
Últimamente me refugio en la lectura como método para no pensar en nada, así que no es de extrañar que en el último mes me haya leído tantos libros. Ni siquiera llevo la cuenta. Aunque bien es verdad que escojo libros al azar y me meto de lleno en las historias que nacen y mueren en sus páginas.
Tras leerme las vivencias de El Lute recorriendo varios penales españoles, me apetecía algo tranquilo. No ha sido tanto al azar, sino que es un libro que quiero que desaparezca de mi vista, simplemente me lo leeré de corrido porque... la autora es una prepotente egocéntrica, cuya imagen, impresa en la contraportada del libro, me da ganas de abandonarlo a su suerte en cualquier banco de cualquier parte. Lucía Etxebarría tenía que ser. La cuestión es que si lo tengo aquí es porque se lo regalaron a mi hermano y me incitó a que lo leyera (aunque creo que él no se lo ha leído). Espero perderlo de vista pronto.
Y llenar la mente con las vidas de otras personas hace que te olvides momentáneamente de la tuya propia. O al menos de aquello que me causa dolor y resquemor de vez en cuando. Quizás es un buen antídoto.
Cuando era pequeña no leía nada. Nadie me incultó el amor a los libros, a pesar de que me regalaron historias como Alí Babá y los 40 ladrones, Pinocho, Un cuento para cada día, Los viajes de Gulliver, La vuelta al mundo en 80 días y un sinfín más, que se acumulaban y se llenaban de polvo en la estantería. Intentaban que me leyera aquellos libros infantiles, llenos de dibujos, que por otro lado es lo único que me llamaba la atención de aquellos volúmenes.
Las monjas daban un premio a quien leyera más libros de la biblioteca y en clase de Lengua debíamos hacer un resumen de los mismos. Siempre me paseaba por las estanterías plagadas de libros del Barco de Vapor y esas editoriales de entonces y siempre elegía uno al azar. Nunca me llegué a leer entero ninguno de aquellos libros, aunque era de las alumnas que más libros solían coger de la biblioteca. Los resúmenes los copiaba de los mismos libros, aunque cambiando algunas palabras.
Así llegué a la pubertad: sin leer un libro completo. Pero ahí pegué un cambio radical. Los curas nos dejaban ir a la biblioteca antes de entrar a las horas de estudio. Allí estaban aquellos libros juveniles, toda la colección completa de Gran Angular. Al principio cogía libros sin ton ni son, sin ni siquiera fijarme en los títulos ni leerme el resumen que te contaba de qué iba cada libro. Pero llegó uno a mis manos. No recuerdo el título (eran títulos muy simples), aunque sí el autor: Alfredo Gómez Cerdá. Aquellos libros tocaban los temas de la adolescencia y era fácil que despertara mi interés y curiosidad por lo que en ellos se decía. Aquel libro trataba de un joven al que habían enviado al hospital por un asunto de drogas, para que se desintoxicara, y allí conocía a una chica, anoréxica, a la que ayuda a salir adelante y, evidentemente, se enamoran. Me gustó tanto que empecé a leerme todos los libros que cogía. Comencé por los ejemplares del mismo autor y continué por el resto de la colección. Siempre había alguno que no había leído.
Al año siguiente ya me estaba leyendo a los clásicos, siempre por mi cuenta, aparte de los que nos mandaban leer en clase de Literatura; yo siempre tenía en mis manos alguno de cosecha propia: Los renglones torcidos de Dios, Ceguera Asesina, El nombre de la rosa, Historias del Kronen... Había pasado la línea: leía cualquier cosa que cayera en mis manos. En aquella época me hice socia del Círculo de Lectores, con la firma obligatoria de mis padres, pues era menor de edad. Es decir, siempre tenía tres líneas de lectura: los obligatorios de clase, uno de la biblioteca del colegio y un tercero traído de casa.
Lo más sorprendente es llegar después de una Navidad y empezar el profesor de Literatura a preguntar los libros que nos habíamos leído. Por supuesto yo ganaba en número y en calidad. Recuerdo que eran cinco: Cañas y Barro y La Barraca de Blasco Ibáñez, Cumbres Borrascosas de Emily Brönte, y del resto no me acuerdo, aunque seguro que sería lectura juvenil. De esos tres me acuerdo porque vi la cara de Fernando cuando le dije todos los títulos. Empezó a preguntarme sobre esos tres en concreto, supongo que tanteándome a ver si me los había leído, y pronto comprobó que sí.
Con Fernando enseguida se estrecharon los lazos pues siempre le pedía consejo sobre qué leer y él encantado de recomendarme libros, aunque por lo general, casi siempre eran clásicos.
Y hasta hoy. Leo igual que respiro, siempre necesito un libro a mi lado, vaya donde vaya, tengo la costumbre de leer antes de dormir, y además cualquier cosa. De mi preferencia son las novelas históricas, aunque no importa que caiga cualquier otro volumen en mis manos.
También leo libros en alemán, que, por otro lado, me conviene hacerlo.
Tras leerme las vivencias de El Lute recorriendo varios penales españoles, me apetecía algo tranquilo. No ha sido tanto al azar, sino que es un libro que quiero que desaparezca de mi vista, simplemente me lo leeré de corrido porque... la autora es una prepotente egocéntrica, cuya imagen, impresa en la contraportada del libro, me da ganas de abandonarlo a su suerte en cualquier banco de cualquier parte. Lucía Etxebarría tenía que ser. La cuestión es que si lo tengo aquí es porque se lo regalaron a mi hermano y me incitó a que lo leyera (aunque creo que él no se lo ha leído). Espero perderlo de vista pronto.
Y llenar la mente con las vidas de otras personas hace que te olvides momentáneamente de la tuya propia. O al menos de aquello que me causa dolor y resquemor de vez en cuando. Quizás es un buen antídoto.
Cuando era pequeña no leía nada. Nadie me incultó el amor a los libros, a pesar de que me regalaron historias como Alí Babá y los 40 ladrones, Pinocho, Un cuento para cada día, Los viajes de Gulliver, La vuelta al mundo en 80 días y un sinfín más, que se acumulaban y se llenaban de polvo en la estantería. Intentaban que me leyera aquellos libros infantiles, llenos de dibujos, que por otro lado es lo único que me llamaba la atención de aquellos volúmenes.
Las monjas daban un premio a quien leyera más libros de la biblioteca y en clase de Lengua debíamos hacer un resumen de los mismos. Siempre me paseaba por las estanterías plagadas de libros del Barco de Vapor y esas editoriales de entonces y siempre elegía uno al azar. Nunca me llegué a leer entero ninguno de aquellos libros, aunque era de las alumnas que más libros solían coger de la biblioteca. Los resúmenes los copiaba de los mismos libros, aunque cambiando algunas palabras.
Así llegué a la pubertad: sin leer un libro completo. Pero ahí pegué un cambio radical. Los curas nos dejaban ir a la biblioteca antes de entrar a las horas de estudio. Allí estaban aquellos libros juveniles, toda la colección completa de Gran Angular. Al principio cogía libros sin ton ni son, sin ni siquiera fijarme en los títulos ni leerme el resumen que te contaba de qué iba cada libro. Pero llegó uno a mis manos. No recuerdo el título (eran títulos muy simples), aunque sí el autor: Alfredo Gómez Cerdá. Aquellos libros tocaban los temas de la adolescencia y era fácil que despertara mi interés y curiosidad por lo que en ellos se decía. Aquel libro trataba de un joven al que habían enviado al hospital por un asunto de drogas, para que se desintoxicara, y allí conocía a una chica, anoréxica, a la que ayuda a salir adelante y, evidentemente, se enamoran. Me gustó tanto que empecé a leerme todos los libros que cogía. Comencé por los ejemplares del mismo autor y continué por el resto de la colección. Siempre había alguno que no había leído.
Al año siguiente ya me estaba leyendo a los clásicos, siempre por mi cuenta, aparte de los que nos mandaban leer en clase de Literatura; yo siempre tenía en mis manos alguno de cosecha propia: Los renglones torcidos de Dios, Ceguera Asesina, El nombre de la rosa, Historias del Kronen... Había pasado la línea: leía cualquier cosa que cayera en mis manos. En aquella época me hice socia del Círculo de Lectores, con la firma obligatoria de mis padres, pues era menor de edad. Es decir, siempre tenía tres líneas de lectura: los obligatorios de clase, uno de la biblioteca del colegio y un tercero traído de casa.
Lo más sorprendente es llegar después de una Navidad y empezar el profesor de Literatura a preguntar los libros que nos habíamos leído. Por supuesto yo ganaba en número y en calidad. Recuerdo que eran cinco: Cañas y Barro y La Barraca de Blasco Ibáñez, Cumbres Borrascosas de Emily Brönte, y del resto no me acuerdo, aunque seguro que sería lectura juvenil. De esos tres me acuerdo porque vi la cara de Fernando cuando le dije todos los títulos. Empezó a preguntarme sobre esos tres en concreto, supongo que tanteándome a ver si me los había leído, y pronto comprobó que sí.
Con Fernando enseguida se estrecharon los lazos pues siempre le pedía consejo sobre qué leer y él encantado de recomendarme libros, aunque por lo general, casi siempre eran clásicos.
Y hasta hoy. Leo igual que respiro, siempre necesito un libro a mi lado, vaya donde vaya, tengo la costumbre de leer antes de dormir, y además cualquier cosa. De mi preferencia son las novelas históricas, aunque no importa que caiga cualquier otro volumen en mis manos.
También leo libros en alemán, que, por otro lado, me conviene hacerlo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario