Leo los libros de Andrés Pascual porque me vincula a él la
región que nos vio nacer, es decir, porque es paisano mío. Pero reconozco que a
sus libros les falta “algo” para estar a la altura, como si el propio autor se
esforzara por entrar en el Paseo de las Estrellas de los grandes narradores del
mundo, pero sin arriesgar. Y justamente esa carencia es lo que hace de él un
escritor mediocre.
Y esto lo digo porque el tema que toca en su cuarto libro,
el tema de la vida más allá de la muerte, ese momento final en que el
protagonista va a cruzar el umbral del otro mundo y se encuentra más que
preparado para hacerlo… Este tema debería estar tratado con más profundidad de
la que hay en el libro, que se convierte en algo somero y tocado de una manera
superficial. Desde mi punto de vista, mi ojo crítico me dice que el autor
podría haber creado un argumento mucho mejor si hubiera tratado el tema durante
más tiempo. Y aquí vuelvo a incurrir en lo que decía antes: esa carencia que
hace que finalice la novela cuando debería haber necesitado más tiempo, lo que
la convierte en algo demasiado normalito como para olvidarlo en unos días.
Recuerdo cuando me recomendaron su primer libro, El guardián
de la Flor de Loto, que me dejó con un sabor amargo (y muy similar al actual)
cuando lo terminé. También me dio la sensación de que faltaba algo, pero había
que dar un voto de confianza al autor, máxime siendo riojano y al ser ése su
primer libro.
Después llegó El compositor de tormentas. Recuerdo que me
gustó muchísimo, me encandiló tanto como para ver Madagascar como un destino
propicio para ir de viaje, y de hecho estuve mirándolo el año pasado. Recuerdo que
pensé que va mejorando.
Con El haiku de las palabras perdidas terminé encantada,
sobre todo porque era un tema que me gustaba, pero también porque tuve la
oportunidad de visitar Japón antes del tsunami y la consiguiente catástrofe
nuclear. Y esta novela superaba con creces las dos anteriores.
Se supone que El sol brilla por la noche en Cachemira iba a
ser mejor que las anteriores. Pero me ha vuelto a decepcionar. Aparte de que es
un libro que se lee de una sentada, porque es una novela breve, el tema que
toca emociona y considero que el autor se queda “a medias”. Además las dos
historias transcurren muy lentas y no se crea esa expectación necesaria (que
entonces otro gallo cantaría).
Es obvio que no me ha gustado, que me deja con una sensación
de carencia al final que me desagrada sobre manera. Y, pese a que el autor dota
a las conversaciones con una sensibilidad y delicadeza inmensas, el final me
desagrada, porque además es previsible.
David Sandman es un ejecutivo londinense que se une a los
grupos de observación de la ONU que se encuentran en la lejana región de
Cachemira. Huye de Londres torturado por un enorme drama personal. Pero ni
siquiera allí es capaz de librarse del dolor.
David ha ido a Srinagar, la capital de Cachemira, a por
suministros y cuando están de regreso al campamento una mina termina con el
camión en el que se encuentran. El conductor muere, y David despierta después
de haber visto un sol muy brillante en mitad de la noche, después de haber
visto pasar fragmentos de su vida y después de pensar que ha muerto.
Tras la luz del sol en la oscuridad se encuentra inmóvil en
una camilla de la enfermería del campamento. Una enfermera militar está
entonando Paradise de Coldplay y David cree realmente despertar en el paraíso.
Ella se llama Aurore, nombre que enlaza directamente con el nuevo amanecer de
David. Durante varias horas de una madrugada David y Aurore se funden en una
conversación existencial sobre la vida y la muerte. Él sabe que no le falta
mucho para morir y le da ánimos a ella para que aprenda a vivir de nuevo.
Mientras, la historia paralela sucede tres años antes,
cuando David vive con su hija Claudia, de 16 años. La joven tenía un serio
problema de depresión, incluso estaba aquejada por la anorexia que David
descubrió cuando era demasiado tarde. El carácter depresivo de Claudia la lleva
a tirarse a las vías del tren, lo que supone para David un trauma grandísimo
que le hace huir de Londres para intentar olvidar ese dolor.
Finalmente David se sumerge en la cálida luz del sol que
brilla en medio de la oscuridad y se reúne con su esposa y con su hija.

Srinagar, capital de la región de Cachemira (India)
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