
Valle de Benasque, Huesca
El colegio donde cursé BUP y COU nos inculcaba el amor a la montaña de una manera extraordinaria. Cada trimestre organizaba un viaje montañero de fin de semana donde nos perdíamos en un refugio de montaña. Y yo no me perdía esos viajes, sobre todo porque enseguida me di cuenta lo mucho que me gusta la montaña. Así conocí la Laguna Negra, Pancrudo, el San Lorenzo nevado, Monte Real y un montón de sitios más. Generalmente no sabíamos ni ubicar el refugio de montaña en cuestión, pero no importaba. Lo verdaderamente importante era pasar un fin de semana entero en la montaña, caminando sin parar, forjando relaciones, muchas veces con la mochila a cuestas, pisando nieve, siguiendo sendas forestales y cortafuegos. En verano organizaban diez días a la montaña, generalmente a Pirineos, y al terminar 3º de BUP nos apuntamos varias compañeras. Cambiamos los refugios invernales por tiendas de campaña, nos alojamos en un campamento junto a un río, en pleno valle junto al pueblo de Benasque, hicimos vivac, porque subir al Aneto no es cosa baladí y tuvimos que subir en dos jornadas, durmiendo una de ellas al aire libre. No he tocado la punta del Aneto porque teníamos expresamente prohibido acercarnos esos últimos 400 metros que nos separaban del pico, ya que aunque era verano había hielo en la cima.
Si leo un libro que habla de rutas de montaña, algo se me remueve dentro, una especie de nostalgia incontrolable, como si echara mucho de menos caminar por la montaña. Y hoy he recordado Pirineos.
Aquí hay un grupo de montaña al que he pensado en apuntarme, pero la mayor parte de los fines de semana no podría ir, así que no voy a comprometerme en un grupo donde voy a fallar más veces de las que iría de ruta.
Sigo pensando que mi amor por la montaña sigue intacto.
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