
Estoy en una estación perdida de mi trayecto, donde dentro de un rato cogeré un tren. Siempre llego con bastante tiempo de antelación y cuando, por fin, me siento frente a las vías me dedico a observar a la gente.
Son peculiares los personajes que hay en una estación, bien sea de tren bien sea de autobuses. Siempre hay alguien que llama la atención.
Me estoy tomando un café. En una mesa cercana un joven duerme apoyado sobre el tablero. En el momento en que le despierta el altavoz se levanta haciendo eses. Tendrá unos 27 años, los ojos azules (cansados) enmarcan su cara, no va mal vestido. Pero se nota a leguas que tiene algún tipo de problema. Apenas se sostiene en pie. Después de dar varios tumbos tanto fuera como dentro, se termina acercando al hombre que está tras la barra para preguntarle a qué hora hay tren para Valladolid (mi tren pasa por allí, así que es el mismo). El hombre, muy serio y deseando quitárselo de encima, le contesta.
Cuando pasa junto a mi mesa, aparentemente normal, le he visto la botella sin tapón que sobresale de un bolsillo de su parca. No he distinguido qué era, aunque la boquilla con sistema de goteo y el tamaño que se puede imaginar tras la tela no da pie a dudas: es una botella de alcohol.
Me ha dado pena. Y también miedo.
Si se monta en mi tren, espero que esté bien lejos, aunque tal como va seguramente lo pierda o no cambie de vía.
Esto lo escribí ayer en la estación de tren. Pero después pasaron muchas cosas.
Desde las cristaleras de dentro vi pasar un Patrol azul y blanco. Eran los del 112, números que distinguí perfectamente (así como también imaginé la situación y la intuición no me falló). Los camareros de la cafetería de la estación les habían llamado para que se encargaran del joven.
Dos hombres uniformados con la placa de Prosegur se acercaron a la barra. Yo estaba sentada lo suficientemente cerca para escuchar toda la conversación (es de mala educación, lo sé, pero no tengo la culpa de estar sentada tan cerca de ellos como para escuchar todo lo que hablaron entre los camareros y los guardas).
El joven estaba tumbado en un banco en el exterior, junto a las vías. Aparentemente dormía. No le vi molestar a nadie. Estaba borracho, vale, pero no había hecho nada malo. Las palabras de uno de los guardas me pusieron la piel de gallina: "Ahora vamos para allá y, si es necesario, le metemos un par de hostias". Y fueron, estuvieron hablando con él y le hicieron levantarse del banco. Mi visibilidad fallaba desde donde estaba sentada, aunque no llevaron a la práctica lo que unos minutos antes habían dicho. Los guardas estuvieron paseándose por la estación hasta que estuvieron seguros de que el joven se había ido.
Mi maleta es inmensa. El chico se montó en el tren que le llevaría a su destino. Se montó en el vagón 51 y, a pesar de la tajada que llevaba encima, me ayudó a subir la maleta. Igual no iba tan borracho como parecía a simple vista. De hecho, a la hora de subir al tren, me dijo que subiera delante de él, muy caballeroso. Después me subió la maleta. Luego no le volví a ver.
El tren, a pesar de todo, iba lleno. Y yo que pensaba que no iría la gente tan pronto... Pues la verdad es que sí, que los estudiantes ya están empezando a llegar, antes de Reyes, no importa. Los exámenes los han adelantado y eso se nota.
A mi lado iba un religioso. Era muy mayor. Leía un libro con las pastas ajadas por el tiempo, algo sobre el Santísimo Sacramento.
La niebla del valle del Pisuerga nos acompañó casi todo el trayecto. En una de las paradas del tren, sin explicación, en Magaz (creo) nos pusimos a hablar. Me contó que iba a Valladolid, que había pasado los últimos días del año con su familia en San Sebastián, que era donostiarra pero que llevaba muchos años viviendo en la capital de Castilla, donde había dado clases en la universidad vallisoletana. Yo pensé que sería de Teología, pero no. El hombre, ya retirado, era Doctor en Matemáticas. Ya le dije que yo odiaba las ciencias exactas. La verdad es que la conversación fue amena. Luego le ayudé a coger la maleta de la balda superior. Bueno, realmente no fue así. Levanté a un peruano de su asiento diciéndole que me ayudara a bajar la maleta del cura.
En Valladolid el tren se quedó en los huesos. El resto éramos casi todos estudiantes. Llegamos a Salamanca con un retraso de media hora. Es la última parada y siempre espero a que se despeje el tren, terminando por bajar siempre la última. No debo ser la única que piensa así. Una chica me dijo, al pasar a su lado, que iba cargadísima, que esperaba a bajar al final. Y le presté mi ayuda.
Mi maleta pesaba pero sólo llevaba una. Ella llevaba tres y un estuche de maquillaje en la mano un poco más grande que el que me ha regalado a mí mi amiga invisible, ya se lo dije.
Bajé mi maleta y le ayudé a ella. Así estuvimos juntas hasta la parada del taxi: en la fila del ascensor para cruzar las vías, en la parada de taxis. Unos diez minutos, que con las maletas encima se hacen larguísimos.
Es curiosa la cantidad de gente solidaria que hay por ahí. Yo siempre lo veo sobre todo cuando viajo. Evidentemente yo si puedo también ayudo.
Uno de los temas de conversación más frecuentes cuando se viaja en tren es el del tipo de ferrocarril que cruza Castilla. Los trenes de Renfe son viejos, no están en malas condiciones pero podrían tenerlas mejores, llevan años traqueteando (más que años, mejor sería decir décadas). Un ejemplo: el Talgo Salamanca-Barcelona es viejísimo. Lo trajeron a Castilla cuando cambiaron los ferrocarriles catalanes, así que se podría decir que es de segunda mano (y se nota bastante).
Yo antes comparaba los trenes de Renfe con los DB (Die Bahn) alemanes. "Die Bahn" significa "el camino" y es en Alemania lo que la Renfe en España. No hay punto de comparación. Todos los trenes que he cogido en Alemania son como el AVE. Nunca vi un tren como los Intercity españoles. Tampoco hay tal lío de billetes como hay en España. Los DB son tan largos que no se ve el final del tren. La gente, por lo general, no reserva porque siempre hay sitios libres y, por tanto, te puedes sentar donde quieras. Si alguien reserva, en ese asiento y pegada en la ventanilla hay una especie de cajetilla de plástico transparente con un papel donde pone el nombre del que ha reservado el asiento. Aunque son situaciones excepcionales.
Los andenes tienen carteles donde pone: A, B, C, D. La parte del andén que corresponde a A es de primera clase, el resto son de clase turista. Y cuando el tren para, los vagones de primera clase se paran en el lugar exacto que corresponde a la letra A.
Los DB por dentro son impresionantes: cómodos, tienen una parte muy pequeña destinada a compartimentos (generalmente se sientan ahí familias con niños pequeños) y algo que nunca había visto en un tren: entre vagón y vagón hay un monitor donde se te va informando de la velocidad del tren, de la temperatura dentro y fuera, del trayecto, las paradas y el tiempo que falta para llegar, el tiempo que va a estar parado... No sé, está demasiado informatizado en comparación con España. También es otro mundo.
El peor tren alemán en el que he montado es el que cruza la Selva Negra (Schwarzwald) y estaba mucho mejor que cualquiera de los trenes que cojo cuando voy a casa.
Por supuesto, si queremos ver peores trenes que en España, podemos viajar a Italia. El tren "de la época de Mussolini" que te lleva desde el aeropuerto hasta la estación de tren, Termini, es horrible. Tarda media hora y es de color verde. Me recordaba a un poema de Antonio Machado describiendo un viaje en tren de la época franquista.
El viaje se me hizo cortísimo. Teniendo en cuenta que otras veces me sumerjo en un libro y ayer me dediqué a "conocer" gente es normal que casi no me diera cuenta de que estábamos ya en tierras charras.
Son peculiares los personajes que hay en una estación, bien sea de tren bien sea de autobuses. Siempre hay alguien que llama la atención.
Me estoy tomando un café. En una mesa cercana un joven duerme apoyado sobre el tablero. En el momento en que le despierta el altavoz se levanta haciendo eses. Tendrá unos 27 años, los ojos azules (cansados) enmarcan su cara, no va mal vestido. Pero se nota a leguas que tiene algún tipo de problema. Apenas se sostiene en pie. Después de dar varios tumbos tanto fuera como dentro, se termina acercando al hombre que está tras la barra para preguntarle a qué hora hay tren para Valladolid (mi tren pasa por allí, así que es el mismo). El hombre, muy serio y deseando quitárselo de encima, le contesta.
Cuando pasa junto a mi mesa, aparentemente normal, le he visto la botella sin tapón que sobresale de un bolsillo de su parca. No he distinguido qué era, aunque la boquilla con sistema de goteo y el tamaño que se puede imaginar tras la tela no da pie a dudas: es una botella de alcohol.
Me ha dado pena. Y también miedo.
Si se monta en mi tren, espero que esté bien lejos, aunque tal como va seguramente lo pierda o no cambie de vía.
Esto lo escribí ayer en la estación de tren. Pero después pasaron muchas cosas.
Desde las cristaleras de dentro vi pasar un Patrol azul y blanco. Eran los del 112, números que distinguí perfectamente (así como también imaginé la situación y la intuición no me falló). Los camareros de la cafetería de la estación les habían llamado para que se encargaran del joven.
Dos hombres uniformados con la placa de Prosegur se acercaron a la barra. Yo estaba sentada lo suficientemente cerca para escuchar toda la conversación (es de mala educación, lo sé, pero no tengo la culpa de estar sentada tan cerca de ellos como para escuchar todo lo que hablaron entre los camareros y los guardas).
El joven estaba tumbado en un banco en el exterior, junto a las vías. Aparentemente dormía. No le vi molestar a nadie. Estaba borracho, vale, pero no había hecho nada malo. Las palabras de uno de los guardas me pusieron la piel de gallina: "Ahora vamos para allá y, si es necesario, le metemos un par de hostias". Y fueron, estuvieron hablando con él y le hicieron levantarse del banco. Mi visibilidad fallaba desde donde estaba sentada, aunque no llevaron a la práctica lo que unos minutos antes habían dicho. Los guardas estuvieron paseándose por la estación hasta que estuvieron seguros de que el joven se había ido.
Mi maleta es inmensa. El chico se montó en el tren que le llevaría a su destino. Se montó en el vagón 51 y, a pesar de la tajada que llevaba encima, me ayudó a subir la maleta. Igual no iba tan borracho como parecía a simple vista. De hecho, a la hora de subir al tren, me dijo que subiera delante de él, muy caballeroso. Después me subió la maleta. Luego no le volví a ver.
El tren, a pesar de todo, iba lleno. Y yo que pensaba que no iría la gente tan pronto... Pues la verdad es que sí, que los estudiantes ya están empezando a llegar, antes de Reyes, no importa. Los exámenes los han adelantado y eso se nota.
A mi lado iba un religioso. Era muy mayor. Leía un libro con las pastas ajadas por el tiempo, algo sobre el Santísimo Sacramento.
La niebla del valle del Pisuerga nos acompañó casi todo el trayecto. En una de las paradas del tren, sin explicación, en Magaz (creo) nos pusimos a hablar. Me contó que iba a Valladolid, que había pasado los últimos días del año con su familia en San Sebastián, que era donostiarra pero que llevaba muchos años viviendo en la capital de Castilla, donde había dado clases en la universidad vallisoletana. Yo pensé que sería de Teología, pero no. El hombre, ya retirado, era Doctor en Matemáticas. Ya le dije que yo odiaba las ciencias exactas. La verdad es que la conversación fue amena. Luego le ayudé a coger la maleta de la balda superior. Bueno, realmente no fue así. Levanté a un peruano de su asiento diciéndole que me ayudara a bajar la maleta del cura.
En Valladolid el tren se quedó en los huesos. El resto éramos casi todos estudiantes. Llegamos a Salamanca con un retraso de media hora. Es la última parada y siempre espero a que se despeje el tren, terminando por bajar siempre la última. No debo ser la única que piensa así. Una chica me dijo, al pasar a su lado, que iba cargadísima, que esperaba a bajar al final. Y le presté mi ayuda.
Mi maleta pesaba pero sólo llevaba una. Ella llevaba tres y un estuche de maquillaje en la mano un poco más grande que el que me ha regalado a mí mi amiga invisible, ya se lo dije.
Bajé mi maleta y le ayudé a ella. Así estuvimos juntas hasta la parada del taxi: en la fila del ascensor para cruzar las vías, en la parada de taxis. Unos diez minutos, que con las maletas encima se hacen larguísimos.
Es curiosa la cantidad de gente solidaria que hay por ahí. Yo siempre lo veo sobre todo cuando viajo. Evidentemente yo si puedo también ayudo.
Uno de los temas de conversación más frecuentes cuando se viaja en tren es el del tipo de ferrocarril que cruza Castilla. Los trenes de Renfe son viejos, no están en malas condiciones pero podrían tenerlas mejores, llevan años traqueteando (más que años, mejor sería decir décadas). Un ejemplo: el Talgo Salamanca-Barcelona es viejísimo. Lo trajeron a Castilla cuando cambiaron los ferrocarriles catalanes, así que se podría decir que es de segunda mano (y se nota bastante).
Yo antes comparaba los trenes de Renfe con los DB (Die Bahn) alemanes. "Die Bahn" significa "el camino" y es en Alemania lo que la Renfe en España. No hay punto de comparación. Todos los trenes que he cogido en Alemania son como el AVE. Nunca vi un tren como los Intercity españoles. Tampoco hay tal lío de billetes como hay en España. Los DB son tan largos que no se ve el final del tren. La gente, por lo general, no reserva porque siempre hay sitios libres y, por tanto, te puedes sentar donde quieras. Si alguien reserva, en ese asiento y pegada en la ventanilla hay una especie de cajetilla de plástico transparente con un papel donde pone el nombre del que ha reservado el asiento. Aunque son situaciones excepcionales.
Los andenes tienen carteles donde pone: A, B, C, D. La parte del andén que corresponde a A es de primera clase, el resto son de clase turista. Y cuando el tren para, los vagones de primera clase se paran en el lugar exacto que corresponde a la letra A.
Los DB por dentro son impresionantes: cómodos, tienen una parte muy pequeña destinada a compartimentos (generalmente se sientan ahí familias con niños pequeños) y algo que nunca había visto en un tren: entre vagón y vagón hay un monitor donde se te va informando de la velocidad del tren, de la temperatura dentro y fuera, del trayecto, las paradas y el tiempo que falta para llegar, el tiempo que va a estar parado... No sé, está demasiado informatizado en comparación con España. También es otro mundo.
El peor tren alemán en el que he montado es el que cruza la Selva Negra (Schwarzwald) y estaba mucho mejor que cualquiera de los trenes que cojo cuando voy a casa.
Por supuesto, si queremos ver peores trenes que en España, podemos viajar a Italia. El tren "de la época de Mussolini" que te lleva desde el aeropuerto hasta la estación de tren, Termini, es horrible. Tarda media hora y es de color verde. Me recordaba a un poema de Antonio Machado describiendo un viaje en tren de la época franquista.
Yo, para todo viaje
—siempre sobre la madera
de mi vagón de tercera—,
voy ligero de equipaje.
Si es de noche, porque no
acostumbro a dormir yo,
y de día, por mirar
los arbolitos pasar,
yo nunca duermo en el tren,
y, sin embargo, voy bien.
¡Este placer de alejarse!
Londres, Madrid, Ponferrada,
tan lindos... para marcharse.
Lo molesto es la llegada.
Luego, el tren, al caminar,
siempre nos hace soñar;
y casi, casi olvidamos
el jamelgo que montamos.
¡Oh, el pollino
que sabe bien el camino!
¿Dónde estamos?
¿Dónde todos nos bajamos?
¡Frente a mí va una monjita
tan bonita!
Tiene esa expresión serena
que a la pena
da una esperanza infinita.
Y yo pienso: Tú eres buena;
porque diste tus amores
a Jesús; porque no quieres
ser madre de pecadores.
Mas tú eres
maternal,
bendita entre las mujeres,
madrecita virginal.
Algo en tu rostro es divino
bajo tus cofias de lino.
Tus mejillas
—esas rosas amarillas—
fueron rosadas, y, luego,
ardió en tus entrañas fuego;
y hoy, esposa de la Cruz,
ya eres luz, y sólo luz...
¡Todas las mujeres bellas
fueran, como tú, doncellas
en un convento a encerrarse!...
¡Y la niña que yo quiero,
ay, preferirá casarse
con un mocito barbero!
El tren camina y camina,
y la máquina resuella,
y tose con tos ferina.
¡Vamos en una centella!
—siempre sobre la madera
de mi vagón de tercera—,
voy ligero de equipaje.
Si es de noche, porque no
acostumbro a dormir yo,
y de día, por mirar
los arbolitos pasar,
yo nunca duermo en el tren,
y, sin embargo, voy bien.
¡Este placer de alejarse!
Londres, Madrid, Ponferrada,
tan lindos... para marcharse.
Lo molesto es la llegada.
Luego, el tren, al caminar,
siempre nos hace soñar;
y casi, casi olvidamos
el jamelgo que montamos.
¡Oh, el pollino
que sabe bien el camino!
¿Dónde estamos?
¿Dónde todos nos bajamos?
¡Frente a mí va una monjita
tan bonita!
Tiene esa expresión serena
que a la pena
da una esperanza infinita.
Y yo pienso: Tú eres buena;
porque diste tus amores
a Jesús; porque no quieres
ser madre de pecadores.
Mas tú eres
maternal,
bendita entre las mujeres,
madrecita virginal.
Algo en tu rostro es divino
bajo tus cofias de lino.
Tus mejillas
—esas rosas amarillas—
fueron rosadas, y, luego,
ardió en tus entrañas fuego;
y hoy, esposa de la Cruz,
ya eres luz, y sólo luz...
¡Todas las mujeres bellas
fueran, como tú, doncellas
en un convento a encerrarse!...
¡Y la niña que yo quiero,
ay, preferirá casarse
con un mocito barbero!
El tren camina y camina,
y la máquina resuella,
y tose con tos ferina.
¡Vamos en una centella!
El viaje se me hizo cortísimo. Teniendo en cuenta que otras veces me sumerjo en un libro y ayer me dediqué a "conocer" gente es normal que casi no me diera cuenta de que estábamos ya en tierras charras.
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