Pozo de los deseos en el Huerto de Calisto y Melibea, Salamanca
Esta mañana me han hablado de Salamanca. Y no muy bien. Me han dicho que es una ciudad en la que es difícil vivir, y en parte la persona que me lo ha dicho tiene razón.
Desde que me fui no he vuelto, pero siempre la llevo en mi recuerdo, y es un buen recuerdo. Pero siempre fui consciente de que era una ciudad de paso.
A veces recuerdo lo mucho que me costaba cambiar los paisajes verdes y montañosos por la llanura seca de la meseta. Miraba por la ventanilla del tren y sentía una especie de melancolía, y entonces comprendía lo mucho que me costaba alejarme de mi tierra. Al regresar era otra historia, porque algo dentro de mí me llenaba de alegría.
Muchas veces he pensado en volver y creo que no lo hago ni como turista, porque prefiero quedarme con los buenos recuerdos de esa ciudad. Al fin y al cabo conozco sus universidades, sus museos, su casco viejo, sus estatuas y cantidad de chascarrillos.
No lo echo de menos. Al final adoro estar en mi tierra y Salamanca siempre la recordaré como una ciudad de paso.
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