jueves, marzo 04, 2010

En un rincón berlinés

Alemania me trae recuerdos magníficos. Visitar aquello representó un choque cultural impresionante, sobre todo cuando cae el tópico del alemán rígido y serio, porque realmente no es así: hay de todo como en todos los sitios. Donde más se nota la diferencia es en el norte, en Berlín o en Hamburgo, porque son quizás más cerrados. En Berlín incluso tienen su propio dialecto, que no se entiende.
Yo llegué a Berlín con lo puesto, por lo que mi viaje prometía ser una odisea en toda regla. Mi maleta había quedado en Frankfurt, impresionante aeropuerto internacional con un tráfico aéreo más impresionante aún, en un tono modernista, todo acristalado y con larguísimos pasillos cual laberinto, sobre todo si tienes que cambiar de terminal (de hecho, cuando fui a Malta me propusieron el trasbordo vía Frankfurt y dije que ni hablar, que no quería volver a perderme allí).
En el aeropuerto de Berlín me dieron un neceser con lo básico para pasar esa noche y me dijeron que mi maleta llegaría al día siguiente que, para más inri, era domingo. Y digo esto porque, desde que me levanté hasta que llegó mi maleta dos horas después, no había nada abierto, que los alemanes, aunque adoran el trabajo, los domingos también descansan.
En Reinickendorf, y con lo puesto, comencé a entrar en contacto con aquella ciudad tan tranquila, pese a ser la capital de uno de los países de más peso en el concierto europeo. A los cinco minutos escuché las campanadas de una iglesia cercana y me dije: “¿Por qué no?”. Así que, aunque aquí no entro en una iglesia a no ser que esté de visita, me encontré dentro de un templo escuchando el mensaje de Dios en alemán. ¡Gott, Gott, Gott(1)! No me considero atea, pero sí una persona no practicante. Al salir, ya tenía mi maleta y respiré aliviada. Igual me había ayudado el dios alemán al que acababa de rezar.
Hay muchos monumentos emblemáticos que llaman la atención: el Jüdisches Museum(2), la Fernsehturm(3), la Gedächtniskirche(4), y los más célebres: Brandenburger Tor(5) o Nikolaiviertel(6) o el Reichstag(7)
De todos ellos, guardo un especial cariño a la Gedächtniskirche (Gedächtnis=recuerdo; Kirche=iglesia), que son los restos de una iglesia bombardeada durante la IIª Guerra Mundial. Como su nombre indica, es un edificio para el recuerdo. Obviamente no se utiliza y está cerrada al público, como un símbolo de las desgracias que traen las guerras.
(1) Gott: Dios.
(2) Jüdisches Museum: Museo Judío
(3) Fernsehturm: Torre de la televisión
(4) Gedächtniskirche: Iglesia del Recuerdo
(5) Brandenburger Tor: Puerta de Brandeburgo
(6) Nikolaiviertel: Barrio de Nicolás
(7) Reichstag: Parlamento

Una visita inesperada

Por las mañanas es más habitual, pero por las tardes no suelo dejar la oficina para tomar un café. En cambio, hoy, al venir mi padre a verme e invitarme a un café me apetecía estar cinco minutos con él, charlando sobre cualquier cosa. Seguramente alguien habrá llamado en esos cinco minutos, aún no lo he comprobado.
Se le llama desconectar. Mi padre nunca me falla en momentos de desidia moral y, aunque no me lo diga, se lo huele.

El entorno que te lleva a recordar...

Siempre acostumbro a aparcar en el mismo sitio, aunque tenga que caminar un poco más. Cuando iba a Correos he visto algo y he sentido que algo en mi interior se resquebrajaba. Al volver seguía allí, pero he aparcado más lejos (no por evitarlo, sino porque no había más sitios libres).
Tendrá que ser así. Son muchos los elementos que me rodean que me llevan a los recuerdos, ahora quizás dolorosos. Eso es inevitable.

Saliendo de la rutina

La pasada noche fue un tanto extraña. Hice algo (o no hice nada) que se salió de la rutina. Me tumbé en la cama, dispuesta a leer, con el libro de Andrés Pascual a mi vera (por cierto, no me gusta cómo escribe; que sea riojano no significa que me tenga que gustar obligatoriamente), pero en ningún momento me propuse coger el libro. Ni siquiera me metí en la cama, sino que me tapé con una manta y me puse a observar un punto en ninguna parte.
Miraba las paredes lilas y recordé cuando, hace muchos años, colocaba postales que me enviaban de todo el mundo hasta llenar las paredes. Ahí empezó mi afición a las postales. Hasta que un día las tuve que quitar, aunque tampoco cabían más. Después de muchos años, aún soy capaz de recordar incluso en qué rincón estaban las postales de un lugar u otro. Ahora las tengo recogidas en archivadores, ya no están a la vista.
Lo que hacía entonces cuando estaba triste era fijar mi mirada en cualquier lugar recóndito, al azar, y perderme imaginariamente por allí. Ayer no podía hacer eso, pero tampoco volvería a llenar las paredes de mi habitación con recordatorios de los lugares donde he estado o con otros lugares donde nunca he estado.
No recuerdo en qué más estuve pensando. A veces sentía el calor de lágrimas silenciosas por mi rostro, a veces notaba que, al rememorar ciertos momentos de los meses pasados, conseguía sonreír. Y finalmente todo quedó supeditado a la oscuridad creciente que me llevó a un ligero sueño cargado de luces y sombras.
Una noche extraña. Siempre leo antes de dormir, pero anoche no fue así.

Pecando de perfeccionista

Siempre busco la perfección en todo lo que hago, de ahí que cuando me obceco con algo no lo dejo hasta que no alcance ese punto de perfeccionismo tal que considero oportuno (y no por eso tiene que ser el mejor), aunque soy consciente de que todo es susceptible de mejorarse.
A no ser que me entre la pereza, intento mejorar siempre en todo. Y días perezosos tenemos todos, aunque siempre intentas obligarte a hacer las cosas.
Por eso, cuando en Derecho Financiero saqué un 4 la semana pasada, me repasé los apuntes, y el segundo intento fue un 3, sin posibilidad a probar de nuevo, tuve que ponerme en contacto con la profesora para pedirle ejercicios prácticos anexos a la teoría y bibliografía con ejercicios prácticos para profundizar. Pero su respuesta me tranquiliza en parte: en mayo se centrará en la teoría, lo que me quita un peso de encima. En mi fuero interno, no puedo permitirme sacar esas calificaciones.
Cuando ayer decía que el sello de lacre me salía perfecto era porque me concentraba en lo que estaba haciendo. Quizás porque lo hacía con algo de amor, sin pensar en más.
Cuando escribo, respecto a cualquier cosa, intento pulirlo mil veces en busca de esa perfección, y nunca estoy contenta. Tampoco me fío de opiniones ajenas cuando me dicen que está bien, sólo de las críticas constructivas que sirven para mejorar.
Cuando empecé este blog intentaba buscar la belleza utópica a través de las palabras, incluso al elegir una imagen busco esa pureza que se me escapa de las manos cada día.
Pero hay algo en lo que no he dado de mí todo lo que debería haber dado. Cuando te encuentras perdida en un abanico de opiniones divergentes e intentas buscar una solución mediante otras vías, no es correcto no responder, no dar las gracias. La ingratitud no va conmigo, pero tampoco me atrevo a dar las gracias. No me siento bien por ello. Sin embargo, sé que hay cosas que no pueden llegar a ser perfectas.
Porque la perfección no siempre es perfecta, pero la perfección, además, es un concepto subjetivo. Lo que me parece perfecto a mí no tiene por qué parecérselo a quien esté a mi lado. A veces, cuando has dado todo de ti, la gente que te rodea tiende a admirar lo que has creado, pero en el fondo sabes que siempre se puede dar más.
La perfección empieza en las pequeñas cosas, en los detalles rutinarios de cada día. Para hacer algo grande siempre hay que comenzar por lo que pasaría desapercibido.
Seguiré perfeccionándome cada día, sabedora de que hay cosas que jamás alcanzarán la perfección sublime.

Despertando a la realidad

Acabo de despertar de un sueño reconfortante. Con los ojos abiertos, duele un poco. Con los ojos cerrados, era maravilloso. Por eso es un sueño, proveniente de otra dimensión, y al despertar se ha difuminado.
No sé en qué momento o en qué lugar aparecía con la cabeza apoyada en el pecho de otra persona, su mano frotaba mi espalda y me reconfortaba.
Ya que lo he contado, tendré que pensar en otra cosa. De todas formas, y no sé si se debe al sueño, me siento algo más ligera.

Ha vuelto el sol, que anima más.

A la hora de dormir

La noche te lleva por mundos inimaginarios. Entre una y otra cosa acabo de despertarme de un duermevela ligero, pues mis párpados lentamente se han ido cerrando hasta ahora.
Es curioso porque basta que no quieras pensar en algo para que esa imagen llegue y no puedas deshacerte de ella, y que además consigas una extraña tranquilidad y llegues a conciliar el sueño sin más.
Me desconcierta haberme quedado dormida de esa guisa, con una calma total. La misma imagen que me entristece también me aporta la paz necesaria para conseguir dormir sin sobresaltos.
Es hora de volver al mundo de los sueños. Me da la sensación de que hoy dormiré de un tirón.

Castillo de naipes

La noche siempre termina aprisionándote el alma.
Me he vuelto a desmoronar como si se tratara de un castillo de naipes. Lo malo es que tengo esa desazón ahí dentro y no puedo ir a dormir (aunque aún es pronto) si no encuentro algo que me haga sonreír.

miércoles, marzo 03, 2010

Con el corazón aquejado

Cuando venía a casa, me ha aparecido esa conocida molestia en la parte izquierda del pecho, que aparece sin más y se quita tal cual. Creo que es algo bastante típico en las mujeres, como si fuera del sistema nervioso y que te cuesta mucho respirar. El brazo izquierdo lo he notado un poco resentido también al mover el volante, así que he venido con el brazo derecho en el volante y con el izquierdo presionándome el pecho. Ha remitido un poco, aunque hay algo de molestia al respirar profundamente. Mañana habrá pasado.
Yo creo que mi corazón se queja por todo lo que le estoy vapuleando últimamente y ésa es la manera que tiene de decírmelo. El espíritu y el cuerpo están estrechamente unidos.

El ritual nocturno


Mi hermano me regaló un sello y lacre, entre otras cosas, hace dos años por mi cumpleaños (yo no me compraría para mí un objeto así). La verdad es que no le doy mucho uso y, cuando quise probar, me salió una cosa tan chunga que desistí. Aunque tiempo después estuve practicando sin mucho éxito. Lo cierto es que quedó relegado a un segundo plano porque hace mucho tiempo que no escribo cartas por correo ordinario y yo creo que, aunque lo hiciera, tampoco lo usaría. El caso es que ahora no me sale tan mal. Se ve la A perfecta, aunque espero no equivocarme alguna vez y ponerla al revés, que entonces saldría otra letra del abecedario. Lo que me gusta es cómo queda, pero sobre todo que, para abrir lo que está cerrado de esta forma, tengo que romper el sello. Y luego sería difícil recomponerlo. Poner el sello de lacre se ha convertido en todo un rito, cargado de mucho simbolismo.

¿Quién me iba a decir a mí que iba a terminar usándolo de esta manera?

Hora de marchar

Siempre se me hace tarde. De hecho, creo que hago lo imposible por que me den las diez de la noche (o una hora aproximada) para no ir antes a casa. Todo porque en casa es más fácil que la imaginación vuele en todas las direcciones y aquí soy más proclive a la concentración silenciosa.
No voy a esperar a las diez. Hoy le había prometido a mi madre que iría antes, pero no he cumplido mi palabra. Ahora estará preocupada.
Me pone los pelos de punta salir ahora a la calle y caminar hasta el coche. Antes tenía una ilusión que, por pequeña que fuera, me alentaba a seguir caminando. Ahora, por más que intente buscarla, tengo las manos vacías.
Sin embargo, es hora de marchar.

Momentos de desdicha

Hay momentos en que me quedo, sin quererlo ni desearlo, mirando a un punto infinito del horizonte, sin darme cuenta. Los podría contar con los dedos de la mano, incluso podría describir las sensaciones momentáneas que me he obligado a evitar.
A primera hora, en el desayuno, cuando he fijado la mirada en una página del periódico, sin leerlo. De repente, he sentido un escalofrío y lo he visto venir: o me marchaba o me desmoronaba. Estaba en la cafetería, pero en el fondo estaba a mil kilómetros de distancia.
Después de comer, cuando conducía bajo una constante llovizna, Sabina cantaba "a olvidarte otra vez en cada esquina", he sentido que los ojos se me rasgaban y me he visto obligada a apagar la música.
Esta tarde, sola en la oficina, llevo una hora larga luchando contra algo que no me apetece explicar. Cuando siento que podría desmoronarme de un momento a otro, me concentro en algo que me haga pensar, para no pensar en otras cosas.
Creo que debería irme a casa y meterme en la cama, a ver si pasa...

En rojo


He vuelto a hacerlo. Sentía la necesidad de escribir a la antigua usanza, los folios condenados al olvido, las palabras que se perderán entre las llamas del fuego, siempre con un mismo destinatario, pero a la vez sin destinatario. Quizás en esa foto, que he tenido que 'decorar' por razones obvias, sea la única vez que se vean los folios rojos tal cual. Esta noche volveré a sellarlo y lacrarlo para que nunca más vean la luz.
En el fondo me produce una tristeza infinita dejar en cada palabra escrita a mano un trozo de mi corazón, pero tiene que ser así. Tengo que deshacerme de ello, tengo que hacerlo salir de alguna forma, tengo que permitir que se pierda en el tiempo y en el olvido.

La fuerza de una mirada

Todas los miércoles me paso por la imprenta a encuadernar los apuntes semanales. Es una costumbre que tomé en la universidad, ya no sólo por el hecho de contribuir al orden que rige lo que me rodea, sino por comodidad a la hora de ojearlo.
A la ida, me he cruzado con un chico que me ha mirado de frente, fijamente, un desconocido que no ha apartado los ojos aunque yo también le he clavado la mirada, esperando que remitiera la suya. Al regresar a la oficina, él también venía de frente y ha habido otro cruce de sables. Yo quería que él apartara la mirada, pero no lo ha hecho, y yo tampoco. Tenía fuerza esa mirada.
Pero conozco una única mirada que tiene una fuerza descomunal, impresionante, mucho más potente. Hace casi un año fue la mirada de un desconocido que derrumbó en cuestión de segundos todas mis barreras. Un año después ese desconocido ya no es un desconocido, y su mirada sigue teniendo una fuerza impresionante. Yo creo que me podría perder en esos ojos negros durante días.
Ya no me impresionan otras miradas, por mucha fuerza que tengan. Me sigue impresionando esa mirada en concreto, aunque en la actualidad me siento condenada a desviar mis ojos ante la fuerza de esa mirada.

Reflejos en la lluvia

En una fracción de segundo ves todo a cámara lenta y frenas sin piedad en un suelo muy resbaladizo. ¡Benditos ABS del coche!

Cruzaba Castañares cuando un coche tipo ranchera se ha puesto a salir marcha atrás junto a la iglesia. Yo tenía preferencia, me ha hecho frenar en seco, tocar el claxon, en cinco minutos ha recibido tantos epítetos cariñosos por mi parte que le han tenido que pitar los oídos, y ha seguido saliendo como si nada, interrumpiendo el tráfico en los dos sentidos. ¡Qué mamón!
Cuando he seguido cruzando el pueblo, una imagen ha cruzado fugaz mi mente. E inmediatamente he dejado de sentirme cabreada con el de la ranchera. Ya no sentía ira, la adrenalina se ha convertido en invisible y he vuelto a sentir esa garra que lleva dos días atenazándome el estómago.
Notaba la fuerza de la lluvia golpeando incesante el cristal de la luna.
Lluvia... portadora de tristeza.

Freiburg

Centro de Freiburg
Hoy me he quedado pensativa rememorando las veces que he estado en Alemania. Si tuviera que volver lo haría a Köln (Colonia), ciudad que considero la más impactante de todas las que conocí (Berlín, Hamburg, Köln, München, Stuttgart, Baden-Baden, Villingen-Schwenningen, Offenburg, Freiburg, Konstanz...). Sin embargo, Köln es muy ajetreada, siempre hay mucha gente por sus calles, es muy cosmopolita. Yo necesito algo más tranquilo, más bohemio, como Freiburg; me gustaría volver a recorrer sus calles donde no se necesitaba medio de transporte para ir de un lado a otro... Sí, hoy me quedaría con Freiburg.

Es una pena que apenas tenga fotos de Alemania, porque allí siempre llevaba conmigo la cámara de vídeo, que me resultaba más cómodo a la hora de captar todo.

Libre, pero fugaz

Conducir me hace libre, porque todo lo que pasa por mi mente en esos momentos corre a la misma velocidad que el coche. Iba a quedarme a comer, porque he quedado en un pueblo a las 15.30h. Realmente me apetece conducir hasta casa, comer a las dos de la tarde y marchar directamente hasta ese pueblo, sin pasar por aquí.
Aprovecho a marcharme a Correos.

En otro lugar

He salido unos minutos y me parecía estar flotando, como si caminara por las calles como si fuera la primera vez, como si viera a la gente por primera vez. Esto no ha podido cambiar tanto de un día para otro, pero hay ruidos nuevos, olores nuevos, colores nuevos. O quizás sean los mismos, pero ahora están descafeinados. O quizás es que lo veo todo de diferente manera.
Realmente me gustaría estar en otro lugar en estos momentos. Aunque, en cierto modo, ya estoy en otro lugar, no físicamente, pero sí mentalmente.

Envejecer de repente

He oído que este fin de semana vuelve el frío. Sólo hay que mirar por la ventana el día que ha salido hoy. Me hubiera quedado una hora más en la cama.
No me permito pensar ni un minuto en ciertas cosas, pero a veces es inevitable. Lo que ocurre es que ahora siento un puño que me atenaza constantemente la boca del estómago. Siento como si hubiera envejecido años en las últimas horas. Me siento un poco como la letra de aquella vieja canción de Celtas Cortos: "A veces llega un momento en te haces viejo de repente, sin arrugas en la frente, pero con ganas de morir...". Me descubro con un rictus serio, como si me costara horrores sonreír, y cuando lo hago, para ocultar la mayor parte de las veces lo que me reconcome por dentro, sólo es una fachada y al levantar la primera capa me encuentro con una muñeca rota.
Es difícil mirar por la ventana cada mañana y pensar en que tienes que afrontar un nuevo día y concentrarte en aquello que no te lleve a la tristeza. Aunque la tristeza siga estando ahí...

Montparnasse

En febrero de 2005 visité París, es decir, hace tan sólo cinco años, aunque parece que hubiera pasado más de media vida. Recuerdo que, en la ciudad de la luz, me enfrenté al miedo a las alturas. Y en París hay unas cuantas. Sólo cuando estaba arriba sentía el pavor cuando miraba hacia abajo, pero ya era tarde para echarse atrás. Siempre he pensado que el vértigo es algo mental, símbolo de inseguridad. Cuando estoy en las alturas noto que todo empieza a dar vueltas y me tengo que alejar.
Si bien la Torre Eiffel tiene rejas, la terraza de la Torre Montparnasse está al aire libre. Allá arriba sólo hay una endeble barandilla formada por unos pocos hierros en horizontal sujetos por varios a modo de pilares verticales. Aquello quita la respiración. 210 metros: la panorámica te hace olvidar momentáneamente el vértigo que puedas llegar a sentir.
No recuerdo si tuve vértigo. Lo que sí me hicieron es una foto apoyada en esa barandilla, con París al fondo. Merece la pena subir, claro. Abajo se ve el minúsculo cementerio de Montparnasse, también los cruces de vías férreas que terminaban en una estación de tren (homónima, creo: la Gare Montparnasse). Las vistas son magníficas desde allá arriba.
Es la torre más alta de París y tengo un especial recuerdo de aquel ascensor que te subía hasta el restaurante del último piso (56º) como si fuera un bólido de carreras.
Me reconforta pensar en aquella situación de peligro potencial.

La Torre de Montparnasse desde el cementerio del mismo nombre (los cementerios parisinos son ciudades en miniatura dedicadas al silencio, algunos son dignos de ver)

Y necesito ir a dormir con un pensamiento algo más positivo, porque hace un rato no me he dado cuenta de que estaba llorando hasta que el perrito se ha encaramado a mi rostro con la lengua fuera. No podía ir a dormir así, porque entonces no pegaría ojo durante las dos próximas horas. Así que he pensado en un momento agradable: la fragancia de la brisa en la terraza del Montparnasse.Una panorámica desde la torre de Montparnasse

En busca de la soledad

El ser humano es el ser más solitario del planeta: nace solo y muere solo. Y entre medias, a veces nos encontramos con la soledad como aliada fiel. En estos momentos ando en busca de esa soledad, porque de repente me veo huyendo de las multitudes, hablo lo mínimo posible -a través de cualquier medio- y de repente me encuentro ensimismada en mi mundo, como si lo que hubiera alrededor no tuviera importancia.
Simplemente me apetece estar sola. Si las tardes fueran más largas, es posible que cogiera la bicicleta como antaño y me tumbara en medio del campo con un libro. Y sin un libro; simplemente estar en medio del campo, cerrar los ojos y escuchar los sonidos de la naturaleza. En esos instantes te sientes en paz.
Además soy afortunada por tener el campo a menos de un kilómetro de mi casa. Debería disfrutar más de todo eso. Tal y como está el mundo quizás termine desapareciendo. Espero no estar aquí cuando ocurra.

martes, marzo 02, 2010

En el baúl de los recuerdos

Hoy volveré a utilizar de nuevo el lacre. Creo que las últimas veces me quemaba los dedos. Hacía siglos que no escribía a mano una carta. Tendrá que ser así. Iba a decir que esa carta no tiene destinatario, pero en realidad sí tiene, sólo que hay un destino más cruel para esas palabras: el baúl de los recuerdos, la caja de los objetos condenados al olvido, guardarlo en la sombra, al alcance de nadie. No podría decir a nadie más que a una única persona lo que en esas dos intensas páginas he escrito, pero contrariamente tampoco se lo diría a esa persona. Se irán acumulando los papeles de colores, en sobres cerrados, porque hay cosas que no se pueden escribir al mundo, que no se pueden compartir. El día que considere que todo ha pasado, entonces todo se convertirá en carnaza para el fuego.
Hoy he escrito poesía, porque la poesía está escrita con la voz del alma. Me siento un poco más ligera, pero no lo suficiente.

Oh, tengo que ir a casa. Aquí no tengo lacre. Y se me ha hecho tarde.

Despedidas

La verdad es que nunca sabes lo que puede ocurrir a la vuelta de la esquina. Una vez hablé con alguien que me dijo que su novia estaba tan enfadada que, al ir a darle un beso, ella volvió la cara. Él le pidió que jamás volviera a hacerle algo así, porque si a él le pasara algo (como tener un accidente), ella llevaría esa carga y esa culpa durante el resto de su vida. Ella jamás volvió a negarle un beso, por muy enfadada que estuviera.
Esa conversación, con alguien muy cercano a mí, me hizo comprender lo efímera que es esta vida. Hoy estás y mañana puedes no estar. Es la tragedia de nuestra existencia. Desde entonces, siempre, desde los numerosos correos electrónicos que envío a diario (excepto los que pertenecen al terreno laboral), hasta la casi invisible cantidad de mensajes de móviles que a veces me da por escribir, así como en la calle, con la gente, incluso cuando hablo por teléfono u otros medios de comunicación que me haya dejado, siempre me despido con 'un beso'.
Es un pequeño detalle que, a simple vista, no parece importante. Nunca se sabe.

El alma a los pies

A medida que el día oscurece me siento un poco más desazonada que la hora anterior. Ahora acabo de leer un informe de un desconocido, un informe que debería haber solicitado a alguien que conozco. Aún podría hacerlo, pero nadie mejor que yo sabe que no lo haré. A medida que leía se me caía el alma a los pies.
Acabo de apuntar mis vacaciones. Me falta una semana que cogeré, bien en septiembre (para irme con el grupo de Bélgica si visitan algún país que yo no conozca, pues les prometí que la próxima vez no me desprendería del grupo), o bien en noviembre, donde tengo los ojos puestos en Grecia o en Holanda. Supongo que tendré que decidirlo sobre la marcha. Lo que tengo claro es que aquí no me voy a quedar, porque seguramente me dejaría caer en la oficina. Y eso no es desconectar.
Voy a bajar a la calle a ver 'la otra oficina'. Necesito despejarme porque tengo la cabeza cargadísima.

Contrastes

Haciendo un repaso al día de hoy me da la sensación de estar dejando pasar el tiempo, como si fuera la mera observadora de algo ajeno a mí. En la comida, mi padre y mi hermano se han olido algo raro en mi extraña parquedad de palabras y en la aún más extraña profusión de monosílabos empleados. Es algo poco habitual viniendo de mí. He huido para embarcarme en la misma carretera de ayer: es la misma carretera, es el mismo paisaje, es el mismo sol... pero hay una enorme distancia entre las sensaciones de ayer y las sensaciones de hoy. La magia se ha roto.

El camino de las aldeas

A medida que iba subiendo a las aldeas, observaba la carretera serpenteante, discontinua, con baches, con alquitrán mal adherido, con líneas borradas, árboles en los dos lados, curvas y más curvas, sin saber lo que iba a venir después de la siguiente curva, pisando zapatilla, cruzando aldeas dejadas de la mano de dios. Y al fondo, la mole blanca de la montaña, en su dulce contraste con las oscuras cimas menos elevadas.
A veces, la vida es como esa carretera: a veces se estrecha presionándote por dentro, otras veces tienes que surcar esos baches, que vienen a ser los obstáculos a los que nos enfrentamos, otras veces nos resbalamos porque el alquitrán está mal adherido, algunas veces el horizonte es difuso porque la línea a seguir se encuentra borrosa, siempre queriendo llegar cuanto antes a tocar ese horizonte blanco, casi tan al alcance de las manos, pero que nunca llegas a tocar. Lo cierto es que nunca sabemos qué nos vamos a encontrar detrás de la siguiente curva.

Azárrulla

Las montañas están llenas de aldeas, pequeñas casitas de piedra, lugares idílicos, casi deshabitados. He quedado dentro de una hora en una de esas aldeas pintorescas de las cercanías de Ezcaray. En parte, es una suerte tener que subir allí arriba -justamente hoy- para respirar aire fresco. Es algo que necesito realmente. Allí arriba hay naturaleza pura. Allí arriba no hay recuerdos. Allí arriba sólo hay animales de pastoreo, montañas y mucho verde.

Japón se perfila en el horizonte

Monte Fujiyama, Japón
Me iré al otro lado del mundo, allá donde surge el sol naciente. Al final, tenía decidido Japón y Japón será. Tengo que volcarme en ese viaje para olvidar lo otro. Me costará mil euros más (o más) que Argentina, pero ¿para qué quiero el dinero? Ya ahorraré cuando tenga que pagar las letras del piso, entonces ya me resignaré a Europa, si es necesario. O a España, donde me quedan aún muchos lugares por conocer.
Siento un regusto amargo. Cuando en junio esté en Japón sé que en algún momento pensaré en que podría haber estado en otro lugar radicalmente diferente. Será inevitable no pensar en ello.
Me están preparando itinerario para Japón. Ha sido lo primero que he hecho nada más llegar a la oficina.

Ayer cogí una caja y empecé a meter allí todo lo que no quiero en mi vida (porque es motivo quizás de dolor). Sé que la caja se llenará, no de la noche a la mañana, pero sí a medida que pasan los meses. Cualquier cosa que me traiga cualquier recuerdo respecto a... irá a parar a la caja. Es como un baúl de secretos que no quiero mostrar al mundo.

Despojos

A veces escuchamos esa frase que dice: "hoy, si me pinchan, no sangro". Nunca había sentido así, hasta esta mañana. Hoy tengo esa sensación: si me pincharan ahora no sangraría. Siento como si, durante el último año, dentro de mí hubiera crecido una rosa que ha ido deshojándose en las dos semanas pasadas y ayer se hubiera secado definitivamente. Algo se ha secado, porque soy incapaz de llorar. Lo que siento es un vacío indescriptible. Es el vacío de la amargura, el vacío de la desdicha, el vacío que deja el dolor. Es como si el día estuviera despojado de todo color. Siento que hago cada cosa más sencilla mecánicamente y, al momento, no recuerdo haberla hecho. Me resulta de un esfuerzo descomunal dar un paso hacia adelante.
Al mirarme en el espejo, en esos ojos veo una belleza intrínseca, una belleza diferente salida desde el interior: es la belleza de la tristeza.
Ni siquiera estoy enfadada. Es otra cosa.

Los demonios de la noche

Esta noche, enfrentada al frío que entraba por la ventana, he visto una estrella fugaz. Dicen que si ves una estrella fugaz hay que pedir un deseo que se cumplirá. Pero no me sentía con la energía suficiente para pedirlo. Y no lo he pedido. Más bien he seguido observando la noche, las constelaciones y las calles vacías.
Ahora, los demonios de la noche no permiten que concilie el sueño. Doy vueltas y más vueltas; me resulta imposible pegar ojo.

Trolls, criaturas de escasa inteligencia

Resultado de imagen de troll
En una caverna de un frondoso bosque del sur de Noruega vivían doce trolls que tenían atemorizada a toda la comarca. Eran unas criaturas espeluznantes, de tres metros de altura y una maldad infinita. Su cuerpo estaba cubierto de vello y poseían un larguísimo rabo peludo, parecido al que tienen los felinos salvajes, con el que a veces ahogaban a sus víctimas. 
Pero lo más aterrador eran sus caras, contrahechas y deformes por culpa de sus largos colmillos y su nariz desproporcionada. Estos trolls tenían tanta hambre que todas las noches salían de caza y asolaban las aldeas. Y no sólo se comían el ganado, sino que también atacaban a los hombres, las mujeres y los niños.
Hasta que un día los hombres de la comarca no pudieron resistir más esta situación y decidieron acabar con ellos. Durante varias semanas se reunieron en uno de los ayuntamientos y entonces tramaron un plan que llevaron a cabo en una noche de luna llena. Los hombres se echaron al monte y cada uno de ellos portaba una antorcha. Y allí, en el territorio de los trolls, los azuzaron y corretearon durante horas.
Como los trolls son criaturas estúpidas de muy escaso entendimiento, se dejaron provocar y persiguieron a los hombres hasta donde ellos quisieron llevarlos, más allá del río, muy lejos de su guarida. Los hombres no pretendían luchar con los trolls, sino alejarlos de su gruta lo más posible.
Sólo cuando empezó a despuntar el alba se dieron cuenta los trolls del engaño. Pero ya era demasiado tarde. Aunque todos huyeron hacia la cueva, ninguno llegó a ella con vida. En cuanto salió el sol quedaron convertidos en piedra.

Pasará...

El silencio es el principal aliado cuando quieres no pensar en algo. La rutina de escribir siempre sobre el mismo tema en los últimos meses se ha de terminar hoy mismo. Sé que es difícil, pero no imposible.
Creo que estoy algo disgustada. Quiero creer que no, pero es así. Pasará, porque tarde o temprano todo pasa. Hace un año podía vivir sin ello, ahora no sé si podré vivir sin ello; tendré que intentarlo. Es como empezar de cero.

El dardo de la palabra

El difunto Fernando Lázaro Carreter, que durante años fue director de la RAE, escribió un libro que se titulaba El dardo de la palabra. Nunca lo he leído, aunque es interesante el título. Siempre he creído en el poder que tienen las palabras, realmente son como dardos que se lanzan en todas las direcciones. A veces son dardos endulzados con miel; otras, están envenenados. Los dardos emponzoñados hacen mucho daño, porque van extendiendo su veneno lentamente. También la forma de decir las cosas tiene su relevancia.
Del dardo de esta noche me ha lacerado más el envoltorio que el contenido. El contenido me lo esperaba, no así esa falta de delicadeza, la dureza con que se había escrito. Eso ha sido algo inesperado.

La mente en blanco

¿Quién no ha tenido nunca esa sensación de querer decir muchas cosas y, a la hora de intentar plasmarlas, no conseguir decir nada? Es como si te hubieran quitado algo, como si te vieras impedida para expresar cómo es el fuego que te está quemando las manos.
En cierto modo me siento mareada, como si un torbellino de pensamientos fugaces hubieran empezado a revolotear y fuera incapaz de detener ese tormento. En parte, estoy deseando cerrar los ojos y no pensar en nada. Dormir y despertar con la mente en blanco...

Se dice que son necesarios dos años para empezar a olvidar...

lunes, marzo 01, 2010

Lo esperado

En el fondo yo sabía que Argentina era un sueño imposible. No por mí, yo hubiera ido con los ojos cerrados. Quizás algún día vaya, aunque ya no será lo mismo. No se trata de un sueño roto, sino más bien de una oportunidad perdida, aunque era de esperar.
El sueño de Argentina se lleva muchas cosas. No es únicamente el viaje en sí, sino todo lo que lleva detrás. Muchas veces, lo que está oculto es quizás lo más relevante. En esta ocasión quedará oculto porque no seré yo quien describa todo lo que ese sueño irrealizado se lleva consigo. Tampoco me apetece decirlo.
Al menos ahora sé a qué atenerme. Hace un rato he sentido que algo dentro de mí se cerraba al exterior, como si no quisiera expresarse; he sentido incluso que me faltaba el aire. Tengo ganas de llorar, pero ni una solitaria lágrima es capaz de salir al exterior. Lo oculto es a la vez tan misterioso... Siento como si una coraza invisible estuviera recubriendo todo.
Vuelvo a mi refugio. ¿Quién sabe si mañana se revestirá de otro color?

Podrán quitarme todo, lo único que jamás permitiré que me roben son las ganas de soñar.

Unicornios: animales fabulosos, símbolos de la pureza

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En un lejano país vivía un rey justo y respetado, cuya mayor fortuna era tener una hija tan dulce como hermosa. Todos los caballeros de la corte suspiraban por la princesa y los más poderosos trataban de conquistarla con regalos extravagantes, pero ella prefería pasear por los jardines del palacio a perder su tiempo con caballeros tan presuntuosos y engreídos como aquellos.
Sólo había algo que la princesa anhelaba más que nada en el mundo, y era montar sobre la grupa de un unicornio. Había escuchado hablar muchas veces de esos elegantes caballos y conocía los extraños poderes que tenía el único cuerno de su frente, llamado "alicornio", que neutralizaba los efectos del veneno y curaba las heridas y muchas enfermedades.
En cierta ocasión, un mozo de palacio la escuchó suspirar por subirse a un unicornio. Él también estaba enamorado de la princesa, pero era tan humilde que ni se atrevía a mirarla a los ojos. Desde ese momento, el mozo se afanó en buscar un unicornio para ella, pero no sabía dónde encontrarlo.
Una tarde, cuando se encontraba recogiendo madera para el rey, vio el cuerno de un animal entre las ramas de unos árboles, pero el unicornio escapó veloz antes de que pudiera atraparlo. Poco después lo escuchó de nuevo, pero el animal era mucho más rápido que él.
Agotado, miró al unicornio y le dijo que no se asustara, que sólo quería llevarlo ante la doncella más linda de palacio, para que pudiera dar un pequeño paseo sobre su grupa. Como el animal no parecía fiarse, el muchacho recogió la madera y se marchó cabizbajo.
Detrás de él sonaron los cascos de un caballo. Era el unicornio, que lo iba siguiendo.

Gente extraña

Hacía mucho que no entraba en el supermercado. Hoy le he dado la palabra a mi madre de que iría al terminar, es decir, antes de las nueve. En la puerta había unos individuos sentados, con crestas, piercings y todo tipo de abalorios colgados de sus chupas. Cuando se mueven suena a metálico. Uno de ellos estaba delante de mí en la fila para pagar; llevaba una botella de alcohol, creo que era pacharán. Intentaba que mis fosas nasales no percibieran, aunque mis ojos han observado las desastradas ropas con falta de un buen lavado. Una mezcla entre punkies y hippies. Al salir, seguían sentados, con varios perros de pelaje oscuro donde no se ven las pulgas.
Al ir al coche a dejar las bolsas, me he cruzado con una pareja, la misma traza, los mismos piercings, las mismas rastas, los mismos perros...
Me pregunto si se celebra aquí algún festival de música para que haya tantos. Esta tarde también he visto algunos más.
No tengo nada en contra de ellos. Posiblemente sean los seres más pacíficos del planeta, habitualmente no se meten con nadie (excepto si están borrachos), hacen su vida, pero... me dan un poco de miedo, rechazo quizás.
¿Cómo habrán recalado en este puerto...?

Es obvio que estoy pensando en marcharme a casa. Además, al ir al coche no he sentido la misma cercanía de esta mañana: quizás haya aparcado en otro sitio, quizás ya se haya marchado.

Arco iris

A veces, cuando hace buen tiempo, suelo ir por otra carretera, en parte para evitar las obras de la general, en parte porque me siento más en contacto con la naturaleza, aunque por ese segundo camino tardo más en llegar.
A veces te encuentras con prodigios naturales, como el arco iris de esta tarde. Apetecía seguir al frente y cruzar bajo el arco ese. He parado dos veces el coche para llevármelo de recuerdo. Es algo simplemente magnífico.

Cuando habla el corazón

Quizás la semana pasada no estuviera preparada para escribir el correo electrónico que debería haber escrito entonces. Hoy lo he escrito sin pararme a pensar. Mis palabras rezuman cariño, un cariño especial. No entiendo qué me para a veces a escribir a esa persona, si cuando me pongo a escribirle siento que habla el corazón, como si una fuerza de otra dimensión fluyera por mis brazos hasta decir lo que quiere decir. No me extraña que nunca tenga deseos de parar.
Es que habla el corazón.
Tenía ganas de decirle lo que le he dicho en ese momento y, de hecho, se lo he dicho. Es curioso que en la mayoría de emails que escribo parezca una persona fría, pero con él... es algo completamente diferente. Incluso al releerme noto cierta calidez, cierta ternura, algo que se me escapa...

Hecho.

¿Y si le llamara...?

Desde que he llegado esta tarde está rondándome por la cabeza llamarle a su oficina, aunque basta que lo hiciera para que no esté. La razón es que me apetece escucharle, me apetece perderme entre las palabras pronunciadas por esa cadenciosa voz. Tengo motivos para llamarle, con un: "Oye, ¿qué tal va mi chimenea?". Con esto no quiero decir que el motivo sea una chimenea, sino que podría preguntarle cualquier cosa. Seguramente el inicio de la conversación derivaría en algo relacionado con un: "contigo al fin del mundo", entendiéndose que el fin del mundo podría ser la Tierra del Fuego.
Sin embargo, hay algo que me impide llamarle: timidez. No soy tímida con nadie, al menos no saco esa timidez al exterior con nadie más que con él. Sólo yo sé por qué es. En cuanto me paro a pensar en lo sencillo que sería descolgar el teléfono, coger la guía telefónica desde internet para buscar un número en concreto (aunque parezca mentira, no me lo sé) y marcar, matemáticamente se me forma una bola en la boca del estómago que se extiende hasta las terminaciones nerviosas y empiezo a temblar sin poder contenerme. Supongo que la fuerza por escucharle es superior a los nervios, o al menos cuando supere el temblor sé que haré esa llamada. Quizás.

Desconectar

Venir a casa a mitad del día significa desconectar. No me gusta echarme la siesta a diario, aunque a veces, cuando me tumbo, siempre caigo en una de esas que llaman reparadoras (no más de 20 minutos). No me echo la siesta porque la ansiedad por quedarme dormida durante horas evita que pegue ojo. Aunque a veces sí que llega el sopor.
Al ir hacia el coche le he sentido tan cercano que venía a casa contenta. Eso significa que si veo algo que tenga relación con él seguramente que él estará bien.
Creo que me voy a tumbar un rato hasta la hora de marchar.

Comer en casa

Me voy a comer a casa, porque, aunque no tengo muchas ganas de conducir, le he comprado muñecos al perrito y adoro verle saltar. Es que los muerde todos y los trozos de las cabezas de goma decapitadas acaban por toda la casa. Pero me gusta verle saltar. Y sobre todo me gusta hacerle rabiar dándoselos a la gata.
En casa además puedo tumbarme un rato antes de regresar esta tarde, cosa que aquí no puedo hacer. Si estoy aquí, aunque intente desconectar, siempre termino haciendo cosas que han quedado colgadas o dejas para otro momento.

Meditando sobre la felicidad

En algún sitio he leído que el dolor es necesario porque nos conciencia de estar vivos. Quizás haya parte de razón en eso, ya que cuando somos felices apenas reparamos en el tiempo que dura por efímero. Por lo general, la felicidad sólo terminamos apreciándola cuando ya ha pasado. En mi caso particular, intento ser feliz cada día, aunque no siempre sea fácil. Quien ha conocido el dolor termina valorando la felicidad cuando esta llega.
Ser feliz es un concepto subjetivo. Hay quienes necesitan todo un mundo material para serlo, pero en el fondo de su corazón no se sienten felices; realmente se engañan adquiriendo todo tipo de caprichos para llenar el vacío. Creo que no se necesita mucho para ser feliz.
En los últimos meses yo he conocido diversos grados de felicidad. Y esa felicidad ha venido a través de dos canales: uno, donde he hecho lo imposible por mantener el alma en un estado optimista, sin permitir que se contaminara por residuos externos, por malos pensamientos, por malas influencias o por opiniones negativas; el otro ha llegado a través de una persona que me aporta, en sí misma, una felicidad que él mismo desconoce. La felicidad óptima en mi vida sería mezclar esos dos elementos, aunque con uno solo de ellos ya me siento pletórica. Es cierto que cuando esa persona ha estado presente sentía algo mucho más desbordante, solamente porque se habían cruzado esos dos caminos.
De todas formas, hay quienes siempre están buscando una felicidad que incluso llegan a descubrir como una utopía. La felicidad está en nosotros, en todo lo que nos rodea. Otra cosa es que nos conformemos con lo que nos aporta la vida o que no nos conformemos. Eso es algo que está en cada persona.
En estos momentos soy feliz, sé que podría serlo mucho más, pero también que podría no serlo.
Felicidad... es necesario valorarla de vez en cuando.

Más temprano de lo habitual

Hoy me ha costado poquísimo levantarme. La luz entraba por las rendijas de la persiana y el sol me ha animado a ponerme de pie.
Cuando venía en el coche ese mismo sol me daba de frente y me cegaba. He venido tan pronto que al encontrarme a D. en el desayuno he mirado el reloj, sorprendida. Últimamente no coincido con él. Me he sentado a una distancia de tres metros en cuanto me ha dicho que ha estado en cama todo el fin de semana. He aprovechado para decirle que es un 'pupas' y que ni se le ocurra contagiarme virus de ningún tipo. Realmente parecía que estábamos enfadados. Parece ser que, como está bajo en defensas, no le ha dado por preguntarme nada. Al menos he desayunado tranquila, con la mente lejos, donde suele estar cada mañana, en el lugar donde consigo sonreír con enorme facilidad. Allí también hay alguien más...

Conversaciones en la oscuridad

No tengo sueño.
Es lógico después de todo lo que he dormido los dos últimos días. Así que aprovecho a hacer otras cosas, aunque no me apetece nada leer leyes de ningún tipo. Lo que de verdad me apetece es ir a la cama y pensar en él, en volverle a ver, pronunciar en silencio un deseo vehemente para cruzarme con él por la calle...
Intentaré dormir. Sé que si pienso en él no tardaré en caer rendida, aunque si tengo que caer rendida me gustaría que fuera en sus brazos. Puestos a elegir...
Es hora de que me repliegue. Comenzaré con Andrés Pascual. En La Rioja todo el mundo que ha leído sus libros le considera un buen autor; fuera de estas tierras es poco (por no decir nada) conocido. Yo me formaré mi propia opinión a medida que vaya pasando páginas.
Ahora me voy a mantener una conversación imaginaria con cierta persona. Con eso me aseguro de que él será el último pensamiento de esta noche. Lo extraordinario de pensar en lo que le dirías en diferentes situaciones es que nunca llega a ser así, sino que todo en la realidad sale de diferente manera. Me gustaría hablar con él todas las noches antes de dormir, pero no imaginariamente, sino sabiendo que sólo tengo que alargar la mano para sentir su cuerpo cerca. Eso sí que estaría bien. Es que hablar con él me reconforta, y no sólo por la sensualidad y el timbre de su voz, sino más bien por su forma de pensar. Es genial.

März

Marzo, March, März, Mars, Março...

El comienzo de algunos meses siempre es bienvenido. Marzo siempre huele a almendros, a nuevos brotes, al despertar de la hibernación, a pájaros; huele a amor. Con marzo estamos más cerca de la primavera y atrás quedan los largos y helados días del más frío invierno que recuerdo.
Marzo deriva de Marte (igual que el Martes), dios romano de la guerra. Me pregunto si este dios está invitando a luchar por algo, o por alguien.
En marzo se conmemoran el Día de la Mujer (día 8), el Día del Padre (día 19) y el Día del Agua (día 22). En el terreno personal, empiezan los cumpleaños: el día 7, el día 8 y el día 20. Espero no dejarme ninguno.
Creo que marzo es un buen mes, si no fuera porque me acerca lentamente a una edad en que cumpliré un año menos, pero aún me queda por disfrutar de la actual. Es que no me gusta cumplir años, la verdad. Aunque hay una parte positiva en ello: tienes más experiencias en todos los ámbitos de la vida.
Me pregunto si este mes, al que yo veo como fuente de energía positiva porque trae algo más de sol, habrá avances en ese otro tema. O será otro mes insípido.