Cuando éramos pequeños adorábamos ir a la casa de mis abuelos. Era, como hoy en día es mi casa para mis sobrinas, como visitar una cueva llena de tesoros. Mis tíos tenían en su dormitorio una cometa con forma de dragón que ocupaba una de las paredes y que mi hermano y yo no nos cansábamos de mirar y admirar. De hecho, no nos cansábamos de tocar todo lo que tenían mis tíos. Había un cajón que tenía un sombrero de pirata, libros de texto antiguos (y muy pesados), manualidades varias, flautas y una guitarra, tebeos variados y un sinfín de cachivaches que hacían que nos olvidáramos del domingo.
Cuando fuimos creciendo llevábamos a veces algunos deberes, porque mis tíos tenían una sala de estudio con una mesa gigante. Recuerdo que he hecho muchas veces deberes de matemáticas sobre esa mesa, ya que siempre eran las tareas que más me costaba y que iba dejando hasta el final.
También en la casa de mis abuelos empecé a hojear cómics primero, a escuchar a Pink Floyd (uno de mis tíos tenía toda la discografía) y a mirar la colección de novelas de mis tíos, novelas que por aquel entonces no me llamaban la atención, ya que en la EGB yo no leía más que los libros que nos "obligaban" en clase.
En casa de mis abuelos también se encontraba Rosaura, aquella muñeca que me regalaron con cuatro años y que me asustó tanto que se la tuvieron que llevar. Rosaura era una muñeca gigante que cantaba. Nunca me la llevé y un buen día desapareció, así que supongo que mi abuela se la daría a alguien o se la terminarían quedando mis primas.
No sé por qué de repente me acuerdo de aquellos momentos. Las casas de los abuelos son gigantes. Ésta me gustaba porque había siempre gente.
En la casa de mis abuelos maternos era otro cantar. Yo me he perdido en el altillo entre baúles llenos de polvo, descubriendo tesoros -y cuando hablo de tesoros me refiero a objetos tan anticuados que tenía que preguntar para qué servían-, pero cuando esa casa se llenó de fantasmas, dejamos de buscar rincones secretos, y preferíamos ir a la casa de los otros abuelos, más moderna.
Generalmente suelo hacer esos intentos de recordar cómo era antes, muchas veces sin éxito. Aquí en mi calle recuerdo que durante años estuvo el cartel de la antigua discoteca Pinocchio, un lugar que yo no conocí más que por las conversaciones de mis padres y de otros matrimonios de su edad, porque era allí donde iban a bailar cuando eran jóvenes. Tiempo después se levantó un edificio nuevo y el antiguo cartel de la discoteca desapareció.
Con las casas de mis abuelos suelo recordar con mucha nitidez cómo era antes y veo cómo es ahora. Una de esas casas, por el hecho de que durante años no ha vivido nadie, se ha aplanado. La otra ha sufrido una progresión modernizadora y es propiedad de uno de mis hermanos. Es luminosa, nada que ver con la cantidad de sombras que había cuando era pequeña. Aunque a veces voy por el pasillo y les digo a mis sobrinas que hay fantasmas. Entonces echan a correr y ya no quieren ir solas.
De todas formas, las casas de los pueblos son gigantes y tienen muchos rincones por descubrir. No me extraña que adoráramos visitar a los abuelos cuando éramos pequeños.
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