En 1996 escribí una poesía de cuatro folios. Una larguísima poesía que ha vuelto a mis manos. La tenía una amiga de mi pueblo (seguro que yo también tengo una copia en casa de mis padres, porque hacía copias de todo) que me la entregó hace unos días. Cuando la leí empecé a reírme y pensé que no se me daba mal escribir poesías de amor. Lo único que me queda claro es a quién se la escribí porque pone las iniciales.
Debo estar oxidada con la poesía. En el colegio escribía rimas a medio colegio, pero después prefería la prosa. En 1996 ya me encontraba en la universidad y aún quedaban resquicios de esa vena poética, pero después lo dejé. Ahora creo que no me saldría ni siquiera una rima.
Lo que me sorprende al leer de nuevo esos cuatro folios es que no se me daba mal. Aparte de ruborizarme en algunos versos, lo cierto es que están bien hilvanados. Ahora no sé qué hacer con esos folios. Quizás sea buena idea quemarlos y olvidarme. Sé que están escritos en mi viejo Macintosh, mi primer y único ordenador de sobremesa. Después de él no quise saber nada de Apple hasta que compré el iPad y luego el iPhone. También preferí los portátiles por comodidad y porque ocupan menos espacio. Hace un tiempo estuve mirando los iMac y los MacBook, pero en realidad ya tuve suficiente con aquel primer Macintosh. Lo de la incompatibilidad era horrible, y no quiero volver a pasar por eso, aunque todo ha avanzado mucho y seguro que haría algo para solventar los problemas de incompatibilidad.
Tengo la poesía delante y sigo pensando qué hacer. Creo que lo correcto sería tirarla.

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