
A las 8 en punto de la tarde siempre sonaba aquella estridente sirena. Durante cuatro años la estuve oyendo. Al principio me resultaba aquel sonido un tanto molesto. Después me fui acostumbrando y luego era uno de los ruidos habituales del colegio.
Entre vastos terrenos de árboles frutales, a las afueras de Logroño, la única fábrica que nos hacía compañía en aquellas tardes de estudio se dedicaba a la madera. La sirena sonaba varias veces a lo largo del día, pero solo a las 8 de la tarde nos sacaba del ensimismamiento en el que nos encontrábamos para transportarnos muy lejos de allí.
Desde mi ubicación junto a la ventana, no me quedaba más remedio que levantar mis ojos hacia las miles de tardes anaranjadas, silenciosas, que trascurrían lentamente, sin darnos apenas cuenta de lo lentamente que iban pasando las horas.
Me pregunto si se sigue escuchando esa misma sirena a las 8 de la tarde, o si se ve silenciada por la amalgama de nuevos ruidos debido al crecimiento industrial en la zona.
Me siento, de alguna manera, vinculada a aquella sirena de mis años adolescentes, porque muchas tardes la odié, sin embargo se terminó convirtiendo en una compañera más, alguien que desde su rutinaria vida nos observaba ir y venir, nos veía cambiar, nos daba la bienvenida y nos despedía sin lágrimas porque los que se iban serían sustituidos por otros nuevos, que escucharían su eterna melodía a las 8 de la tarde.

Entre vastos terrenos de árboles frutales, a las afueras de Logroño, la única fábrica que nos hacía compañía en aquellas tardes de estudio se dedicaba a la madera. La sirena sonaba varias veces a lo largo del día, pero solo a las 8 de la tarde nos sacaba del ensimismamiento en el que nos encontrábamos para transportarnos muy lejos de allí.
Desde mi ubicación junto a la ventana, no me quedaba más remedio que levantar mis ojos hacia las miles de tardes anaranjadas, silenciosas, que trascurrían lentamente, sin darnos apenas cuenta de lo lentamente que iban pasando las horas.
Me pregunto si se sigue escuchando esa misma sirena a las 8 de la tarde, o si se ve silenciada por la amalgama de nuevos ruidos debido al crecimiento industrial en la zona.
Me siento, de alguna manera, vinculada a aquella sirena de mis años adolescentes, porque muchas tardes la odié, sin embargo se terminó convirtiendo en una compañera más, alguien que desde su rutinaria vida nos observaba ir y venir, nos veía cambiar, nos daba la bienvenida y nos despedía sin lágrimas porque los que se iban serían sustituidos por otros nuevos, que escucharían su eterna melodía a las 8 de la tarde.

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