
Hay gente que piensa que el tiempo influye en las personas. Yo creo que está todo en la cabeza, que al final es la que rige y la que influye en nuestro estado de ánimo. Pero es cierto que contemplo los atardeceres, cuando anochece más tarde, y me resulta muy agradable. Y es que yo en invierno me encuentro siempre más mustia, pero a medida que se acerca la primavera mi estado de ánimo mejora con creces. Igual es porque nací en la primavera, aunque como en primavera estornudo mucho, prefiero el verano.
No es que en invierno esté más triste, sólo más susceptible. En verano lo llevo todo mejor.
Siempre estoy rodeada de gente e intento tomarme las cosas con humor. Porque al final la vida son cuatro días. Y si me tuviera que tomar en serio todo lo que me dice la gente cada día estaría enfadada con el mundo a todas horas y todos los días. Así que supongo que trazo una línea imaginaria y no dejo pasar a nadie. A casi nadie.
En mi oficina me dicen que no es posible que todo el mundo me caiga bien. Y es verdad, todo el mundo me cae bien, incluso el que no me cae bien. Porque todo el mundo se merece una oportunidad, pero sin traspasar esa línea imaginaria.
Aunque hay personas que consiguen traspasar la línea, que incluso de alguna manera nos acarician el alma. A esas personas las tenemos que cuidar, son tesoros en bruto.
Mi padre siempre me tiene dicho que nos rodeemos de gente buena, de personas que merecen la pena. Yo le hago caso, que mi padre es un sabio.
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