¡Ring! ¡Ring! El teléfono suena sin parar. Abro un ojo. Ana Lara, Marlène y Lorena duermen cerca. ¿Dónde estamos? Ahora empiezo a recordar. Odio que me despierte el teléfono, pero mucho más si despierto en un lugar extraño y nadie se digna a cogerlo.
Recuerdo que estamos en el piso de Ismael, que nos habíamos encerrado en una habitación para que nos dejaran dormir, en el dormitorio del dueño de ese piso, mientras que los demás se quedaron en el salón.
Abro sigilosamente la puerta, paso junto al salón, donde duermen los demás. No veo a Ismael. El teléfono sigue sonando. No es mi estilo, pero tengo una resaca impresionante y la cabeza me va a estallar, así que me dirijo al teléfono, un aparato rojo, y descuelgo: "¿Hola?".
"¿Qué hace una chica en nuestra casa?"-Más que una pregunta fue un grito que iba aumentando de volumen. "Sal ahora mismo de ahí, que cojo el coche y yo misma te saco". Decido no contestar y cuelgo atemorizada.
Voy adonde están mis amigas y las despierto. "Vámonos, rápido, cuando hayamos salido os cuento". A medida que mis amigas empezaban a despejarse y me preguntaban qué había pasado yo les metía prisa, diciéndoles que les contaría después. "La madre de Isma viene para aquí, dice que nos va a echar". La risa de Marlène traspasa las paredes. "Pero tía, que Isma tiene 30 años, ¿cómo puede controlarle tanto su madre?".
Salgo y voy a la cocina, donde está Isma. Me mira y me pregunta quién ha cogido el teléfono. Le explico lo que ha pasado y su semblante se nubla. Le digo que debe explicarle a su madre que ella no puede controlar su vida, que tiene ya una cierta edad... "Esperé a ver si alguien cogía el teléfono, no me esperaba esto, lo siento, Isma".
Ismael era un chaval retraído, aquel día comprendí por qué, aquel día comprendí que tener una madre así debía haber influido mucho, y negativamente, en su personalidad.
Desayunamos en una cafetería cercana a la estación de autobuses. No nos explicábamos cómo podía tener una madre así. Marlène me hizo explicar detalladamente la conversación telefónica, si es que podía llamarse conversación a eso.
Ismael era amigo de David, y David todavía hace unos meses me mandó un mensaje a ver si me acordaba de él. Yo estaba liada con David entonces y conocí a todos sus amigos, así como él conoció a todas mis amigas. Uno de tantos días en que nos juntamos ambas partes terminamos en la casa de Isma, el más mayor de todos. Y la que se montó.
Recuerdo que estamos en el piso de Ismael, que nos habíamos encerrado en una habitación para que nos dejaran dormir, en el dormitorio del dueño de ese piso, mientras que los demás se quedaron en el salón.
Abro sigilosamente la puerta, paso junto al salón, donde duermen los demás. No veo a Ismael. El teléfono sigue sonando. No es mi estilo, pero tengo una resaca impresionante y la cabeza me va a estallar, así que me dirijo al teléfono, un aparato rojo, y descuelgo: "¿Hola?".
"¿Qué hace una chica en nuestra casa?"-Más que una pregunta fue un grito que iba aumentando de volumen. "Sal ahora mismo de ahí, que cojo el coche y yo misma te saco". Decido no contestar y cuelgo atemorizada.
Voy adonde están mis amigas y las despierto. "Vámonos, rápido, cuando hayamos salido os cuento". A medida que mis amigas empezaban a despejarse y me preguntaban qué había pasado yo les metía prisa, diciéndoles que les contaría después. "La madre de Isma viene para aquí, dice que nos va a echar". La risa de Marlène traspasa las paredes. "Pero tía, que Isma tiene 30 años, ¿cómo puede controlarle tanto su madre?".
Salgo y voy a la cocina, donde está Isma. Me mira y me pregunta quién ha cogido el teléfono. Le explico lo que ha pasado y su semblante se nubla. Le digo que debe explicarle a su madre que ella no puede controlar su vida, que tiene ya una cierta edad... "Esperé a ver si alguien cogía el teléfono, no me esperaba esto, lo siento, Isma".
Ismael era un chaval retraído, aquel día comprendí por qué, aquel día comprendí que tener una madre así debía haber influido mucho, y negativamente, en su personalidad.
Desayunamos en una cafetería cercana a la estación de autobuses. No nos explicábamos cómo podía tener una madre así. Marlène me hizo explicar detalladamente la conversación telefónica, si es que podía llamarse conversación a eso.
Ismael era amigo de David, y David todavía hace unos meses me mandó un mensaje a ver si me acordaba de él. Yo estaba liada con David entonces y conocí a todos sus amigos, así como él conoció a todas mis amigas. Uno de tantos días en que nos juntamos ambas partes terminamos en la casa de Isma, el más mayor de todos. Y la que se montó.
No volvimos a casa de Isma, aunque nuestro trato con él había cambiado inevitablemente: ahora sentíamos compasión por él.
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