El perro quería salir y yo tenía que comprar tabaco, así que hemos salido a la calle en el momento que más llovía.
Yo iba cubriéndome con un paraguas de kukuxumusu mientras observaba cómo el agua, implacable, resbalaba en mis botas negras.
Miraba las luces anaranjadas de las farolas reflejadas en los charcos, el perro chapoteando unos pasos por delante y en mi mente... él.
Hemos estado tan cerca esta tarde, cuando he estado a unos pasos de su coche, preguntándome en que actividad concreta estaría embarcado esta tarde lluviosa...
A veces me entristece pensar en él, en la decisión que tomé hace unas semanas de seguir caminando hacia adelante sin mirar atrás. A veces es difícil. Él sigue siendo una pieza fundamental en mi vida, aunque se va difuminando lentamente.
La lluvia siempre trae nostalgia, pero también es un símbolo de vida.
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