miércoles, enero 03, 2007

El regreso


La hora de volver de nuevo a aquel lugar de donde vine es quizás más cruda cuando se te presenta ante los ojos. El día que sacaba el billete no pensé ni por un momento en el día de hoy, y hoy, que ya ha llegado, me da pereza marcharme, incluso me da pena, porque no sé cuándo volveré a casa, ya que soy capaz de pasarme muchos meses seguidos sin volver.
Hasta Semana Santa queda mucho. Además cuesta mucho volver para hacer exámenes.
Mis amigas, una vez más, me han prometido que vienen de visita, aunque esta vez creo que es la definitiva, por una conversación que tuvimos I. y yo unas noches atrás. Según ella se me tiene que hacer muy duro no venir apenas nada a casa y a la vez vivir sola allí. A veces sí que necesito hablar con gente, eso es cierto, aunque todavía no me doy cabezazos contra las paredes.

Recuerdo otros regresos. No varían mucho de unos a otros, pues el trayecto y el tren suelen ser los mismos. Pero no así la gente que viaja en ellos. Uno de los más recientes es cuando en verano me tocó al lado de dos niños parisinos que no paraban de jugar. Era verano, lucía el sol.
Y hay viajes que tienen un lugar en la memoria por las circunstancias concretas. Por ejemplo, volver a Salamanca el día 7 de enero es horrible. Ese día el tren va con la gente formando un puzzle. Y cuando digo un puzzle es así como suena, la gente (casi todos estudiantes) y sus maletas se acoplan a lo largo del tren, por los pasillos, entre vagón y vagón, con sendos billetes-de-a-pie. Ya me tocó una vez ir así y desde entonces evito los agobios de este estilo. Voy antes (como hoy) o voy después. La cuestión es que ahora evito el día más multitudinario.

A mi madre no le hace gracia que me vaya antes de tiempo. Su cumpleaños es el día de Reyes y hay comida familiar, como todos los años. Incluso quiso cambiarme el billete. Es la primera vez que el día 6 no lo paso con mi familia. Otro año será.

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