En el principio de los tiempos, un grupo de ángeles se rebelaron contra el poder de Dios. Comandados por un serafín llamado Satanás, se negaron a reconocer al hombre que Dios había creado y por este motivo fueron expulsados de la gloria en la que vivían. Como ellos estaban formados de fuego, Satanás y otros muchos no quisieron someterse a quienes habían sido creados de la tierra. Éste fue el primer acto de soberbia que conoció el mundo; la soberbia los perdió y la soberbia despertó en ellos tal odio por los hombres que juraron vengarse de ellos hasta que llegara el fin del mundo. Desde aquel día, esos ángeles están malditos y sufren condena. Poco a poco, su naturaleza celestial se fue degradando y el mal se apoderó de ellos hasta que quedaron convertidos en demonios de aspecto monstruoso, pero de enorme poder.
Cuando la raza de Adán y Eva comenzó a multiplicarse, los demonios vieron que las mujeres de los hombres eran hermosas y entonces quisieron yacer con ellas para así multiplicar también su estirpe sobre la faz de la tierra. De las uniones que mantuvieron los demonios con algunas mujeres nacieron los diablos, seres de aspecto humano pero de naturaleza demoníaca, siervos de Satanás cuyo único propósito es el de sembrar la discordia.
Los diablos conviven con los hombres, y son los culpables de muchos de los males que éstos padecen. No resulta fácil desenmascararlos, pero algunas personas piadosas sí que han podido ver su monstruoso aspecto, su rabo y sus pezuñas de animal y su mirada amenazante.
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