
Siempre he aparentado menos edad de la que realmente tengo. Y
sigue ocurriendo. Ahora que tengo 39 me siguen echando cuatro o cinco menos,
aunque suelo sacar del error a la gente. Cuando estaba en la Universidad decía
que sí a la edad que me echaran, siendo cuatro o cinco menos, sin sacar a nadie
del error. Cuando estudiaba en Marianistas y nos íbamos a la Calle Laurel
siempre me pedían el carnet, aunque ya tenía la edad mínima.
En esto pensaba mientras me estaba alisando el pelo, que
siempre ando arrancándome canas. No es que tenga muchas, pero me las quito. Cuando
tenga un buen puñado que no pueda arrancarme de uno en uno me teñiré el pelo de
negro. Aunque pienso en mi abuela y quizás, si soy afortunada como ella, a su
edad tenga el pelo más negro que blanco. De todas formas, no será la primera
vez que me teñiría de negro. Una vez ya lo hice y en aquella peluquería de
Salamanca adonde iba por primera vez me preguntaron varias veces si estaba
segura de lo que quería. Teniendo el pelo casi negro tampoco es que me fuera la
vida en ello. Vamos, que no iba a teñirme de rosa o verde, es que la diferencia
de tono con el mío real se llevaba bien poco y no iba a cambiar de opinión.
Cada vez que me toco el pelo siento que he envejecido un
poco más después de la última vez, porque cada vez me arranco más canas. Hace
unos años me daba pavor envejecer. Es ley de vida, así que no podemos hacer
nada para remediarlo. En realidad, ni me gustaría volver a tener 20 años ni
pienso qué haré cuando tenga 50. He aprendido a vivir en el presente, eso sí,
lo más intensamente que puedo. Y no me va tan mal, porque en cualquier
actividad que hago pongo los cinco sentidos.
Esta tarde he estado un rato planchando, actividad habitual
de fin de semana, y pensaba que en realidad somos afortunados por lo que
tenemos. No me falta ningún miembro ni órgano, lo que no pueden decir otras
personas. Cuando estaba en BUP había en mi clase una chica ciega. En el aula se
oía la máquina de Braille tecleando mientras cogía apuntes. Intentaba hacer
vida normal. “Veía” la tele, “leía” libros, jugaba en el ordenador. Y quizás
ahora, con toda la tecnología actual, seguramente hay aplicaciones que te lo
traducen todo en voz alta. Pero entonces ni siquiera existía internet, eran los
primeros años de la década de los 90. En realidad, hacía vida normal. Llegó a
salir, años después, en un programa de televisión porque no la permitían
estudiar la carrera de Medicina, ya que el límite de la visión impedía que
pudiera reconocer enfermos. Sin embargo, tenía el resto de sentidos mucho más
desarrollados que los demás.
Con esto quiero decir que, al final, los límites los ponemos
nosotros mismos. Incluso el sentimiento de que vamos envejeciendo poco a poco
puede entristecernos o puede que nos conformemos con seguir viviendo. Depende
de cada uno de nosotros.
Tengo 39 años. A veces me siento con un espíritu más joven y
parece que tengo 29, y otras veces parece que se me han echado varios años
encima y entonces me da la sensación de que tengo 59. Está en cada uno de
nosotros. Qué más da una cana más o una cana menos...
2 comentarios:
¡Pues claro que sí! Bonita y emocionante reflexión sobre el paso del tiempo y su reflejo en el cuerpo y en el alma. Enhorabuena. Un saludo
Gracias. Supongo que ayer estaba inspirada. Hay mucha gente que odia envejecer y se quita años. Ayer tuve una de esas conversaciones que te invitan a reflexionar y terminé plasmándolo aquí.
Saludos!!
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