayo cayó sobre el campanario de la abadía y gran parte del armazón de la iglesia se redujo a cenizas. El abad se negó a emprender las reparaciones, el campanario tardaría unos años en reconstruirse. El desinterés de los abades por el edificio, la menor afluencia de peregrinos y el cansancio de los monjes produjeron un cambio en el monte. Los monjes fueron reemplazados por nueve monjes benedictinos, extremadamente cultivados. Deseando compartir sus conocimientos, abrieron una escuela donde impartían clases a unos pocos alumnos. Desgraciadamente estos benedictinos eran constructores pobres. En vez de reparar los tramos de la iglesia que amenazaban con hundirse, los tiraron. Y en su lugar levantaron una horrible fachada.
El sistema en el que el rey elegía abad a dedo terminó por arruinar la abadía. Las rentas del monasterio se hundieron y los monjes se endeudaron. La Revolución reforzó este estado de precariedad. Los monjes fueron echados de la abadía y los bienes vendidos. El monte Saint-Michel se convirtió en una verdadera prisión. 300 sacerdotes fueron encerrados en la abadía. Todas las salas del monasterio se transformaron en talleres. Los presos trabajaban en ellos y se aumentó la superficie utilizable. La administración penitenciaria abandonó el mantenimiento de los edificios completamente. La antigua hostelería se hundió. Un incendio destruyó parte de la iglesia abacial, convertida en taller de sombreros. Día a día la abadía se destruía un poco más.
Hombres célebres como Victor Hugo y Gustave Flaubert presionaron al gobierno. En 1863 dejó de ser una prisión y la abadía fue cedida al obispo de Coutances. Los monjes volvieron a habitar la abadía. Los peregrinos regresaron al monte Saint-Michel. Hoteles, restaurantes y tiendas de recuerdos abrieron de nuevo sus puertas a los visitantes, cada vez más numerosos.
La abadía, que amenazaba ruina por todas las partes, se clasificó en el Registro de Monumentos Históricos. El arquitecto Eduardo Corroyer emprendió los trabajos de restauración, acabados en 1898, y que dieron al monte su apariencia actual.

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