
Todo el mundo alguna vez ha tenido (y tiene) miedos. Algunos intentarán evitarlos y cerrar los ojos ante ellos. Otros los negarán sin planteárselo siquiera. Y luego están los que se enfrentan a ese pánico inaudito. Es posible que el miedo pueda desaparecer si te enfrentas a él, aunque no siempre ocurra.
Yo no estoy segura de que desaparezca. Cuando me di cuenta del pánico que tenía a las alturas, intentaba subir a la noria una vez al año en fiestas de septiembre, pero allá arriba me daba la sensación de que nos descolgaríamos y nos precipitaríamos al vacío (ni que decir tiene que si hacía viento lo pasaba horriblemente mal, mecida por el bamboleo aquel). Por supuesto, nunca ocurrió nada malo, así como tampoco conseguí que desapareciera mi vértigo.
Cuando me di cuenta de que temía a las serpientes y a cualquier bicho que reptara, decidí tragarme documentales sobre reptiles y, sin embargo, cada vez que enfocaban una serpiente volvía la cara o me tapaba los ojos para no encontrarme con el -para mí- siniestro animal. De hecho, mis peores pesadillas fueron con serpientes: caminar sobre un suelo lleno de serpientes del que no tenía escapatoria posible.
Cuando me di cuenta del miedo que tengo al amor... decidí no darle más oportunidades pues, aunque me enfrentara a él, lo más probable es que, al pasar el tiempo, ese miedo se acrecentara. A veces temer te paraliza... y no puedes evitarlo. Sin embargo, me doy cuenta de que a quien más miedo deberíamos tener es a la mente, pues es ella la que infunde ese miedo, ocasionándonos situaciones irreales que nos hacen temer incluso más.
Entre los muchos miedos que me invaden a veces, uno de los peores es el miedo a la muerte, y no a lo que hay más allá, sino al paso de un mundo a otro. Lo pienso, intento imaginarme cómo debe ser... y es horrible, ciertamente. Sigue siendo la mente la más traicionera respecto a miedos, a veces, infundados.
Yo no estoy segura de que desaparezca. Cuando me di cuenta del pánico que tenía a las alturas, intentaba subir a la noria una vez al año en fiestas de septiembre, pero allá arriba me daba la sensación de que nos descolgaríamos y nos precipitaríamos al vacío (ni que decir tiene que si hacía viento lo pasaba horriblemente mal, mecida por el bamboleo aquel). Por supuesto, nunca ocurrió nada malo, así como tampoco conseguí que desapareciera mi vértigo.
Cuando me di cuenta de que temía a las serpientes y a cualquier bicho que reptara, decidí tragarme documentales sobre reptiles y, sin embargo, cada vez que enfocaban una serpiente volvía la cara o me tapaba los ojos para no encontrarme con el -para mí- siniestro animal. De hecho, mis peores pesadillas fueron con serpientes: caminar sobre un suelo lleno de serpientes del que no tenía escapatoria posible.
Cuando me di cuenta del miedo que tengo al amor... decidí no darle más oportunidades pues, aunque me enfrentara a él, lo más probable es que, al pasar el tiempo, ese miedo se acrecentara. A veces temer te paraliza... y no puedes evitarlo. Sin embargo, me doy cuenta de que a quien más miedo deberíamos tener es a la mente, pues es ella la que infunde ese miedo, ocasionándonos situaciones irreales que nos hacen temer incluso más.
Entre los muchos miedos que me invaden a veces, uno de los peores es el miedo a la muerte, y no a lo que hay más allá, sino al paso de un mundo a otro. Lo pienso, intento imaginarme cómo debe ser... y es horrible, ciertamente. Sigue siendo la mente la más traicionera respecto a miedos, a veces, infundados.
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