Su voz es pura poesía. Podría danzar en las sílabas que pronuncia y bastaría eso para darme pequeñas briznas de felicidad. Lo que ocurre es que ahora esas notas parecen tan lejanas como si estuvieran en el fondo del mar o allá arriba con las estrellas.
Esta noche, pese al frío, hay un sinfín de estrellas. Es una hermosa noche, una de esas noches que me gustaría compartir con un ángel.
Cuando paseaba con el perro antes de cenar miraba al cielo y pensaba en él: en la llamada, en esa voz que hace que se me erice la piel, en su coche aparcado tan cerca del mío, en la tersura suave de su piel, en su mirada enigmática, en su silencio... Son tantas cosas.
Me pregunto si llegará un día en que ya no sienta nada por él...
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