
Estoy viendo a través del cristal cómo nieva. Me pregunto si se cubrirá todo con un manto blanco. La nieve me trae recuerdos en estos momentos.
Cuando éramos pequeños y teníamos que bajar al sótano a por leña para encender la chimenea, sólo de pensarlo teníamos frío, porque en el sótano no había calefacción. Luego merecía la pena sentarse en el suelo frente al fuego de la chimenea. Nos mirábamos y teníamos las pupilas brillantes y la cara enrojecida por el calor. Éramos niños.
Otra vez, mientras comíamos en casa, empezó a nevar tan terriblemente que cuando íbamos a ir a la escuela había medio metro de nieve. Mi madre llamó a la profesora, que vivía enfrente, y ésta le dijo que no habría escuela esa tarde. Aquella profesora que colgaba cartulinas con las reglas ortográficas por las paredes... cuyo marido, don Fraterno, el médico, un día murió de un infarto. Era joven. Siempre me cogía a deshoras si me pasaba algo: vivían enfrente y su mujer era mi maestra. Y me daba caramelos, sobre todo aquel día que me grapé el dedo pulgar. Es de risa, aunque en aquel momento no me reía tanto. Mi padre hablaba por teléfono mientras yo intentaba llamar su atención para decirle algo. Empecé a jugar con una grapadora de estas de mesa y no salían grapas. Sin darme cuenta puse el pulgar en el agujero de las grapas. ¡Vaya con que no grapaba! Miré a mi padre y le enseñé el dedo grapado, mientras las lágrimas empezaban a asomar en los ojos. Mi padre me llevó al médico. Y me quitaron la grapa en cuestión de segundos. Creo que me dolió más la antitetánica que el momento en que me quitaron lo del dedo. Y me dieron caramelos.
Ya más mayor, cuando estaba interna en Logroño, no pude coger el autobús que me llevaría al colegio y me tuvo que llevar mi padre. Tardamos dos horas en llegar. Aparecí una hora más tarde con la maleta en mitad de la clase de física. Ana Elías me interrogó: "¿Qué? ¿Mucha nieve?". Debía ser idiota. Si llegaba tan tarde era evidente que las carreteras no estaban en buen estado. Y recuerdo que ése fue el primer día que resolví un problema de física en la pizarra. Levanté la mano de una manera voluntaria, cosa que nunca hacía. Tras resolverlo me dijo: "¿Te has apuntado a clases particulares?". Pues sí, tuve que hacerlo, pues su ineptitud para explicar física y química la demostraba cada día. Esta señora nos ponía en grupos en sus clases a resolver problemas, sin explicar ni nada. ¿Cómo íbamos a aprender así? El profesor de clases particulares me enseñó física, química y matemáticas. Aprobé todo gracias a él. Unos años después le daría clases en el colegio a mi hermano pequeño y le preguntaría por mí.
Uno de los recuerdos más recientes es que hace un año largo me iba a Madrid y debía coger un taxi para irme a la estación. En el parque donde vivíamos, en cuesta, no podía entrar ningún coche. Y fue horrible cruzar el parque con la maleta hasta una calle sin nieve. El parque era una pista de patinaje. En Madrid también nevaba y tengo, con mi tío, fotos con el oso y el madroño, que se deducen tras la nieve. Cuando volví me traía una caja inmensa de Dunkin´ Donuts. ¿Por qué no hay en Salamanca?
Nieve... prefiero verla desde detrás del cristal.
Cuando éramos pequeños y teníamos que bajar al sótano a por leña para encender la chimenea, sólo de pensarlo teníamos frío, porque en el sótano no había calefacción. Luego merecía la pena sentarse en el suelo frente al fuego de la chimenea. Nos mirábamos y teníamos las pupilas brillantes y la cara enrojecida por el calor. Éramos niños.
Otra vez, mientras comíamos en casa, empezó a nevar tan terriblemente que cuando íbamos a ir a la escuela había medio metro de nieve. Mi madre llamó a la profesora, que vivía enfrente, y ésta le dijo que no habría escuela esa tarde. Aquella profesora que colgaba cartulinas con las reglas ortográficas por las paredes... cuyo marido, don Fraterno, el médico, un día murió de un infarto. Era joven. Siempre me cogía a deshoras si me pasaba algo: vivían enfrente y su mujer era mi maestra. Y me daba caramelos, sobre todo aquel día que me grapé el dedo pulgar. Es de risa, aunque en aquel momento no me reía tanto. Mi padre hablaba por teléfono mientras yo intentaba llamar su atención para decirle algo. Empecé a jugar con una grapadora de estas de mesa y no salían grapas. Sin darme cuenta puse el pulgar en el agujero de las grapas. ¡Vaya con que no grapaba! Miré a mi padre y le enseñé el dedo grapado, mientras las lágrimas empezaban a asomar en los ojos. Mi padre me llevó al médico. Y me quitaron la grapa en cuestión de segundos. Creo que me dolió más la antitetánica que el momento en que me quitaron lo del dedo. Y me dieron caramelos.
Ya más mayor, cuando estaba interna en Logroño, no pude coger el autobús que me llevaría al colegio y me tuvo que llevar mi padre. Tardamos dos horas en llegar. Aparecí una hora más tarde con la maleta en mitad de la clase de física. Ana Elías me interrogó: "¿Qué? ¿Mucha nieve?". Debía ser idiota. Si llegaba tan tarde era evidente que las carreteras no estaban en buen estado. Y recuerdo que ése fue el primer día que resolví un problema de física en la pizarra. Levanté la mano de una manera voluntaria, cosa que nunca hacía. Tras resolverlo me dijo: "¿Te has apuntado a clases particulares?". Pues sí, tuve que hacerlo, pues su ineptitud para explicar física y química la demostraba cada día. Esta señora nos ponía en grupos en sus clases a resolver problemas, sin explicar ni nada. ¿Cómo íbamos a aprender así? El profesor de clases particulares me enseñó física, química y matemáticas. Aprobé todo gracias a él. Unos años después le daría clases en el colegio a mi hermano pequeño y le preguntaría por mí.
Uno de los recuerdos más recientes es que hace un año largo me iba a Madrid y debía coger un taxi para irme a la estación. En el parque donde vivíamos, en cuesta, no podía entrar ningún coche. Y fue horrible cruzar el parque con la maleta hasta una calle sin nieve. El parque era una pista de patinaje. En Madrid también nevaba y tengo, con mi tío, fotos con el oso y el madroño, que se deducen tras la nieve. Cuando volví me traía una caja inmensa de Dunkin´ Donuts. ¿Por qué no hay en Salamanca?
Nieve... prefiero verla desde detrás del cristal.
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