Cierro los ojos y me regodeo con el cosquilleo de hacer una llamada que no puedo posponer. Esta mañana me he planteado hacer la llamada, pero necesitaba algunas aclaraciones. Entiendo por qué me cuesta tanto llamarle, que después me deja con una sensación de irrealidad.
Escuchar esa voz que tanto me reconfortó en el pasado y aún me agrada escuchar. Yo era la tormenta y él me traía la calma. Yo era el nervio y él, la tranquilidad.
Y esta tarde ha sido él quien se ha puesto en contacto conmigo.
¿Qué queda de entonces? A veces me pregunto si aún sigo enamorada de él, pero sé que no. Algo en mí se rompió. Y fui incapaz de recomponer los fragmentos. Hoy por hoy le aprecio mucho, le quiero como se quiere a los viejos amigos. Pero, de alguna forma, me siento intimidada e incluso desasosegada...
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