
Acabo de hacer algo que llevo deseando realizar desde que se me ha ocurrido la idea. Me pregunto si contestará o si no lo hará. ¿Por qué quiero ir? ¿Por qué ese magnetismo? Realmente la excusa va a ser darle dos besos de despedida, pero el trasfondo es otro: regalarme unos minutos compartidos con él para llevármelos en la memoria.
No sé si al final iré, porque quizás me eche para atrás, o porque quizás me diga que mejor no vaya. Pero el mensaje está enviado. Sería incapaz de presentarme allí de improviso, eso sí que no.
Y ahora siento un nudo en el estómago, algo que empieza a golpearme, no porque me arrepienta de haberle escrito ese mensaje, sino ante la perspectiva de ir a verle.
¿No podía haberlo dejado estar, sin más? ¿No podría haber aguantado 48 horas? Visto lo visto, la respuesta es no. Cuanto más vueltas le daba a esa idea de ir a verle, más factible me iba pareciendo a medida que pasaban los minutos. Menos mal que le he puesto un "quizás" por si al final no fuera.
Pero sé que ya escrito el mensaje, avisado él, y pese a los nervios sé que la fuerza que me impulsa hacia él, a encaminarme en su dirección es, en estos momentos, la que más pesa.
Sólo por llevarme su mirada fresca en la memoria...
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