El día que terminé de leer Amor, curiosidad, prozac y dudas me prometí a mí misma que jamás un libro suyo volvería a caer en mis manos. Así que a pesar de tener Beatriz y los cuerpos celestes en la estantería de casa (por obra y gracia de una colección del periódico regional) ni se me ocurrió cogerlo.
Si este libro ha terminado en mis manos es porque alguien me lo ha recomendado. La Navidad pasada fue mi madre quien se lo regaló a mi hermano y éste quien me lo metió en la maleta para que me lo leyera. Me dijo que por muy pedante y estúpida que me pareciera la escritora debía darle otra oportunidad y leérmelo.
Mi impresión y tras leer las dedicatorias finales es que es una especie de autobiografía de la escritora, pues en esas páginas es donde te enteras que es madre de una niña, cuya foto expone sin ningún pudor en la portada del libro. Es cierto que a la hora de escribir siempre se dice mucho de la persona que escribe. Me atrevo a asegurar que tal y como la protagonista del libro hace, la autora escribe una carta a su hija recién nacida que termina convirtiéndose en libro.
Hay párrafos que sí que se me han quedado grabados, quizás es que son pequeñas dosis milagrosas, o simplemente identificaciones directas con esos apartados.
Debo reconocer que en principio el libro no me entusiasmaba mucho, pero he de decir que hay un momento en que esa sensación da un giro inmenso, casi al final, cuando las piezas del puzzle empiezan a encajar, quizás empiezas a mirar con otros ojos lo que tienes delante.
No voy a contar más que someramente de qué va. Eva Agulló es una escritora joven que acaba de ser madre. A su hija, a quien ha puesto de nombre Amanda, le escribe la historia de su vida, para que en un futuro sepa quién era su madre y por qué nació, porque su progenitora se dio cuenta de que nunca supo mucho de su madre, que lo poco que sabía de ella era porque terceras personas se lo habían contado, y ya no podrá preguntárselo.
Hay partes del libro que requieren una atención especial, sin duda por lo que vienen a expresar, o quizás porque en este momento tienen una significación mayor que la que podrían tener en otros instantes. Me quedo con uno del final.
Si este libro ha terminado en mis manos es porque alguien me lo ha recomendado. La Navidad pasada fue mi madre quien se lo regaló a mi hermano y éste quien me lo metió en la maleta para que me lo leyera. Me dijo que por muy pedante y estúpida que me pareciera la escritora debía darle otra oportunidad y leérmelo.
Mi impresión y tras leer las dedicatorias finales es que es una especie de autobiografía de la escritora, pues en esas páginas es donde te enteras que es madre de una niña, cuya foto expone sin ningún pudor en la portada del libro. Es cierto que a la hora de escribir siempre se dice mucho de la persona que escribe. Me atrevo a asegurar que tal y como la protagonista del libro hace, la autora escribe una carta a su hija recién nacida que termina convirtiéndose en libro.
Hay párrafos que sí que se me han quedado grabados, quizás es que son pequeñas dosis milagrosas, o simplemente identificaciones directas con esos apartados.
Debo reconocer que en principio el libro no me entusiasmaba mucho, pero he de decir que hay un momento en que esa sensación da un giro inmenso, casi al final, cuando las piezas del puzzle empiezan a encajar, quizás empiezas a mirar con otros ojos lo que tienes delante.
No voy a contar más que someramente de qué va. Eva Agulló es una escritora joven que acaba de ser madre. A su hija, a quien ha puesto de nombre Amanda, le escribe la historia de su vida, para que en un futuro sepa quién era su madre y por qué nació, porque su progenitora se dio cuenta de que nunca supo mucho de su madre, que lo poco que sabía de ella era porque terceras personas se lo habían contado, y ya no podrá preguntárselo.
Hay partes del libro que requieren una atención especial, sin duda por lo que vienen a expresar, o quizás porque en este momento tienen una significación mayor que la que podrían tener en otros instantes. Me quedo con uno del final.
"Me gustaría que comprendieras que sólo cuando una decide dejar de ser hija de alguien, hermana de alguien, mujer de alguien, sólo cuando se atreve a mencionar su nombre a solas sin tener que definirlo siempre a partir de una preposición, sólo en ese momento empieza a ser persona por sí misma."

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