Cuando menos te lo esperas sale a flote algo que creías que no estaba ahí. Algo que yo misma me propuse olvidar. Entonces es posible que aún cuando me mira es capaz de tocarme el alma. Ya no hay mariposas. Me terminó desgastando, me terminó enfadando, me terminé cansando. Pero que se agotara el amor no quiere decir nada, porque sus palabras me siguen haciendo cosquillas en el alma.
Quiero ser fuerte, pero a veces no reflexiono y el ímpetu me lleva a decirle que compartamos el paraguas bajo la lluvia y que tomemos un chocolate caliente. Y a los cinco minutos me doy cabezazos contra la pared porque no debería haberle dicho nada. Me pregunto por qué le he dicho nada. No se merece mis palabras, mi tiempo, ni mi atención.
Cuánto le quise y qué tarde más agridulce me queda hoy. Sólo por no frenar ese ímpetu.
Gracias a él dejé de creer en el amor, en los hombres y en cualquier acercamiento en general. Le dije adiós, pero a veces sigo diciéndole cosas que no debería decirle. Porque yo ya no siento por él lo que sentí entonces. Ya no.

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