
Nunca me han gustado los domingos. Ya de pequeña mi madre había descubierto en mí esa ansiedad que se crea en ciertos niños la víspera de ir a la escuela. De pequeña teníamos una profesora que daba miedo, tanto que antes de que empezara la semana yo me sentía catatónica y nerviosa, y no es para menos. Una profesora a la que ves con un metro de madera perseguir a unos niños de 9 años por el aula o dar con la piedra de uno de sus muchos anillos a una amiga en la cabeza... te daban pocas ganas de ir a clase. Y eso que yo era una alumna aplicada y los domingos había repasado los deberes infinidad de veces para ver si estaba todo completo. Porque como me faltara de hacer algo me entraba un temor infinito. Creo que hacía los deberes más por miedo a su anillo, la regla o sus gritos que porque realmente fuera aplicada. He de decir que aprendí mucho con aquella profesora, fue la que mejor nos enseñó a escribir, y una buena base ortográfica empieza desde que somos pequeños. Pero infundía miedo y eso no es para alabarla. Es aquella misma profesora a la que unos años después mi hermano pequeño cogió un pánico atroz, hasta que al final mi madre descubrió por qué y le tuvo que cambiar de colegio.
Después de aquellos años, cuando ya me fui al internado, odiaba los domingos en tanto que era el día que tenía que preparar la maleta para marcharme al día siguiente y no volver hasta cinco días después. Los domingos me parecían días tristes, días de repartir adioses, días de despedida. Los recuerdo como días nublados donde todo el mundo volvía a recogerse de nuevo, preparándose para empezar una nueva semana.
Y terminé odiando de verdad los domingos, más si cabe que los lunes. Cuando con el paso del tiempo volvía (y vuelvo) a casa por vacaciones mis amigas acostumbran a meterse en una cafetería a tomar café, donde pasan toda la tarde. Me cansé de esa rutina y pocas veces suelo acudir a esa cita dominical. Es que tirarse una tarde estival de domingo tirada en el sofá de una cafetería cuando apetece más ir a la piscina o tomar el aire... Dejé de ir, ahora pocas veces voy, pero no he caído en la rutina.
En Salamanca los domingos de verano acostumbré a salir a cenar fuera con Rober, en plan tranquilo y para compartir las vivencias del fin de semana. Aquí hay muchos domingueros y por eso es normal encontrarse a multitudes de gente paseando por el centro. Hoy, con el sol que hace, me apetece bajar a cualquiera de los dos parques que tengo junto a casa con un libro de alemán y ponerme a leer y/o estudiar allí mientras observo a la gente. Porque en un día como hoy, con el buen tiempo que hace, los parques estarán llenos de gente. Si tengo la garganta menos irritada que ahora es posible que lo haga. El problema es que no paro de toser y es molesto.
Siguen sin gustarme los domingos, pero ya no tengo esa irritabilidad ni el nerviosismo de antaño.
Después de aquellos años, cuando ya me fui al internado, odiaba los domingos en tanto que era el día que tenía que preparar la maleta para marcharme al día siguiente y no volver hasta cinco días después. Los domingos me parecían días tristes, días de repartir adioses, días de despedida. Los recuerdo como días nublados donde todo el mundo volvía a recogerse de nuevo, preparándose para empezar una nueva semana.
Y terminé odiando de verdad los domingos, más si cabe que los lunes. Cuando con el paso del tiempo volvía (y vuelvo) a casa por vacaciones mis amigas acostumbran a meterse en una cafetería a tomar café, donde pasan toda la tarde. Me cansé de esa rutina y pocas veces suelo acudir a esa cita dominical. Es que tirarse una tarde estival de domingo tirada en el sofá de una cafetería cuando apetece más ir a la piscina o tomar el aire... Dejé de ir, ahora pocas veces voy, pero no he caído en la rutina.
En Salamanca los domingos de verano acostumbré a salir a cenar fuera con Rober, en plan tranquilo y para compartir las vivencias del fin de semana. Aquí hay muchos domingueros y por eso es normal encontrarse a multitudes de gente paseando por el centro. Hoy, con el sol que hace, me apetece bajar a cualquiera de los dos parques que tengo junto a casa con un libro de alemán y ponerme a leer y/o estudiar allí mientras observo a la gente. Porque en un día como hoy, con el buen tiempo que hace, los parques estarán llenos de gente. Si tengo la garganta menos irritada que ahora es posible que lo haga. El problema es que no paro de toser y es molesto.
Siguen sin gustarme los domingos, pero ya no tengo esa irritabilidad ni el nerviosismo de antaño.
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