
Pam, pam, pam, pam...
El ruido incesante y continuo del martillo golpea sin cesar en algún sitio cercano. Son las 8 de la mañana. Creo estar soñando y vuelvo a cerrar los ojos.
Pam, pam, pam, pam...
En realidad no es un sueño. Ese maldito martillo lleva un rato golpeando cerca, demasiado cerca, tanto que ya no me permite volver a caer en el sueño. Así que me levanto y me preparo un rápido café para despejarme.
Pam, pam, pam, pam...
Es demasiado regular. Parece que están golpeando el techo. De repente, a media mañana, llega el silencio. Parece que las manos que amarran el martillo han decidido descansar, y a mí ese silencio me ha sumergido en los únicos momentos de paz de toda la mañana.
Pam, pam, pam, pam...
Otra vez el martillo. Ahora oigo escombros, como si golpearan los cristales. Me asomo a ver y descubro, un piso por encima, a dos obreros tirando parte de la azotea del edificio anexo. Los escombros caen en el patio interior.
Pam, pam, pam, pam...
El martillo sigue incansable. Ansío que llegue la hora de comer para volver a gozar del silencio. Y vuelvo a mis auriculares a escuchar algo cuyo sonido sea más agradable que el eterno e incesante martilleo.
El ruido incesante y continuo del martillo golpea sin cesar en algún sitio cercano. Son las 8 de la mañana. Creo estar soñando y vuelvo a cerrar los ojos.
Pam, pam, pam, pam...
En realidad no es un sueño. Ese maldito martillo lleva un rato golpeando cerca, demasiado cerca, tanto que ya no me permite volver a caer en el sueño. Así que me levanto y me preparo un rápido café para despejarme.
Pam, pam, pam, pam...
Es demasiado regular. Parece que están golpeando el techo. De repente, a media mañana, llega el silencio. Parece que las manos que amarran el martillo han decidido descansar, y a mí ese silencio me ha sumergido en los únicos momentos de paz de toda la mañana.
Pam, pam, pam, pam...
Otra vez el martillo. Ahora oigo escombros, como si golpearan los cristales. Me asomo a ver y descubro, un piso por encima, a dos obreros tirando parte de la azotea del edificio anexo. Los escombros caen en el patio interior.
Pam, pam, pam, pam...
El martillo sigue incansable. Ansío que llegue la hora de comer para volver a gozar del silencio. Y vuelvo a mis auriculares a escuchar algo cuyo sonido sea más agradable que el eterno e incesante martilleo.
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