A veces abrazo alguno de los cojines que tengo en la cama. Les cuento secretos. Y ahí quedan todos los secretos del mundo.
A veces abrazo la almohada, pero es tan alargada que la tengo que soltar para coger uno de los cojines.
Cuando tenía perro abrazaba al perro, que se escaqueaba en cuanto me quedaba dormida. Cuando era cachorro me mordía las punteras de los zapatos y cualquier cosa que encontraba en el suelo. Después se quedaba dormido encima de mis pies.
Y tengo un grato recuerdo de un fin de semana durmiendo con mis sobrinas, una a cada lado, y abrazándome las dos. Casi no podía moverme.
Seguiré contando secretos a la almohada, es un confidente seguro.
En cuanto al perro, me dolió tanto cuando desapareció que no tengo claro si quiero perro o no. Volveré a dar otra vuelta a esa idea, pero no esta noche.

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