viernes, noviembre 24, 2006

El colegio de monjas


Con 11 años me cambié a un colegio de monjas. No tuve más remedio pues en la escuela de mi pueblo al llegar a cierta edad tenías que ir a un centro donde continuar los estudios pues allí habías llegado al final.

Fue mi primer contacto con monjas, y quizás el más fructífero, pues había allí profesoras a las que cogí cierto cariño. Así me pasó con Felisa, que me daba Ciencias Sociales y Religión, a la que a la cara y delante de toda la clase le canté un "¡Ay qué risa, Sor Felisa!". Ya de joven me dedicaba a componer pareados para las situaciones más caóticas. Recuerdo que en ese momento hablaba de la obligación que teníamos de ir a misa todos los domingos. Y me reí.

Piedad llegó como monja nueva el mismo año que yo ingresé en el colegio. Por eso mismo, a mí y a los otros cinco que habíamos entrado en ese curso nuevos en la misma clase nos trataba especialmente bien, claramente: nos tenía pelota. Aunque yo la apreciaba mucho menos de lo que le hacía creer. Fue mi tutora ese año y en mi último curso allí (para entonces Piedad era directora del colegio, en dos años había conseguido subir al paraíso al que toda religiosa aspiraba). Me dio clases de matemáticas y ahora recuerdo en que en aquel tiempo disfrutaba con las ciencias exactas, seguramente porque Piedad nos inculcaba el amor a las matemáticas. Ojalá todos los profesores de matemáticas fueran como ella... Hoy puedo asegurar que es la mejor profesora de matemáticas que tuve nunca, teniendo en cuenta que las siguientes se limitaban a copiar ejercicios de libros, sin explicación, o con explicación para cerebritos que se sabían la lección casi mejor que la profesora. He visto cómo en mi clase, ya años después, una alumna que contaba con uno de los mejores expedientes de mi colegio, Paz, corregía a la profesora que no tenía ni idea de resolver un problema. Imagino que todo el mundo conoce a alguien así.
A Piedad la llamaban "La Rasca Rasca". Y es que no hay nada más horrible que ver a una monja restregándose con la esquina del pupitre en horas de clase. Al principio era muy espaciado, pero ese tic terminó convirtiéndose en la comidilla del colegio, hasta que le sacaron mote. En el último curso el picor continuaba y se había convertido en descarado. Para mí que en esos dos años las hemorroides le habían crecido demasiado, porque pasarse 60 minutos rascándose delante de 30 alumnos es para pensar que los bajos de la monja estaban habitados por una colonia de bichos a los que les debían molar las horas de matemáticas.
El último año Piedad se había convertido en una persona insoportable. Parece ser que el poder se le había subido a la cabeza. Nunca mejor dicho eso de que "el poder corrompe".

Mi primer año en aquel colegio fue un suplicio. Más que nada porque no conocía a casi nadie, y porque allí todos tenían su grupito, ya que casi todos los alumnos llevaban allí desde los 4 años.
Odiaba las clases de manualidades, porque la monja, cuyo nombre no recuerdo, aunque sí su mote (todas las monjas tenían un apodo cariñoso). "La Cochinillo" le venía que ni pintado por su parecido físico a un cerdo, y más que físico, era su cara. Parecía que tenía un hocico porcino, poseía la mujer unos ojos negros y pequeños y la cara redonda. La odiaba porque dividió la clase en dos sectores que ya están diferenciados incluso antes de nacer: chicos y chicas. Esta mujer pro-facha, además, hacía apología de un machismo intrínseco que se dejaba entrever en nuestra primera actividad manual, que era obligatoria tal y como ella la expuso: las chicas teníamos que hacer punto, pero no una bufanda que podría resultar cosa fácil, ¡no!, un muñeco de punto y luego se tenía que rellenar con nosequé. Los chicos mientras tanto raspaban con punzón aquellos cuadros que estaban tan de moda entonces, que debajo de las líneas grises salía plateado. ¿Por qué esa diferencia? He de apuntillar: sólo una chica terminó el muñeco de punto, y apostaría a que le ayudaron en casa, en cambio todos los chicos terminaron sus cuadros. Y también he de decir que tuve que empezar el muñeco varias veces y que cuando llegaba a mi casa era mi madre la que me cogía la labor y me hacía algo, pero claro, ella no había visto el muñeco. De nada servía lo que me adelantaba mi madre si la monja estaba empeñada en destrozarme el trabajo al día siguiente. La odiaba con toda mi alma, la odié... sólo ese año. Pues después descubrió que mis manos tenían mucha maestría en cualquier trabajo que propusiera (excepto en hacer punto). Bien, aprendí a hacer punto en condiciones hace tres años. Una amiga me enseñó, porque de repente quería hacerme una bufanda larguísima. Y me hice la bufanda.

Recuerdo a Arturo como el profesor-ogro de la gimnasia. Fue ogro en principio, pero ahí también demostré algo que no sabía que tenía hasta entonces: valentía. Tras haber pasado todos el examen del potro con algunas bajas, el último año teníamos que dar la voltereta en el plinto. Sólo los tíos lo hacían con todos los cajones. Las chicas no nos atrevíamos. Y fue su frase la que no sólo me impulsó a mí sino a todas las demás, o quizás al ser una la primera (yo) el resto siguió detrás: "O dais la voltereta en el plinto o tenéis todas un suspenso". Y allí estaba Ana adelantándose hasta ponerse la primera. Y di la voltereta, de hecho, me encantó hacerlo, ya no porque me gustara entonces dar volteretas por aquí y por allá, sino por la sonrisa de beneplácito de Arturo en aquel momento. Creo que le sorprendió mi actitud ese día en gimnasia, por lo general pasiva. Y desde entonces me miró con otros ojos. Fue mérito mío el hecho de que ninguna chica suspendiera gimnasia. Y suspender gimnasia entonces sería como suspender religión o alguna otra "maría".
Acababa de salir de un examen una tarde, y salía con antelación, además de que había sido la primera en terminar (si no recuerdo mal era de lengua y literatura). Así que me quedé en el patio esperando que algún compañero de clase saliera para charlar un rato. Y estaba enfrente del gimnasio, que tenía unos grandes ventanales con barrotes. Allí estaba Arturo con otra clase de alumnos. En medio tenía el plinto. Me reí. Y luego descubrí que eran los de 6º, la clase donde estaba mi hermano. De repente vi a Arturo en la ventana que me llamaba y me decía que entrara al gimnasio. Y entré.
Fue gracioso ver cómo Arturo hablaba en tercera persona de mí, y sobre todo les decía la manera en que había quitado el miedo al aparato que tenían delante. Como nota aparte debo aclarar que ése era el primer día que había sacado el aparato a la clase de mi hermano. Y Arturo aquella tarde me pidió, a pesar de estar en vaqueros, que les hiciera una demostración física para que comprobaran que el plinto no era nada terrible. Y así lo hice. Me aplaudieron, lo recuerdo. Miré a mi hermano que estaba anonadado, y quizás sorprendido. Y luego me contó en casa los comentarios de sus compañeros y lo orgulloso que estaba de mí. Arturo me despidió con un "Gracias". Estoy segura de que lo decía pocas veces.

Cuando llegué a aquel colegio si no te gustaba Madonna no estabas en la onda. Y a todas nos gustaba Madonna, así que teníamos las carpetas llenas de fotos de la cantante, junto a las dedicatorias infantiles que rellenaban las hojas de las carpetas. Realmente dudo que en aquel entonces nos gustara Madonna si entendiéramos lo que decía. Y creo que si las monjas controlaran el inglés (casi todas dominaban el francés, porque la sede principal franciscana estaba en Montpellier) nos prohibirían aquella publicidad de aquella "satánica" a quien el Vaticano no puede ni ver. A pesar de todo, teníamos el inglés obligatorio, de la mano de profesores laicos. Porque bien es sabido que en casi todos los colegios religiosos hay profesores casados y con hijos.
Madonna la había puesto de moda Esther. Tenía dos hermanas mayores y estaba claro de dónde salían las influencias. Y Esther pegó sus gustos musicales a toda la clase. Hoy sé que todas proclamábamos a gritos que adorábamos a la diosa musical (era nuestra diosa y por lo tanto un ejemplo a seguir), pero en secreto escuchábamos a Álex & Cristina, Marta Sánchez, Alejandro Sanz o Sergio Dalma. Claro que si no adorabas a un artista de índole internacional delante de todos estabas condenada al escarnio público. Supongo que ya entonces había censura. O aceptabas lo de la mayoría o si te manifestabas de forma diferente te exponías al rechazo de todos.

Allí hice mis tres primeras mejores amigas: Esther, Tamara y Laura, con las que sigo tratando, supongo que por lo cerca que vivimos, excepto con Tamara que, si no me equivoco mucho, vive en Londres y trabaja de peluquera, a pesar de que tiene varias asignaturas pendientes para acabar Empresariales. De las tres es con quien mejor me llevé, la que más secretos me contó y a la que más secretos conté, la que más confianza me inspiró siempre y en cuya casa pasé más tardes que en la de ninguna otra amiga futura. ¿Razón? En el momento en que mi familia y su familia se enteraron de que íbamos a la misma clase nos inculcaron a convertir nuestra amistad en duradera, como duradera era la amistad entre las dos familias.
Hoy en día me encuentro con su abuela por la calle y siempre me pregunta por todos y cómo me va, y me informa sobre la vida inglesa de Tamara. En pocas palabras: la abuela de Tamara se convirtió en la abuela que todos querían tener, para mí era como otra abuela. Pero la abuela de Tamara no era una abuela como las demás. Para Tamara sus abuelos llenaban los huecos vacíos de su vida. Mientras que los demás teníamos un padre y una madre, Tamara tenía un abuelo y una abuela con roles de padres. También tenía una madre, aunque era una palabra que sonaba lejana, como lejos estaba entonces para mí su madre. Vivía en Asturias y apenas venía a verla. Años después la conocí y era completamente diferente a Tamara.

Está claro que entonces estábamos forjando una personalidad que no termina de asentarse hasta muchos años después de terminar la adolescencia, así que todo lo que nos inculcaban lo absorbíamos por completo, como si fuéramos esponjas. Madonna me empezó a gustar de verdad años después, y todavía me gusta. Me parece una renovadora en el mundo de la música. Y aparte de que ahora entiendo sus canciones. En aquel entonces éramos incapaces de discernir entre lo que nos gustaba y lo que no, simplemente nos guiábamos por los gustos de la mayoría, quizás por miedo al rechazo. Pero llega un día que empiezas a opinar por ti misma y nadie puede imponerte sus ideas porque tienes la suficiente capacidad de diferenciar entre lo que te gusta y lo que no. Cuando eres niño y entras en un mundo donde ya todos se conocen, ya hay grupos hechos, selectos y elitistas, te tienes que amoldar de una manera u otra, con el fin de que te acepten.

Cuando llegué a Marianistas después fue una llegada diferente: allí nadie se conocía, todos éramos nuevos y es más fácil elegir. Aunque no es del todo correcto que diga que yo no conocía a nadie, pues en mi clase había un compañero que también estuvo conmigo en el colegio de monjas: Fernando. Y mientras en el colegio de monjas apenas habíamos hablado, en el colegio de curas teníamos largas conversaciones, tanto que un día, mientras estábamos en el patio con los balones de voleybol ensayando las posiciones de las manos, se puso como mi pareja y me dijo que por qué no éramos novios. Me sorprendió y me alegro de mi negativa entonces. Todavía conservo un oso de peluche que me regaló por mi cumpleaños, pero su actitud fue derivando en unas ideas demasiado negativas para él, incluso para el colegio, y allí los profesores le cogieron tirria: primero fueron sus vaqueros blancos con tirantes, luego sus botas con puntera de acero, luego las interrupciones en todas las clases de historia, sobre todo en el momento en que se hablaba de fascismos, y luego aquella frase que empezó a repetir hasta la saciedad y por lo que se ganó el rechazo de la gran mayoría, profesores y alumnos: "Mis dioses son Franco, Hitler y Mussolini". Cuando me fui nos habíamos distanciado tanto que jamás volvimos a saber el uno del otro. La razón no es otra que reprocharle sus ideas, que decirle mis opiniones en el sentido de: "Hubo una vez en que yo conocí a un Fernando mejor, el Fernando que ahora tengo delante es una persona extraña para mí. No comparto tus ideales, no puedes juzgarme por ello, como yo no puedo juzgarte por lo que pienses. Podemos hablar siempre que aparques tus creencias y no me saques ese tema." Y así empezó la ruptura de nuestra relación. Desde luego que era la persona que mejor le conocía del colegio, y por eso, ante ese cambio radical (supongo que adolescente), muchos profesores vinieron a preguntarme cómo era antes Fernando, que si me contaba cosas y tal. Yo me limitaba a callar, me entristecía ver a mi amigo así, y sólo me sacaron cosas puntuales de los tres años que habíamos pasado en el colegio de monjas, donde bien sabían ellos "apenas habíamos tenido relación". Hace siglos que no veo a Fernando. Era una persona muy inteligente, hijo de políticos, se tenía que atener a continuos cambios de residencia. Estoy segura de que habrá llegado lejos, o que llegará lejos, aunque no con la actitud casi violenta que tenía entonces en el colegio de curas.

Iba a hablar del colegio de monjas y he terminado, como siempre, en el colegio de curas. Y es que los mejores recuerdos de colegios me vienen de este último. ¿Quizás porque me llegué a convertir en líder, o porque mis gustos y creencias eran aceptados, incluso admirados? ¿O simplemente porque me llevaba bien con profesores y alumnos, con internos y externos? No lo sé, quizás es porque al estar interna la formación didáctica era más plena, en el sentido de que no sólo aprendías dentro de las aulas, sino también fuera. O simplemente porque los valores que nos enseñan a respetar en esa época de cambio, llamada adolescencia, son los que mejor se nos quedan grabados. Grabados para siempre.

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