A veces me pregunto cómo hubiera sido si me hubiera quedado en Salamanca. Muchas veces pregunto qué estaría haciendo allí. Aquél era el ambiente perfecto para escribir, una ciudad que te atrapa, que te llena, que te absorbe. Algo muy importante de mí se quedó entre las piedras doradas de Villamayor, esas piedras que tantos estudiantes han visto pasar a lo largo de los siglos, esas piedras que susurran palabras de Unamuno en las esquinas y las leyendas urbanas que circulan entre sus calles sobre Fray Luis de León, las mismas piedras que vieron pasar a Martín Gaite enfundada en su boina o a Torrente Ballester caminando lentamente mientras iba pensativo...
Un día tomé una decisión y regresé a la tierra que me vio nacer. En días como hoy aún me sigo preguntando si hice lo correcto en venir, aunque prefiero no pensarlo, porque al pensar en Salamanca me entra una nostalgia infinita.
Unos meses después de haber llegado conocí al ángel, ese ángel que mira con tanta dulzura, que habla como un poeta y que tiene manos de pianista...
Una vez me dijo que no conocía Salamanca, y le hablé de aquella ciudad.
Una vez me dijo que no conocía Salamanca, y le hablé de aquella ciudad.
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