Septiembre es un mes que adoro. Es un mes con el que llega la tranquilidad tras los dos meses previos. Para algunos, llega el bajón posvacacional. Para mí, llega una semana de vacaciones en unos días. Vacaciones deseadas y merecidas, en que podré ponerme al día con lecturas e incluso revisaré los certámenes literarios a ver si tengo tiempo a presentarme a alguno.
Con septiembre también llegan las fiestas de San Mateo, aunque los últimos años sólo las vivo de día y me niego a salir con el mogollón de la noche logroñesa en esos días.
Con respecto al mes que acabamos de dejar atrás, apenas he leído nada. La novela que comencé la última semana de julio sigue en mi mesilla, aunque la he retomado nuevamente y me tiene enganchada. No he leído porque no he sido capaz de sentarme con un libro y leer. Incluso en los momentos previos a dormir, que nunca apago la luz directamente, he sido capaz de coger el libro, pues llegaba demasiado agotada para leer siquiera un párrafo. Ahora, cuando miro atrás, me parece increíble que en todo un mes no haya leído una sola novela. Si no lo veo, no lo creo.
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