Hay días que el trabajo me sale por las orejas, pero ahora, cuando he llegado a casa, sólo me queda pensar en relajarme. Mis sobrinas vendrán el domingo a mi casa a por sus regalos de Reyes. Les expliqué que si quitaba el árbol de Navidad los regalos podían desaparecer y me pidieron que no quitara el árbol, así que aún tengo puesto el árbol de Navidad, una semana después.
Por lo demás, mañana nos habíamos propuesto ir a Olite, pero no sé si al final iremos. Tampoco me importa quedarme en casa y dedicarme a remolonear un poco, pues al fin y al cabo creo que me merezco un fin de semana de esos de pijama, manta y libro. De hecho, esos fines de semana invernales en que no tengo obligaciones me resultan gratificantes. Cuando pienso en el invierno recordar esos sábados sin complicaciones hace que el invierno no sea tan crudo. Generalmente me despierto pronto, desayuno y vuelvo a remolonear a la cama con un libro, ya imposible dormir después de desayunar, pero con un libro y tapada hasta la nariz.
Esos fines de semana que desprenden dulzura por todos los rincones...

No hay comentarios:
Publicar un comentario