miércoles, noviembre 01, 2006

Querido abuelo, querida abuela


Fui la primera de cinco nietos por vía paterna. Cuando mi abuelo vio aquella niña escurridiza se entristeció porque con aquel bebé se perdería el apellido de mis antepasados (si él supiera lo cambiado que está hoy todo). Con el paso del tiempo fueron llegando más niños, todos varones.
Lo que en un principio fue para mi abuelo una tibia decepción terminó convirtiéndose en la mayor de sus alegrías. Se desvivía por aquella niña, rodeada entre tantos chicos. Y en aquella casa pasó mucho tiempo de su infancia.

Aquella niña hoy sólo puede hacerse una idea de la imagen del pater familias de entonces. La imagen que le viene a la mente es una habitación con suero y medicinas, y en la cama su abuelo, casi en los umbrales de la muerte. La niña no quería separarse del anciano, enfermo de leucemia, y el anciano siempre pedía ver a su nieta, aquella que le nubló la sonrisa el primer día que llegó a su casa y que le dio las últimas alegrías de su vida. ¿Quién le niega ese deseo a un anciano en los últimos momentos de su vida? Ése es el recuerdo que tengo de mi abuelo.

Una tarde, a mi hermano y a mí nos llevaron al pueblo de mi madre. Allí estuvimos bañándonos en el río, al cuidado de dos vecinas jóvenes. Con 4 añitos yo intuía que algo pasaba. Era la primera vez que no tenía a ningún familiar cerca y estuve toda la tarde preguntando por mis padres. Mi hermano era muy pequeño para notar nada. Pero yo me acuerdo de ese día.
Cuando volvimos a casa faltaba alguien. Mi abuelo ya no estaba, se fue una tarde de verano... para siempre. Siempre le llevo conmigo, esté donde esté, aunque el recuerdo que tengo de él no sea el más agradable que a mí me gustaría.

Unos años después nació mi hermano pequeño. Tanto había oído hablar de mi abuelo, al que nunca llegó a conocer, que tal día como hoy, con 7 años, se acercó a su tumba y le habló. Se le presentó y estuvo mucho tiempo allí. Mi padre se acercaba a él y se le saltaron las lágrimas al escuchar la "conversación" trascendental que tenía lugar allí.

Pasaron los años. Tenía 10 y faltaban pocos días para que hiciéramos la Primera Comunión. Mi abuela Tomasa estaba postrada en la cama, en casa de mis tíos. Mi padre me preguntó si quería verla y le contesté que sí. Me dijo que no me asustara, que no reconocía a nadie (síntoma de que pronto le va a llegar la última hora). Acompañada por mi padre, él le preguntó: "¿La conoce?". Pero mi abuela no me reconoció.
Era su última tarde. Al día siguiente, al salir de la escuela al mediodía, recibimos la mala noticia. Mi abuela se había marchado también... para siempre. Al menos de ella tengo más recuerdos.

Hoy, como todos los años, vuelven a mi mente retales de sus vidas, de los momentos que compartí con ellos. Y como me es imposible ir a dejarles una flor a sus tumbas, camino en los recuerdos, en lo que fueron y en lo que significaron aquellas personas para mí.

Por eso veo como si fueran tesoros a mis abuelos maternos, intento visitarles siempre que puedo, pasar mucho tiempo con ellos, porque sé que son mayores y algún día no estarán aquí. Se me pone la piel de gallina solamente con pensar esto, pero me conciencio de ello porque la cruenta realidad es así. Espero que sigan con nosotros muchos años más.

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