Hoy no sabría vivir sin un libro o, más bien, sin una lectura entre manos.
Da igual cuándo llega ese amor a los libros, lo importante es que llegue.
Y esto lo digo porque yo ahora leo muchísimo, porque mis horas libres son para los libros, porque no puedo marcharme de viaje sin una novela, porque me gustaría que el día tuviera unas horas más sólo dedicadas a leer.
Pero hubo una época donde yo no leía absolutamente nada. Crecí en la infancia rodeada de multitud de libros que acumulaba en las estanterías sin dignarme a pasar de la primera página. Y cuando los cogía era para buscar una ilustración que me apetecía dibujar. Sí, aquellos libros infantiles ilustrados nunca los leí, pero los dibujé.
Cogía libros de la biblioteca del colegio porque todo el mundo los cogía, pero volvían al colegio sin que hubiera abierto una página.
Todo cambió a los quince años, cuando en 2º de BUP decidí pasarme por la biblioteca. Después de estar una hora mirando libros decidí llevarme Pupila de águila. Recuerdo perfectamente la trama del libro. Recuerdo cómo me enganchó. Y recuerdo que lo devolví a la biblioteca esperando coger otro libro juvenil que me contara otra historia.
A los dos meses me hice socia del Círculo de Lectores falsificando la firma de mi padre (era menor). A los seis meses habían pasado por mis manos El nombre de la rosa y Los renglones torcidos de Dios. Para entonces ya no podía parar.
Leía los libros obligatorios de la asignatura de Literatura y entonces descubrí que también me gustaban los autores del Siglo de Oro. Miraba al profesor de literatura y me fascinaba; y la fascinación era mutua: descubrió que escribía para medio internado las poesías que él nos mandaba hacer, descubrió que yo no me limitaba a las lecturas obligadas sino que si me gustaba Lope de Vega, por ejemplo, intentaba leerme el mayor número de obras de él, aunque sólo una era la obligatoria, o me leía varios libros de Vicente Blasco Ibáñez, aunque yo entonces no supiera que lo estudiaríamos en COU. Hoy en día sigo teniendo relación con este profesor.
Para cuando fui a la universidad yo devoraba libros y comenzaba a tener una biblioteca interesante. Porque muy pronto me di cuenta de que me costaba separarme de los libros que leía.
Ni que decir tiene que Pupila de águila y unos cincuenta libros más de la colección Gran Angular para jóvenes ocupan un lugar destacado en mis estanterías. Y es que es eso: esas novelitas que hoy me llevan dos horas de lectura me descubrieron un mundo mágico. Claro que si hoy las leo me saben a poco, es para un público adolescente.

2 comentarios:
¿Cómo puede ser que en casas donde hay pocos libros puede haber un lector y en casas donde haya libros por doquier no haya lector?
A veces ocurre, sí, que puede haber personas rodeadas de libros y no se dignan a cogerlos -cosa que a mí me ocurría cuando era una niña-. Y quizás donde no hay libros, justamente por el hecho de no tenerlos, pica más la curiosidad.
No sé, no sabría decir.
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