En medio del silencio y la oscuridad, cuando intentaba dormir, he recordado aquel día de primeros de diciembre, cuando precipitadamente tuve que quedar con él. Recuerdo qué a gusto me sentía en su compañía, como si hiciéramos aquello todos los días. Recuerdo perfectamente cómo iba vestido, cuando me dejó un pilot rojo, cuando me acerqué sigilosamente a sus apuntes sólo para ver su letra. Y luego el café solo, sus ojos, la foto de la quintada, las horas que pasaban y sin prisa. Para seguir hablando en la calle. Me vienen retazos de conversación.
Me sentí a gusto con él, como si le conociera de toda la vida. Una persona con la que podría compartir un secreto e incluso un problema. Una persona con la que compartiría todo de todo.
Y cuando recuerdo aquel día sé que no quiero perder eso, que no puedo distanciarme tanto de él, porque significa demasiado para mí (y no sólo en el terreno sentimental).
Y recuerdo con cierta nostalgia unos días después, cuando era noche cerrada y nos encontramos caminando en la misma dirección durante unos minutos. Que volvía a sentirme a gusto con él. Porque antes de ir, ya se me pasó por la cabeza que ese trayecto de madrugada podía estar lleno de incómodos silencios, pero no fue así, sino todo lo contrario.
Me pregunto cómo consigue él que todos los minutos en su compañía sean siempre tan placenteros.
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