
Ayer llegué a casa tan agotada que no me dio tiempo a pensar
en un momento de la mañana que me mantiene con una duda que se diluirá a medida
que vayan pasando las horas.
La duda está en lo que vemos y en lo que creemos haber
visto. Ayer caminaba con mis niñas por una calle y, de repente, vi un coche,
pero no me fijé bien, porque cuando estoy con mis sobrinas suelo centrarme
totalmente en ellas. Un rato después pensé en si es posible que hubiera visto a
alguien o no. No me fijé.
Lo cierto es que bien podía haberlo preguntado hoy. Pero resolver
esta duda tampoco va a arreglar el mundo. Como cualquier instante cargado de
fugacidad se diluirá en el tiempo.
Tantas veces creemos ver algo y resulta ser que no hemos
visto lo que creíamos haber visto…
Después lo pensé. Por la noche era incapaz de pensar en nada
más que en dormir.
Y hoy, de repente, he vuelto a pensar en ese instante, demasiado fugaz para retenerlo en la memoria. Si
hubiera ido sola seguramente no tendría dudas, porque cuando voy sola ‘chequeo’
todo lo que me rodea, pero en ese caso mi atención estaba en las dos personitas
que me acompañaban. Íbamos al teatro.
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