domingo, septiembre 25, 2016

Decisiones forzadas

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A veces es necesario tomar decisiones. Y cuando se toman esas decisiones debemos estar seguros de las opciones, de que lo que decidamos es lo correcto. Hoy tengo que tomar una decisión y sé que esa decisión puede ser muy drástica, porque en mi escala de colores va del blanco al negro, pero no hay escala de grises. No es que sea una persona radical, es que no tengo término medio. Intento que exista ese punto intermedio, pero no me sale.
Sé que si tomo la decisión me va a costar mucho cumplirla. De hecho, tampoco tiene que ser tan complicado, sólo tendría que retrotraerme a los últimos días de junio o los primeros de julio, cuando me encontraba en una época de relativa calma.
Soy consciente de lo mucho que estoy demorando tomar una decisión que ya debería haber tomado hace días.
Y en esta ocasión es bueno recordar aquel viejo cuento oriental: El jarrón y la rosa amarilla.

Cierto día en un monasterio budista, se encontraron con la muerte de uno de sus guardianes y fue preciso encontrar un substituto. El Gran Maestro convocó a todos los discípulos para determinar quién sería el nuevo centinela. El Maestro, con mucha tranquilidad y calma, dijo: "Asumirá el puesto el primer monje que resuelva el problema que voy a presentar". 
Entonces colocó una magnífica mesita en el centro de la enorme sala en que estaban reunidos y encima de ésta colocó un jarrón de porcelana muy raro con una rosa amarilla de extraordinaria belleza en él y dijo así: "¡Aquí está el problema!" 
Todos quedaron asombrados mirando aquella escena: un jarrón de extremo valor y belleza, con una maravillosa flor en el centro. 
¿Qué representaría? ¿qué hacer? ¿cuál es el enigma? 
En ese instante, uno de los discípulos sacó una espada, miró al Gran Maestro y a todos sus compañeros, se dirigió al centro de la sala y ...¡¡ZAS!!... destruyó todo de un solo golpe. Tan pronto el discípulo retornó a su lugar, el Gran Maestro dijo: "Usted será el nuevo guardián del castillo".
Esta historia tiene una gran moraleja. No importa cuál sea el problema, ni que sea algo muy bello. Si hay un problema es necesario que sea eliminado, que termine, es preciso ponerle fin. Un problema es un problema, no importa que se trate de una mujer sensacional o de un hombre maravilloso o de un gran amor que se acabó. Por más bello que sea o haya sido, si no tiene más sentido en nuestra vida, ha de ser suprimido porque corremos el riesgo de permanecer con él el resto de nuestra vida.
Muchas personas cargan en la vida entera el peso de cosas que fueron importantes en el pasado y que hoy solamente ocupan un espacio inútil en sus corazones y en sus mentes, espacio que es indispensable para recrear la vida, sobre todo si el problema es algún sentimiento de rencor o de reproche, que aunque en algún momento de nuestra vida nos haya hecho mucho daño, sólo forma parte de un pasado.
Existe un proverbio chino que dice: "Para poder beber vino es necesario primero tirar el té". Limpia tu vida, comienza por los muebles hasta llegar a eso que ya no tiene más sentido y que está ocupando espacio y que muchas veces, lejos de ayudarte, te hiere y te impide tomar un curso diferente en tu vida. El pasado sirve como lección, como experiencia, como referencia. El pasado sirve para ser recordado y no para ser revivido. Usa las experiencias del pasado en el presente para construir tu futuro.

En realidad, la decisión que me atañe no se refiere a un problema. No es un problema, pero sí que es algo que me apesadumbra, que me inquieta, que me desasosiega. La decisión es quitar del medio 'eso' que me está causando últimamente tanto estupor, tanta pesadumbre, tanta inquietud y tantas dudas.

Y es que a medida que van pasando los días te das cuenta de que lo más importante de tu vida eres tú misma. Y mi amor propio en estos momentos es el que más pesa en la balanza.

2 comentarios:

Dyhego dijo...

Espero y deseo que tu decisión sea la correcta.

K dijo...

Yo también lo espero así :)