Desde muy pequeña no tengo faltas de ortografía, aunque reconozco que a veces se me escapa alguna.
En ocasiones me llegan manuscritos a la oficina que son difíciles de digerir. Pero jamás he criticado a otras personas por tener faltas ortográficas. En esa situación soy muy tolerante. Y no me gusta cuando se critica al respecto.
Si no sabemos las circunstancias de esas personas que quizás no pudieron ir a la escuela es mejor que no digamos nada.
Mi padre tuvo que dejar la escuela a los ocho años: acababa de perder a su madre y tenía dos hermanos mellizos tres años más pequeños. Tuvo que cuidar de ellos y hacer las labores domésticas. Así durante unos años hasta que mi abuelo se volvió a casar. Pero mi padre no volvió a la escuela.
Sin embargo, cosas de la vida, tiene una letra magnífica y apenas tiene faltas ortográficas. Además tiene una inteligencia extraordinaria. A la vista está... Es posible que sus circunstancias personales le hicieran fuerte frente a los reveses de la vida.
Cuando estudiaba periodismo no entendía que hubiera gente que tuviera faltas ortográficas. Se supone que nos enseñan a escribir. Claro que los medios de comunicación a veces utilizan expresiones (o las inventan) que no son correctas, cuando deberían dar ejemplo. Eso ya te lo señalan en las Facultades de Periodismo: que no nos fijemos en los medios de comunicación (sobre todo los audiovisuales).
Hoy en día he abandonado foros literarios por esa intolerancia. Es cierto que me resulta sorprendente que un lector escriba una frase de cinco líneas y haya cuatro faltas ortográficas. Pero más sorprendente me resulta leer que hay gente que pretenda que haya más rigidez con los que cometen esas faltas y se les expulse.
Deberíamos ser más tolerantes, pero no sólo con esto sino con todo. Se evitarían muchos problemas y malentendidos.

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