martes, marzo 13, 2018

Cuando se compromete

Hoy he subido una foto de la portada de Fariña en Instagram. Al cabo de un rato tenía algunos mensajes privados preguntándome si de verdad lo tengo y si lo puedo prestar.
Me pongo negra y de todos los colores cuando me piden libros. Nunca presto libros -salvo en contadas ocasiones y porque me apetece a mí, sin que me los pidan-.
No me refiero a familiares. A mi madre, hermano y cuñada les presto habitualmente libros.
Conozco a muchos lectores y pocos son los que prestan libros. Muy pocos. Creo que casi todos los que leemos mucho hemos perdido alguna vez algún libro prestado. Y llega un día en que no prestas. Tampoco pides.
Porque hay una cosa que me cuesta más que prestar libros y es la de pedirlos prestados. Tengo un libro de un amigo, Assur, que me lo prestó sin yo pedírselo. Lo tendré que leer y devolvérselo. O devolvérselo y comprarlo después. Generalmente cuando me han prestado libros, los he devuelto sin abrirlos y me los he leído después. Con esta novela no puedo hacerlo porque mi amigo me preguntará.
No es afán material de poseer libros sino una especie de apego que va más en la línea de que el lector crea un vínculo con ese libro, tanto que cuesta separarse de él.
En el fondo me da igual que me pidan libros. Al principio daba largas. Ahora ya no, ahora directamente digo que no presto a nadie y zanjo el tema de un plumazo.

Todo esto viene porque ya antes de que me quedara sin mi adorado ejemplar de El conde de Montecristo, viví en mi casa cómo mi tío Pepito iba mermando su biblioteca por prestar libros.
Mi tío estudió en el seminario, se hubiera ordenado sacerdote si una bomba de estas que no han explotado en la guerra no se hubiera interpuesto en su camino y en su vida. La bomba le estropeó la vista y los dedos de una mano. Desde entonces llevaba gafas oscuras y tenía tres dedos en la mano izquierda. Y con esos dedos me enseñó mecanografía a los nueve años. Pero podía leer y leía mucho. Compraba libros para él y luego para mí (cuando yo aún no había descubierto los encantos de la literatura). Fue secretario de ayuntamientos y cuando se retiró seguía leyendo. También me enseñó latín y griego.
En mi pueblo mucha gente le pedía libros, pero luego no se los devolvían. Cuando yo empezaba a estudiar las lenguas muertas en BUP me dejó unas gramáticas griega y latina, que luego no sé quién se las pidió y se las tuve que devolver. Entonces yo ya leía mucho y recuerdo que le dije: "Pero tío, si no te las van a devolver, nunca te devuelven los libros que prestas". Y es que nunca se los devolvieron. Desde pequeña veía pasar sus libros en dirección de ida, pero nunca de vuelta.

Con esa experiencia ajena debería haber aprendido. Y sin embargo en la universidad llegué a prestar libros. Hasta que me quedé sin el de Alejandro Dumas, uno de mis favoritos.

Desde entonces cualquier persona que me ha pedido prestados libros ha recibido una sutil negativa. No es un no rotundo, sino suavizado, pero un no al fin y al cabo.

Mis libros han recorrido los pasillos del hospital. Porque había algo que no soportaba y era ver a mi madre durante diez meses postrada en aquella habitación: "Mamá, lee, yo te traigo libros". Allí también iba a verla una amiga que le pedía los libros, pero mi madre sabe que yo no presto libros y le decía: "Pregúntale a mi hija". Le dije una vez que nunca prestaba libros y ya no me volvió a pedir. Nada como decir las cosas claramente.

Cuando alguien pide libros no tiene ni idea de que en verdad está comprometiéndonos. Que en realidad cuesta mucho decir que no los prestamos, pero más cuesta saber que podrían no volver.

He hecho excepciones, claro. Y generalmente es algo que ha salido de mí. Y esas veces no me ha costado prestar libros.
Cuando me pongo negra es cuando me los piden, siento que invaden un espacio que es sólo mío, un espacio vital, un espacio casi íntimo. Y entonces digo que no.

Y claro, el de Fariña sólo se lo voy a prestar a mi hermano, pero se lo leerá también mi cuñada. Y ahí acaba mi cupo de préstamos.

2 comentarios:

Dyhego dijo...

Prestar y que no te devuelvan algo es muy desagradable. Me sucede algo parecido, me da rabia hasta que no me devuelvan un simple bolígrafo.

K dijo...

Sí... y encima lo pides y parece que el malo es quien lo ha prestado y sólo está pidiendo lo que es suyo...