
Un mes de enero de hace dos años terminaba de leer El tiempo
entre costuras. Me encontré con esa sensación placentera que siempre nos deja
un buen libro, incluso mucho tiempo después de haberlo terminado. Recuerdo con
cariño aquella historia y, cuando Misión Olvido caía en mis manos, recordaba
con nostalgia el estilo fresco de la autora que tantos sentimientos de todo
tipo despierta en mí al leer capítulo tras capítulo.
Esta vez, con Misión Olvido, tampoco me ha decepcionado. Vuelve
a quedarme esa sensación agridulce que dejan las buenas novelas después de
haberlas acabado, ese deseo implícito de que nos gustaría volver a la mitad del
libro y volver a leer lo que queda, desconociendo el final. Y digo ‘agridulce’
porque sumado al placer de haber consumado una buena historia, narrada de forma
magistral, siempre queda esa tristeza porque ya ha terminado, porque
necesitamos algo más, pero el punto final ya llegó. Hasta la próxima novela,
María Dueñas.
Antes de comenzar, quiero desentrañar un poco el título,
porque si bien no conlleva ambigüedad, sí que tiene un doble significado: por
un lado, lo que a simple vista podemos intuir, es decir, una persona que ha
decidido olvidar una parte de su vida; por otro lado, el libro toca las
misiones que los religiosos españoles afincados en California levantaron allí,
y cuyos restos son, hoy en nuestros días, visibles, en lo que se denomina “El
Camino Real”. Y, por tanto, el título del libro contiene un doble significado,
y tanto en uno como en otro sentido se utilizará en las páginas de esta novela.

Misiones de California
La doctora Blanca Perea es una mujer en la plenitud de su
vida, con una carrera solvente como profesora especializada en Lingüística
Aplicada en la universidad, con un sueldo elevado, querida y admirada, pero su
vida se ha ido al traste de un día para otro cuando su marido Alberto la ha
abandonado por una abogada quince años más joven, a la que ha dejado
embarazada. Los dos hijos de Blanca se están independizando y ya comienzan a
hacer su vida. Y ella se encuentra en una situación en la que no da crédito. Y en
esa situación decide acogerse a una de las becas que otorga la universidad a
los docentes, por lo que decide marchar a la universidad de Santa Cecilia en
California. Necesita olvidarse temporalmente de su vida y del caos en que se ha
convertido. Así que aunque el trabajo ofertado en California está muy por
debajo de su currículum, decide romper con todo lo que tiene en España para
comenzar un rumbo nuevo, diferente, cambiar de aires… que en realidad será una
segunda oportunidad.
Allí conoce a su director, Don Luis Zárate, hijo de español
y chilena, que habla un perfecto español. Poco a poco, su nuevo jefe se irá
enamorando de Blanca. La tarea de Blanca en California está supeditada a
rescatar los escritos de un profesor español, ya fallecido, D. Andrés Fontana,
y una eminencia en la universidad. Su legado ocupa, desde hace treinta años, un
cuarto del depósito de la universidad y la tarea será larga. Pero mientras
Blanca se sumerge en el trabajo, entre papeles y polvo, se olvida de su vida
rota en España.
Mientras, se cruzará en su camino un carismático profesor
que ha llegado de invitado a Santa Cecilia, Daniel Carter, que habla un
perfecto español. Poco a poco Blanca irá descubriendo que Carter no sólo es un
profesor de visita, sino que además fue el pupilo predilecto de Andrés Fontana.
Blanca empieza a entusiasmarse con su trabajo desde el mismo
momento en que ve las fotos del profesor fallecido. Un hombre nacido para ser
minero y apadrinado por una millonaria que, a su muerte, dejó una cláusula en
su herencia por la que Andrés había de tener sus estudios pagados si el
muchacho decidía no ser un analfabeto en un país donde 2/3 de la población no
sabía leer. Ya en la universidad le ofrecieron una beca para ir a Estados
Unidos, pero la Guerra Civil truncó su regreso, por lo que se quedó
definitivamente en California.

Cartagena en los años 50, Paseo de la Muralla
Varias décadas después entraría en contacto con Daniel
Carter, un alumno al que pulió y en el que inculcó el español y la tradición
española. Daniel se enamoró de España y en los años 50 la visitó por primera
vez, con el fin de hacer un estudio sobre los lugares en que vivió y se
fraguaron algunas de las novelas de Ramón J. Sender, que en esos momentos vivía
en el exilio. Su tarea estaba condenada al fracaso si en la España de posguerra
y franquista se sabía qué estaba investigando el joven norteamericano.


Ramón J. Sender
Por una de las novelas del autor en el exilio, decidió ir a
Cartagena y quiso el destino que se enamorara de una joven aspirante a
farmacéutica, Aurora Carranza. Sabía que era el amor de su vida, y tuvo que
buscarse un padrino para que los padres de la joven aceptaran al que en
principio les pareció un trotamundos y un buscavidas. En esos momentos, se
encontraba en Cartagena anclada la U.S. Navy, y fue el capitán de la armada
norteamericana afincada allí el que apadrinó al joven para que fuera,
finalmente, aceptado por la obsoleta y retrógrada sociedad española de
entonces. Finalmente se casó con Aurora y volvieron juntos a Estados Unidos.
Pero Aurora fallecería trágicamente en el mismo accidente de
coche en el que falleció el viejo profesor, que se había enamorado en secreto
de la esposa de su pupilo. Daniel Carter tardó mucho tiempo en recuperarse de
semejante pérdida.
Sólo cuando escuchó la noticia de que en la zona conocida
como Los Pinitos, en Santa Cecilia, iba a construirse un centro comercial se
movilizó para patrocinar una beca con el fin de buscar entre la documentación
de Andrés Fontana algo que paralizara la obra, y la elegida fue Blanca Perea.
Blanca descubre que Daniel Carter la ha manipulado, pues
descubre que tras el legado de Andrés Fontana hay un interés urbanístico, pero
además descubre que Daniel Carter es un aclamado catedrático universitario,
venerado allá donde va, y con catorce libros escritos de su puño y letra, es
decir, un erudito en toda regla, que para más inri se lleva mal con Luis
Zárate. Ella se siente traicionada, pero terminará perdonando a Carter, ya que
se están enamorando.

Misión San Francisco Solano, Sonoma (California)
Con Carter visitará la Misión de Sonoma, y comenzará a
investigar más a fondo las misiones de California, que es lo último que estudió
Andrés Fontana, algo relacionado con una Misión Olvido que no aparece en los
mapas ni en los documentos. Finalmente descubren que las tumbas de la Misión
Olvido se encuentran en la zona de Los Pinitos, donde se quiere construir.
Es el momento final, el momento en que Blanca, después de
seis meses, tiene que volver a casa para poner en orden su vida, para perdonar
a Alberto y para iniciar un nuevo camino. Y cuando haya puesto en orden su
vida, tiene que llamar a Daniel Carter, con el que ha decidido compartirla a
partir de ahora.


La tesis de Nancy (es la misma edición que yo tengo)
Esta historia me ha recordado, al trazar el estudio de Ramón
J. Sender, otra novela que me leí en la época universitaria, La tesis de Nancy,
donde una joven norteamericana venía a España a hacer una tesis sobre nuestro
país. Justamente Daniel Carter en su juventud me ha recordado a esa Nancy, que
viene en la misma época, y que viene cautivada por nuestras tradiciones y
nuestro idioma. Con el nombre de Ramón J. Sender, autor de La tesis de Nancy,
no me cabe ninguna duda de que, en cierto modo, la autora quiere hacer una
especie de tributo no sólo al autor sino a esa novela en concreto, cuyas
influencias pueden leerse entre líneas.
Finalmente, sólo me cabe decir que es un libro que me ha
parecido exquisito, que me ha encantado, que me ha hecho pensar. Porque a veces
hay que poner un punto final para seguir caminando hacia adelante.
“La mejor historia está siempre por vivir”.
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